lunes, 16 de diciembre de 2013

|Equilibrio| 18 - Apego

Fem bostezó.
Llevaba doce horas tendido en el muelle cuando yo llegué. No es muy sencillo expresar en palabras esa sensación de frío y debilidad que me embargó tan pronto como estuve cerca de él. Me había detectado de inmediato y me analizaba de la única forma que le parecía útil.
No eres la persona a la que estoy esperando ―determinó un instante después.
Que suerte... ―me senté para no caerme―. Pero supongo que no vas a devolverme esos veinte años de vida que acabas de quitarme.
¿Los terráneos son siempre tan llorones? No fueron ni veinte horas.
A diferencia de la mayoría de su especie, Fem aprovechaba su habilidad de succionar la esencia de la gente para conocerlos. Si le parecían lo bastante interesantes los dejaba vivir.
Le informé que faltaban cinco días para que llegara Eckard: era a él a quien esperaba.
¿Tanto tiempo? Tendré que volver con mis hermanos... ―concluyó.
Creí que podías... cazar solo.
Sin duda, terráneo. Pero los extraño.
Al parecer los rumores eran ciertos: la gente de su tipo no puede estar sola.
¿Entonces por qué estás aquí? ―me preguntó de pronto― Por lo que entendí llegas en el momento exacto.
No vine a ayudarte, no creo que me necesites.
¿Entonces, que quieres?
Pues... Sí me hicieras el favor de no ver lo que ocurrirá... Hay algo que necesito arreglar, y para eso... me serviría bien la situación. Pero si tú intervienes...
¿Y yo que gano?
¿Ya conociste a Sefimer?
Sí.
Su vida es una de las que dependen de que yo consiga mi objetivo.
Aceptó casi de inmediato; por algún motivo la gente que me conoce no duda de mí... aunque conocerme incluye saber que suelo mentir. Como sea, esta vez decía la verdad.
Tras aquel breve encuentro, yo me regresé a La Tierra y él buscó a su grupo.
Los días siguientes los tomé con más calma. Dejé a su suerte a un par de adivinos que al parecer no podían cuidarse tan bien como creían. Sólo me informé un par de veces respecto a la situación de Sofía: Dak y Eckard seguían buscando la forma de atraparla, y no se habían dado cuenta de que no estaba sola.
Martín comenzaba a acostumbrarse al cambio de ambiente repentino y disfrutaba conocer nuevos lugares, personas... en algunos mundos todo era inverosímil para él, en otros era familiar. Ambas situaciones le agradaban en formas diferentes. Sofía lo mantenía distraído todo el tiempo y apenas si recordaba a su familia: esa gente no lo entendía, de todas formas. Y no, no era como mi caso; a ellos no les importaba mucho él. Era el primo raro, el hijo demasiado listo... ese pariente que de pronto era muy bueno porque había muerto.
Lo único que todavía le fastidiaba eran los secretos. Había demasiado que su amiga se negaba a decirle. Las preguntas eran pocas, pero la respuesta era inmensa y él se percataba de ello. La excusa no cambiaba: ella tenía miedo de contarle. Intentaba convencerla de hablar, pero rara vez perdía la paciencia.
La que más sufría era la perceptiva. No hacía falta ver el futuro para saber que él estaría furioso cuando se diera cuenta de lo que había hecho. No por la parte de regresarlo de la muerte, eso lo tomaría mejor que la mayoría. El problema era el caos generado, y el nuevo equilibrio; lo que lo haría enojar era que Sofía no se había detenido a pensar en las consecuencias. Esa era una actitud de matones, inapropiada para una chica lista como ella. Eso diría, pero también sabría que su amiga era menos virtuosa de lo que él quería creer. Y eso lo enfadaría más.
Yo esperaba con ansias ese momento, ella se lo merecía. Pero no me asomé a ver como era porque estaba midiendo mis observaciones del futuro, por motivos evidentes. Lo que no podía controlar era la información sobre Rackel. Supe que estaba en mi habitación cada noche antes, durante y después de dormir. Supe que me veía desde el umbral en la cocina. Supe que estaba frente a mí cuando me quedaba quieto y con los ojos cerrados para trazar el futuro relevante.
Sólo que no estaba ahí.
Ni en ese momento ni en ningún futuro del que yo supiera.
Excepto por la vez en la que apareció frente a mí sin que mi percepción o mi adivinación me lo advirtieran a tiempo. Mi hermana estaba lo bastante cerca para evitar que me clavara el pequeño arpón que había hecho con el Acervo, pero no fue capaz de evitar que lo usara como una soga para asfixiarme.
Mientras yo usaba mi mano para proteger mi garganta, ella intentaba evadir a mi hermana. Pero al fin conseguí pronunciar bien un hechizo de viaje y eso fue el fin del problema; volví a casa tan pronto como recuperé el aliento y la chica ya no estaba ahí.
T se limitó a mirarme, pero estaba preguntándose si al final acabarían matándome por su incapacidad para protegerme.
Hey, no pienses tonterías ―le dije―. Yo no te lo advertí a tiempo; eso es todo.
Así que quizá me matarían por mi incapacidad para vigilar a mi potencial asesina.
Pero sobreviví hasta ese día que esperaba con impaciencia para desempeñar una misión muy distinta a la que les había dicho a mis compañeros de trabajo.
Me presenté en el muelle acompañado por Gerusa e Iuner, bien instruidos sobre lo que debían hacer, pero no sobre los resultados de sus actos.
Fem estaba en el muelle, sentado justo en el extremo, con los pies descalzos colgando sobre el agua cristalina.
La adolescente-anciana se quedó a mi lado, esperando a que yo hiciera las presentaciones; su compañero no estaba interesado en eso y tomó su posición en el otro extremo.
Ven, quédate al lado de él ―ordené a Iuner.
¿Qué? Me asusta el agua.
¿No sabes nadar? ―preguntó Fem, a unos tres metros de distancia.
No. Pero ese no es el problema.
Tienes que estar aquí ―insistí.
Me obedeció de mala gana después de echarle una mirada inquieta a su distante protector. No era fácil para ella ponerse en una situación temida cuando había varios metros entre ella y Gerusa. Pero tampoco era imposible.
Fem no estaba muy conforme con mi plan, pero se quedo callado y sin espiar (principalmente porque no podía ver el futuro a voluntad, sólo recibía lo que recibía).
Un par de minutos después llegó nuestro invitado; creía ser el cazador, pero para mí era una herramienta y para Fem, la cena. Una excelente cena.
La brújula lo había dejado frente a su objetivo, con apenas la punta de los pies en el muelle. En busca del equilibrio, se sujetó de ambos. El adivino retrocedió, y la niña cayó al agua mientras el inmortal obtenía una posición más ventajosa que la anterior.
A Eckard le deleitó descubrir que la chica estaba aterrorizada, usando su magia para reducir el contacto con el agua que la rodeaba. Consideró matarme en el camino, pero su verdadero objetivo comenzó a correr, y él no lo pensó antes de seguirlo. Su carrera se cruzó con la de Gerusa, a quien le había indicado esperar a Eckard y apresarlo sin destruir la brújula para que no se desvaneciera entre sus manos. Claro que yo sabía que no iba a quedarse en su puesto.
Me aparté de su camino y me acerqué a la orilla del muelle después de que él saltó al agua. Desde ahí, le di una mano para sacar a Iuner, pero la verdad es que casi todo el esfuerzo le toco a él.
¿Es que no viste eso? ―reclamó, irreconocible― ¿Y por qué no la sacaste? ¡El agua le hace daño!
La anciana realmente había sido afectada por el poco contacto que había tenido con el agua. Era la primera vez que la veía con el cabello seco. Lucía bastante dañado, pero no tanto como su piel agrietada.
Mejorará. No hice nada porque no hacía falta. Y tú, ¿por qué dejaste tu puesto?
¿Pero qué pregunta es esa? ―me gritó.
Tengo otra igual de difícil: ¿por qué estás enojado conmigo?
No está enojado ―Iuner respondió por él―. Se asustó. Hace tiempo que no tiene miedo de perder a alguien ―se puso de pie y tomó la mano de su compañero―. Ven, quiero pedirte un favor.
Confundido, él hombre al que llamé psicópata por años, tomó la mano de la chica y caminó a su lado a lo largo del muelle. Unos pasos después, ambos desaparecieron.
Mi parte ahí estaba completa. Y con respecto a Eckard, estaba cumpliendo un propósito también, sólo que no era el que se había propuesto.
A una distancia apenas suficiente para no afectarnos, Fem se daba un banquete. La esencia de un inmortal es más intensa que cualquiera, y tardaba más en ser devorada. Pero aquí Fem tenía mucho más de lo que había esperado. Él no sabía qué y a mí no me interesaba así que no me lo pregunté hasta que el adivino llegó y me preguntó porque había desaparecido su presa.
Era un misterio para mí. Eckard estaba retenido ahí hasta que cumpliera su objetivo o se rompiera la brújula... He ahí la solución del acertijo: ese objeto se había convertido en polvo.
Te comiste la brújula ―informé.
Fem pareció desconcertado por un momento. Aunque aquello no tenía mucho sentido porque los objetos inanimados no deberían tener esencia, él sabía que había probado una nueva.
¿Esa no es la cosa que lo trajo aquí? ―quiso verificar.
Exacto. Y lo mantenía aquí.
¿Eso tenía su propia esencia?
Así parece. No sé mucho de brújulas, pero no me sorprende mucho que tuviera.
Después de todo, esos artefactos “entendían” a la gente y podían elegir un adivino en particular cuando quien los manipulaba no daba ninguna especificación.

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Me engañaste, Ge ―sentenció Iuner, guiando a su compañero por un camino cubierto por las hojas secas del segundo otoño de su mundo.
Él aludido apenas si demostró su sorpresa. No recordaba haber hecho algo semejante.
Lograste hacerlo limpiamente, porque también lo creías ―agregó la niña.
Gerusa siguió sin preguntar nada, pero estaba intrigado.
Dijiste... Cuando me conociste y resultó que yo era buena contigo; dijiste que no querías a nadie. Que la última persona a la que amaste, era tu mamá.
¿Piensas que mentía?
Sí, y no. Es evidente que sí se rompió algo cuando mataron a tu mami. No tengo familia, pero comprendo un poco. Y tú eras muy pequeño y aún ahora no puedes manejar las emociones como la gente normal... Si es que existe tal cosa.
Pues eso fue lo que te dije. Puedo alegrarme y disgustarme, sólo es que a la hora de permanecer con... Oye, niña, reconozco que eres una buena compañera y todo eso. Lo sabes, ¿verdad? Yo cuido de ti y...
Pero sólo eso. Era nuestro trato, y lo acepté porque era como eras tú y yo sí que te quería. Y sólo sigues haciendo cosas por mí. Eres mi único amigo. Después de una vida.
Claro, había pasado mucho tiempo en un lugar en donde la gente no se llevaba muy bien con cualquiera y ella misma no era muy sociable. Había estado sola por más de doscientos de años.
Toda esa charla confundía a su compañero:
¿Y entonces...?
El sendero que seguían, como muchos otros, llevaba a una pequeña laguna. En la otra orilla un aparente jovencito observaba las tranquilas aguas. Iuner siempre se había sentido mal en aquel sitio, pero esta vez estaba ansiosa.
Tuviste miedo ―dijo la infantil anciana―. Y no creo que sea la primera vez que te preocupas por mí. Es más, estoy segura de que tú me quieres. Aunque no sea como antes, aún puedes querer. Puedes sentir. Creo que sólo te has convencido de que ya no volverás a ser tan vulnerable pero... sí lo eres.
Lo supe cuando lo conocí; al ver que sentía culpa y preocupación cuando le dije que él iba a realizar unas cuantas matanzas, hice las preguntas correctas. Por ejemplo: ¿Qué había cambiado para convertirlo en aquel monstruo?
Sí le hubiera dicho a la niña lo que descubrí entonces, no me hubiera entendido. Pero ahora sabía. Y sí algo podía cambiar el camino de Gerusa, era la comprensión de su compañera; ella vio lo que él había conseguido ignorar por años. Ahora mismo, lo único que él pudo responder fue:
Supongo que sí.
La acompañó hasta la orilla de la pequeña acumulación de agua. Se asomó cuando ella se lo pidió y descubrió que era muy profunda, pero podía ver a la perfección el fondo cubierto de algas y las distintas criaturas que lo poblaban. Algunas especies viajaban en grupo, otros se alimentaban solitarios cerca del fondo convertidos en blancos fáciles para sigilosos depredadores... Gerusa no conseguía observar todo, no podía aislar las diferentes plantas acuáticas, aún cuando algunas eran notablemente distintas al resto.
Es el lago Infinito. Y no te burles, el nombre tiene razón de ser. Es por su significado, no una ironía por su tamaño.
Yo no he dicho nada ―dijo el otro, aunque algo había pensado.
Ella guardó silencio. Sabía lo que debía decir pero tenía sus reservas. Él, que nunca fue persona paciente, la instó a hablar:
Dijiste que necesitabas un favor...
Así es. Eres la única persona a quien yo podría pedírselo. Pero creí que no eras capaz de hacerlo, así que me lo guardé.
Tú pídelo ―el tonito de regaño era una especie de tic en ese tipo.
¿Ves a los peces que no se mueven? ¿Casi en el fondo?
Gerusa venció las ganas de pedirle que no cambiara el tema, y volvió a echar un vistazo a los peces. Descubrió que algunas de las rocas y plantas del fondo en realidad no eran tales.
Sí. ¿Que tiene que ver...?
Son Gidfoms. No necesitan nada, así que no hacen nada. Excepto... cuando el cuerpo de una criatura terrestre cae al lago, alguno de ellos siente deseos de comerlo. Va por él aunque tenga que nadar de un extremo al otro. Se alimenta por días y cuando no queda nada, el Gid empieza a cambiar. En los laboratorios dicen que es porque absorben su genética o no sé que. La gente mayor aquí decía que era como la reencarnación. Como sea, es nuestra forma de reproducirnos. Ellos tienen nuestra experiencia, pero no nuestra memoria; pueden tener las mismas aptitudes y apariencias, pero rara vez heredan el carácter.
Él estaba tratando de digerir aquel discurso. No llegó a asociarlo con el favor que su compañera requería, hasta que ella agregó:
Cuando morimos alguien trae el cuerpo. Si no tenían algún amigo, lo hará cualquier extraño.
¿Y quieres que yo lo haga?
Sólo si puedes esperar ―enfatizó ella, y necesitó una pausa antes de explicar―. Nadie esperó por mí. Y no quiero volver a estar tan sola. O que alguien que provenga de mí lo esté. Tienes que esperar. Si no... entiérrame o lo que sea.
Niña, no seas melodramática.
¿Lo harás?
Sólo hay un problema. Tú vas a vivir mucho más que yo.
No. Sólo me quedan unos dos o tres años.
¿Qué? ―ahí estaba de nuevo ese miedo― ¡Y cuando pensabas decirme que estás muriendo!
Por una vez, el mal humor de su compañero la hizo retroceder. Pero respondió.
No estoy muriendo ahora. Y no tenía sentido decírtelo. No se suponía que te afectara mucho. Sin embargo... Sí te afectará, ¿verdad? Lo siento.
No lo digas como si fuera culpa tuya...
En un arranque bastante ajeno a su carácter, Gerusa abrazó a la anciana a pesar de saber que ni eso ni nada la retendrían a su lado tanto tiempo como él había supuesto.
En dos o tres años, volvería a estar solo. Esa es una certeza bastante dolorosa; de eso yo sabía un poco, pero no tanto como él.
En contraste, la incertidumbre que me estaba tocando manejar, resultaba... igualmente molesta. Al menos había borrado a la versión realmente psicópata de Gerusa, y había una brújula menos en el camino. Pero por lo demás seguía perdido. Sí me equivocaba en todo sobre Rackel, ¿qué otras alucinaciones tenía?
En Ogha, el otro perceptivo captó alguno de mis pensamientos al respecto.
Angel, no entiendo como puedes no saber... ¿Estás omitiendo información? ―indagó Hayden, repentinamente, mientras esperábamos a que volvieran Gerusa e Iuner.
Mi hermana nos observaba en silencio desde el rincón en el que se sentaba incómodamente. Ogha no le gustaba, la situación no le gustaba y nuestra conversación tampoco. Era extraño decir frente a ella lo que estaba pasando, iba a ponerse histérica.
Es mejor no saber, que estar convencido de algo que no es cierto ―intenté que lo entendiera sólo Hayden.
Pero ella sospechaba. Y Hayden no era un tipo discreto:
¿Acaso estás equivocándote...?
Ángel ―finalmente, ella no fue capaz de quedarse callada.
¿T? ―intenté no sonar como quien fue atrapado robando las galletas pero no me salió muy bien.
Deberías entenderlo solito: no es buena idea ignorar información ―odio cuando T me regaña, es tan... mandona.
Es qué... He sabido cosas que no son verdad. Sólo la estoy ignorando a ella, por si....
Eso no se puede. ¿Acaso no te acuerdas? Toda la habilidad se daña. ¡Toda!
Ella tenía razón. De seguir así, tarde o temprano me quedaría sin mi única habilidad. Eran dos, pero yo las veía como una. Y las necesitaba.
Sí tienes percepciones erradas, es mejor resolverlo que ahogar tu habilidad, ¿no crees? ―aportó Hayden.
¿Y eso como se resuelve?
Eliminando su origen. Todas las percepciones tienen una fuente. La fuente equivocada te da percepciones equivocadas.
No sé cuál podría ser.
Hayden intentó encontrarme la respuesta, pero no fue capaz.
Entonces eres tú ―concluyó.
No comprendí. Él lo supo y entró en detalles; lo cuál en este caso era mejor que esperar a que yo los averiguara.
Cuando el origen es personal, no puede saberlo nadie antes que tú. Mis primeras percepciones erradas fueron así: la muerte de Rita no me dolió sólo a mí, pero lo manejé tan mal que, entre otras cosas, empecé a alucinar hechos más aceptables. Pero uno siempre acaba por entender que se está engañando.
Así que preferiste empezar a beber.
Las alucinaciones eran más convincentes así. Pero también las dejé de lado porque es aún más doloroso pensar en todas esas posibilidades. Uno puede acabarlas tan pronto como sabe cuál es su origen. Deberías buscar donde está el problema.
Tal vez era sólo porque estaba asustado. Si era eso, más me valía que fuera cierto que podía detener esas percepciones erradas aunque la fuente siguiera ahí. No quería tener que acostumbrarme a las sorpresas. Y hablando de sorpresas, tenía una visita que no había visto venir pero que sabía que llegaría tarde o temprano.

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