lunes, 23 de diciembre de 2013

|Equilibrio| 19 - Lo que hace falta, y lo que no.

¿Qué haces aquí? ―pregunté, confundido.
Se trataba de Sofía, que llegaba junto a su media naranja. Si le estaba yendo de maravilla, ¿por qué me buscaba? Yo estaba seguro de que no la vería mientras no necesitara mi ayuda.
No te equivocas tanto ―sonrió ella, a sabiendas de que yo necesitaba que me dijeran las respuestas ahora que dudaba de mi instinto―; la idea fue de Martín, pero quizá yo hubiera venido de todos modos... O no.
En ese momento alguien más llegó al edificio. Sofía se quedo fría, primero porque pensó que era Eckard quien llegaba, y luego porque en realidad era alguien a quien cuyo encuentro temía tanto o más. Yo me llevé un susto similar al suyo, pero me resigné porque mis cuatro opciones de escape estaban destinadas al fracaso.

Cuando Sofía dijo la primera palabra del hechizo para viajar, ese que había aprendido a pesar de todas las imposibilidades, Martín la detuvo.
¡Espera! No nos podemos ir.
Tenemos que...
Dijiste que este sitio era seguro. Así que no vamos a salir corriendo ahora... ¿O es que algo cambió?
No. Es una situación diferente. No puedo decirte qué...
Entonces tómate el tiempo de hablar con el muchacho ―¡estaba tan relajado cuando dijo eso!
Un instante después, estaba horrorizado. Hayden lo acompañaba en eso. La única diferencia era que el perceptivo estaba más enfurecido y el otro, sólo espantado.
¿Él es...? ―murmuró Martín, mientras Hayden me preguntaba a gritos si eso era lo que le estaba ocultando.
Que listos. Señalar lo obvio se les daba de maravilla.
Vámonos ―suplicó Sofía, cuando pudo haber viajado sin pedirle permiso a su compañero.
Hayden estaba reclamándome en su idioma natal... o insultándome. Ya sabía yo que no le iba a hacer gracia que yo hubiera aceptado ayuda de Rubén. Lo más triste del caso es que no le había encontrado mayor uso al tipo, pues era demasiado caprichoso y yo no estaba en condiciones de lidiar con su permanente improvisación.
Mal momento había elegido para aburrirse de esperar y venir a pedirme explicaciones. Desde luego, yo sabía que eso ocurriría justo así, más tarde o más temprano, ya que no podía estar al tanto de él sin correr el riesgo de que Hayden supiera. Sólo cuando explotó en mi cara, se me ocurrió que no debí darle tantas largas al momento de explicarle la verdad al perceptivo. Ahora ya sabía y no le interesaba ninguna explicación: después de gritarme, se fue a su cuarto en donde se encerraría por un rato, con planes de volver a La Tierra tan pronto como Álvaro tuviera tiempo de llevarlo.
Mientras tanto, Martín seguía preguntando a Sofía y al propio Rubén que había hecho él para ser asesinado. La explicación no era importante a estas alturas y el asesino ya no recordaba al muchacho. Sofía estaba en pánico: ¡le había costado tanto evitar aquel maldito tema!
Tonta. Cómo si pudiera ocultarle algo a una persona como Martín. Él sólo había estado siendo paciente porque ella parecía sufrir mucho.
¿Y bien? ―Rubén no tenía interés en la conmoción que había causado― ¿Siquiera tienes idea de lo que haces, terráneo? Porque me enviaste a esperar nada...
Eras un estorbo. Pero no quise herir tus sentimientos así que te mentí.
Muy gracioso ―el inmortal estaba muy disgustado, tanto por los previos como por la explicación que acababa de darle; me costó bastante no retroceder cuando se acercó―. En este mismo momento me vas a tener que decir exactamente lo que sabes de esos sujetos y los interceptaremos cuando...
Tú no estás al mando aquí. Es más, eres el único de quien no pienso recibir ni sugerencias. No te olvides de que estoy limpiando tu desastre.
Para mi disgusto, Rubén no era de los que puedes poner en su lugar utilizando algo tan civilizado como las palabras.
¿”Mi desastre” dices? ―su deficiente tono diplomático había desaparecido, ese era el primer signo de que iba perdiendo la compostura― La que hizo todo esto fue ella.
Señaló a Sofía y, de nuevo, Martín le dirigió una mirada desconfiada a su amiga.
¡Porque mataste al muchacho! ―le grité― Él ni debería conocer estos mundos, pero tú lo mataste sólo porque podías. Sofía estaba bien, y tú la enloqueciste.
No me importó mucho que ella se lo tomará mal.
He matado mucha gente como para que sea importante un terráneo. Y he conquistado suficientes mundos para no tolerar que un inútil me de órdenes. Eres completamente incapaz de ocuparte del asunto, de ahora en adelante yo...
No. Sólo eres otro conquistador mediocre. Tuviste suerte un par de veces y luego se te acabó.
¿¡SUERTE!? ―gritó, furioso al recibir uno de los mayores insultos de su mundo.
Estaba por escuchar el otro. Y eso me exigió bastante fuerza de voluntad porque conocía las consecuencias.
La necesitas cuando estás destinado a ser un soldado de última clase y aspiras a más.
Esta vez no hubo grito, ni siquiera un sonido amenazante, antes de que el inmortal recorriera esos dos pasos que nos separaban, para romperme la boca.
Y yo tenía que quedarme ahí parado como si no pudiera predecir lo evidente. Mi hermanita intentó hacer algo, pero no estaba lo bastante cerca para detenerlo. Para la mayoría, fue simple sorpresa. Sofía sonrió porque sabía lo que yo tenía en mente, pero los demás sintieron un mínimo de empatía por “el pobre muchachito” que había sido incapaz de mantener el equilibrio ante tan brutal golpe.
Claro, mi hermana no lo veía exactamente de ese modo. Para T, los cimientos del universo cedían cada vez que yo no veía el futuro a tiempo, o cada vez que me lastimaban sin que ella pudiera evitarlo. Y se tomaba más en serio que cualquiera su función de restaurar lo que se había derrumbado.
Antes de que Rubén decidiera si debía ensañarse con el caído o retroceder, mi hermana lo pateó desde el costado. No lo derribó, pero lo puso en donde lo quería; en aquella situación fue fácil evadir el intento de contraataque del conquistador. La siguiente patada fue a la garganta de Rubén, y ahí estuvo todo decidido. Mientras jadeaba, el hombre logró apoyarse sobre sus rodillas y la palma izquierda. Para él, mi hermana había establecido su punto. Pero ella no había tenido suficiente: le arrebató una de sus propias flechas y se la clavó en el pecho; luego presionó hacia abajo, con lo que lo atravesó en diagonal, y la herida empezó a cerrarse alrededor del objeto causando una de las situaciones más insoportables para un inmortal.
Agradece que estamos en territorio neutral y que estoy enojada con Ángel porque me está usando para probar un punto ―le aclaró Tanya (¿quién hubiera imaginado que ella lo notaría?), mientras él intentaba sacar la flecha antes de que fuera más difícil―. Pero si le vuelves a poner una mano encima, te haré tanto daño que desearás poder morir.
Conociendo la situación de ambos yo tenía mis dudas sobre su capacidad de cumplir esa promesa, pero él lo creyó ciegamente. Mejor.
Bien ―no era fácil dar un discurso con un labio roto, pero más tarde sería peor―. Rubén, no vas a darnos órdenes y no tengo fuerzas para medir todos tus caprichos, así que puedes alinearte o irte.
Como quieras. Me largo tan pronto como...
¡Espera! ―Martín no podía dejarlo ir así― Tengo que saber por qué... por qué me mataste.
Ni siquiera te recuerdo, niño. Seguro ellos saben. Y sabrán por qué la perceptiva te revivió sin importarle el desastre que causaría.
Luego de esas palabras tan profundas y responsables, Rubén tomó aire e intentó nuevamente arrancar la flecha de su pecho. Con un quejido gutural, consiguió su objetivo.
Sofía estaba llorando en silencio, y no precisamente por que le partiera el corazón lo mucho que estaba sufriendo Rubén. Las palabras necesarias habían sido pronunciadas. Ella sabía mejor que nadie que Martín era un chico listo: cuando se le pasara la impresión de toda esa sangre cayendo al piso y demás, haría las cuentas de rigor y se enojaría con ella.
Hecho el daño, Rubén terminó de largarse.
No me malentiendan, no tengo nada en contra de la verdad y me daba lo mismo que Sofía llorara. Es sólo que no me hacía gracia tener que evaluar los resultados que tendría la devastación emocional que esto le causaría a Martín. El muchacho había llevado todo esto tan bien como podía, pero tenía un límite y ahora sí iba a sobrepasarlo.
Este asunto de la cacería humana ―murmuró―, es... ¿por mí?
No ―respondió la perceptiva, con voz ahogada.
No, claro que no ―aceptó él, de inmediato―. Es porque tú no querías resignarte. Eso de volver de la muerte... Oye, una cosa es estar en un mundo... un universo que no conozco y saber que no volveré a ver a toda la gente que quiero... Pero... ¿no te importaba hacer todo este... lío?
Sofía pudo haberse enterado de que palabras como “toda la gente que quiero” no habían sido elegidas a conciencia, pero no fue la cabeza lo que usó para procesar esa información y comprender que ella no estaba en aquel conjunto.
Yo no sabía que todo esto iba a pasar. No podía saberlo; era futuro...
¡Pero debías saber que habría consecuencias!
No lo sabía. No se había detenido a pensar en eso.
No me importaba ―confesó―. Y no lo cambiaría aunque hubiera sabido. Yo...
Siempre me olvido de lo egoísta que puedes ser. A veces no entiendo como es que...
Yo tampoco ―aceptó ella, devastada.
Dicho eso, la perceptiva hizo algo incomprensible: pronunció las palabras correctas para irse. Sola.
¿Ángel? ―mi hermana esperaba que yo tuviera la respuesta― ¿Ella dejó al muchacho...? ¿No se suponía que...?
Es perceptiva. Sólo faltaba que tampoco supiera cuando no quiero verla ―explicó el genio.
¿Y sólo te abandona?
En un sitio seguro, T. Por favor no le eches leña al fuego.
Bien, eso lo sé... Pero... Creía que ella estaba muy apegada a él... ¿Y Rubén? ¿No necesitabas a Rubén?
Es más una molestia que otra cosa. Al que sí necesito es a Hayden.
Me iba a costar resolver ese problema. Para comenzar, salí en su búsqueda. Por supuesto que sabía que era cosa de ir derecho a su habitación; pero Carmen no me dejó verlo. Estaba enojada conmigo y arrepentida de haberse puesto de mi parte respecto a lo de Rubén. Yo mismo estaba arrepentido de haberlo dejado cerca. Pero es que se suponía que sería menos incontrolable así.
No insistí demasiado porque en realidad no sabía como cambiar la postura de Hayden ahora que estaba tan enfurecido. Además, Gerusa y la niña-anciana estaban de regreso.
Fui claro con ellos: había un objetivo para esa tarde, pero yo no había visto como se daban los hechos. El tipo adivinó que se debía a mi reciente falta de confianza; la otra me veía cansado así que supuso que por ahí iba el asunto, también ella tenía razón.
Es uno de esos soldados sin futuro del Octavo mundo. Como conquistador y como adivino es bastante inútil. Pero, ¿quién sabe? Podría haber algo de utilidad en él... O podría volverse un problema. No creo que lo vea venir, pero seguro que sí va a defenderse. No es muy despierto pero no rechaza pelea.
¿Quién intentará matarlo?, ¿el inmortal? ―preguntó Gerusa.
No ―respondí―. Dak.
Pero si no sabemos siquiera lo que ocurrirá, deberíamos dejarlo tranquilo.
¡Pero sí sabemos algo, niña! ―aclaró Gerusa― Sabemos que Dak estará ahí.
Les expliqué cuanto tiempo tenían y se fueron al octavo mundo, en donde estaba “trabajando” Aduka. Se entenderían con él y quizá cumplieran con su parte destruyendo aquel desastre desde su raíz.
El siguiente tema en mi lista de pendientes era Martín.
Martín estaría bien bajo el techo de Álvaro. Era mi intención estar en su camino la próxima vez que lo buscaran; así mantenía a Martín como un desconocido para ellos, y de paso los confundía. Pero no percibía visitas de Eckard o sus hermanos así que no era necesario que se fuera a mi casa, donde mi percepción descompuesta podría permitir que acabara en el camino de la ejecutora del acervo.
Me fui a La Tierra con la nueva pregunta: ¿de dónde venían las percepciones erradas que había tenido últimamente?
No encontré la respuesta durante la cena y no la encontré mientras me preparaba para dormir. Tampoco en las dos horas que permanecí en vela.
Pero, cuando me quedé dormido, sin importar la urgencia de aquella respuesta, las alucinaciones habituales se impusieron. ¿Qué importancia podía tener ese asunto si tenía que desentrañar el misterio de las quives blancas? Más aún, tenía que averiguar por qué estaba llorando Colette. Me partía el corazón cuando lloraba en absoluto silencio. Un día entero sin moverse representaba mucha depresión en el huracán que usualmente era ella...
La luz de la mañana acabó por despertarme. Dueño de mis pensamientos, puse a un lado a la desconocida y volví a concentrarme en temas que eran asunto mío. Cuando me digné a salir de mi habitación (todavía sin respuestas), descubrí que mi hermana había hecho el desayuno. Estaba molesta porque últimamente todo eso le tocaba a ella, pero no me pediría que le ayudara. No me ofrecí tampoco, porque se enojaría más si luego de comprometerme no lo hacía.
¿Iremos a Ogha hoy? ―quiso saber.
A rogar a Carmen para que me deje ver a Hayden, sí. Pero no tienes que venir si no quieres.
No me gusta ahí. Pero... ¿vas a estar bien? ¿No estarás omitiendo algo...?
No creo. Pero de todas formas, ahí es seguro.
Gracioso: era lo mismo que le había dicho Sofía a Martín.
El caso es que me fui a Ogha y mi hermana se quedó estudiando.
Como de costumbre, alguien me guió al recibidor, pero no tendría que esperar a nadie ahí. Eran Hayden y Martín los que me esperaban a mí. Se veían tan trasnochados que sólo pude suponer que la mía no era la única mente compleja que había trabajado horas extras.
Martín me saludó con amabilidad pero sin el entusiasmo que irradiaba Hayden.
Creía que estabas furioso conmigo―observé, armándome de paciencia para escuchar una explicación en lugar de percibir una respuesta.
Y lo estoy, pero necesito ayuda.
Puntos extra por la honestidad. Me senté junto a ellos en el suelo diseñado para ese fin.
¿Para qué?

0 personas tienen su opinión:

Publicar un comentario

Deja tu crítica.