lunes, 2 de diciembre de 2013

|Equilibrio| 16 - Errado

Los ojos de Eckard recuperaron su brillo casi de inmediato. Respiró sin ningún rastro de la agitación de hacía un momento.
¿Eckard?
Hermanita, ¡son cuatro brújulas!
¿Tantas? ¿Pues de dónde vienes?

Creo que es un almacén de La Sociedad. Si vamos ahora mismo, todavía podemos tener ventaja, estarán los mismos dos, pero ocupados avisando a sus superiores y...
¡No vamos a robar en un almacén de La Sociedad!
¡Podemos hacerlo! Incluso tengo una idea de cómo lo haremos.
Pero... ―Sí, tarde o temprano debían enfrentar a alguien que perteneciera a la mayor organización del universo conocido. Ahora no sonaba tan mal. Escaparían si hacia falta ―Vamos.
Sujetó la brújula que no había sido usada todavía. Aquello significaba sacrificar una pieza importante si luego no podían hacer que aquel artefacto olvidara otro objetivo imposible. Dak no se los hubiera permitido. Pero él estaba experimentando con la persecución de Sofía, buscando maneras de engañarla. El tipo estaba obsesionado con destruir a la perceptiva, ¿qué tan irónico era eso? ¡El error de ella lo había regresado a la vida!
Minutos después Eckard volvía al sitio en que había encontrado las brújulas.
Un mago llamado Jao verificaba el inventario del almacén, con ayuda de su compañero: un tipo con la capacidad de usar como arma prácticamente cualquier cosa. Todavía estaban verificando que nada había sido robado, y el intruso ya estaba de nuevo en el sitio en que lo había visto ―y asesinado, por si acaso― el tipo sin magia.
Hey, Midem, ¿a ese niño no lo habías matado hace un momento? ―dijo el mago, que ya tenía su buena pila de años encorvándole la espalda.
Me estorban los inmortales ―rezongó el aludido, que luego de levantarse alzó la silla y se dirigió a Eckard con desidia.
El hombre odiaba su trabajo. Mientras otros guerreros de su mundo conquistaban medio universo, traficaban con antigüedades o pateaban criminales directo a la prisión, él estaba ahí, empolvándose como toda esa basura dejada por civilizaciones extintas. Matar de nuevo a Eckard no le entusiasmaba más que recibir a algún científico que después de firmar el libro se llevaba un artefacto descompuesto.
El inmortal le dio la espalda a las brújulas que descansaban en una caja de madera de Fibo, casi transparente pero más sólida que cualquier material descubierto en La Tierra. Esperó a que el tipo fuera por él. Esquivó los primeros golpes y se escabulló por su derecha para salir de aquella sección. Un par de cosas se rompieron en la persecución que siguió. La mayoría eran objetos que se encontraban entre los combatientes, pero también se hizo pedazos el candelabro más antiguo del universo cuando Midem lo usó como lanza, y la pierna de Eckard corrió una suerte semejante. Esta última se regeneró (el candelabro también, pero eso a quien le importa).
El mago los dejó pelear y fue adelantando papeleo ya que cada intromisión debía ser documentada en detalle y su memoria ya no era la de antes. Para su disgusto, al levantar la vista para verificar la ubicación inicial del intruso, descubrió que en el mismo sitio había una muchacha que intentaba abrir la caja más pesada de la bodega. Soltó un gruñido y advirtió:
Ahí hay otra.
Pues tú ocúpate, ¿no? ―dijo su compañero, mientras aplicaba una llave que pretendía asfixiar al inmortal.
La magia no sirve en el rincón donde se ha metido ―se excusó el anciano.
Las bisagras, menos fuertes que la madera que unían, cedieron ante el Acervo usado como palanca. Luego cedió el cerrojo.
En ese momento su hermano le advirtió, gracias a esa conexión mental de los contrapartes, que el guardia iba por ella. Se dio la vuelta justo a tiempo para ver venir las hojas metálicas que algunas vez habían servido para crear arte y ahora eran lanzadas por Midem.
Rackel lanzó frente ella, y hacia arriba, la gruesa barra celeste que había usado para abrir la caja. En un momento la barra subía por la fuerza con que había sido lanzada, y en el siguiente se convertía en una pared tornasol, traslúcida en general pero que tomaba un color sólido en donde las golpeaban las “dagas” improvisadas.
Midem intentó romper el muro mientras Rackel metía la mano en la caja de madera. Él no podría lograr su objetivo. Y ella, tampoco podía decidirse a tomar ninguna brújula. Tenía un problema: no sabía cuál de aquellos objetos era su blanco y al sujetarlo se iría a su mundo, dejando el Acervo en la bodega. No conseguía tocar el muro y a la vez alcanzar los artefactos que buscaba.
¿Eckard?
¡Estoy ocupado con el mago!
No por mucho: aquella pequeña distracción le costó una de sus infinitas vidas a Eckard. Ella lo escuchó quejarse pero no sabía que tan grave era su problema. Estaba ocupada tirando del Acervo para que estuviera lo bastante cerca para tocarlo.
Esas cosas no se rompen si el dueño sabe usarlas, Midem ―advirtió el viejo mago―. Yo digo que la dejemos ir.
¿Pero de que hablas? ¡NO!
Rackel logró sujetar dos brújulas a la vez sin dejar de sostener su arma con la otra mano. Una de ellas era su objetivo, así que de inmediato se vio en el sitio desde el cuál había llegado. Dak estaba gritándole a Eckard por haber llevado a la chica a un sitio tan peligroso.
Ella estaba exaltada, se había puesto demasiado alerta por el peligro y al final no había utilizado toda esa energía. Sus hermanos no intentaron calmarla cuando empezó a caminar de un lado a otro, porque su gemelo le advirtió al mayor que “Así se pone ella, es cosa de darle un momento... dejarla que quiebre algo”.
Esa frase me mostró el futuro. Rackel iba a aprovechar tanta energía abriéndome la garganta. Vaya muchachita tan violenta... Debo haber puesto cara de susto, o quizá me quedé más quieto de lo que yo creía; por el motivo que fuera, Iuner y Gerusa me preguntaron si había pasado alguna otra cosa (yo apenas había intentado explicarles que aquel par había entrado a un almacén de La Sociedad).
Ya no importa... ―me lamenté.
Al menos no se las habían llevado todas. Y yo todavía tenía tiempo. Identifiqué los factores mientras se presentaban, y me largué con dos palabras en el momento preciso. La fuga, él método infalible de Sofía, no sólo me había permitido escapar sino que dejó a Rackel unos momentos frente al psicópata y la anciana.
Me vio partir, eso sí. Resultó ser que Sofía era más rápida a pesar de que ella no sabía las cosas de antemano.
Después de notar mi ausencia, vio a los otros dos y trató de razonar antes de actuar. Sólo tenía que sobrevivir hasta que la brújula “se diera cuenta” de que yo no estaba ahí.
Podía mantenerse fuera del alcance de Gerusa, pero no era capaz de evadir a la otra al mismo tiempo. Así que los confrontó, y le iba muy bien hasta que él estuvo cerca de arrancarle de las manos el Acervo. Ella sabía que era posible, había estado muy cerca; y no podía correr semejante riesgo. Estaba asustada de nuevo. Yo hubiera sentido culpa de no ser porque no se me olvidaban los detalles de como iba a degollarme la “indefensa damisela”.
Todo eso era irrelevante porque al final logró sobrevivir el tiempo suficiente y se vio, un poco menos enérgica, en su mundo.
Yo regresé a la casa de cuatro ambientes en donde se alojaban Gerusa y la “niña”, sólo para explicarles la información que faltaba sobre lo ocurrido en el almacén. Les pedí que informaran a los demás y regresé a La Tierra en el acto. Llevaba prisa porque no podía llegar tarde al almuerzo del sábado.
Desde que renunció a su empleo y empezó un negocio poco rentable, mi tía nos invitaba a almorzar todos los sábados. No presentarme en casa de mis tíos, hubiera tenido más de un efecto indeseado: para empezar, mi tía haría preguntas; y, más importante, me perdería un excelente calamar con lima y mango. Así pues, tanto los loquitos del Décimo primer mundo como mis compañeros de trabajo, podían esperar.
A diferencia de las cenas que preparaban mi hermana y Emilio, estos almuerzos sabatinos eran excesivos. Mi tío y mi mamá habían llegado a enfermarse alguna vez, pero ni siquiera entonces habían comido suficiente como para acabar con todo. Lo que yo estaba necesitando: más calorías de las que podía gastar el metabolismo acelerado de un adivino demasiado activo.
Por una vez, fui competencia para mi tío en la mesa. Al final, éramos él y yo comiendo setas a la plancha. Sou, que usualmente era la tercera más hambrienta, se negó a probar la setas, de modo que tuvo más espacio para el calamar; con tantos depredadores, éste sí se había terminado.
Muy bien, muy bien; tú ganas Angelito ―anunció mi tío.
Engullí lo que restaba en la bandeja. Respiré profundo. Iba a dolerme el estómago pero... aún tenía hambre. No me acordaba de lo bien que se siente comer cuando uno ha pasado una mala semana.
¿Cómo es que de pronto estás tan tragón, muchacho? ―dijo mi tía, mientras yo iba a la cocina en busca de las setas restantes.
Sólo tengo hambre, tía ―respondí, a medio camino.
¡Así empecé yo! ―bromeó T―. Después ocupé doctor para bajar de peso.
Me serví sin preocuparme por el sobrepeso. Esas calorías ya estaban gastadas. De hecho, lo que tenía en mente no tenía nada que ver con la comida.
Mi prima tenía razón sobre mi conducta con Laór. Tenía que disculparme, pero no me atrevía a averiguar cuanto tiempo me quedaba. En parte porque dolía pensar que a uno de mis mejores amigos le acechaba la muerte, pero sobre todo, porque no quería que sus esfuerzos fueran destruidos por una decisión mía.
Como agregado, eso de husmear en el futuro se había vuelto más agotador cada vez. El esfuerzo era mayor entre más lejano era el momento que estudiaba, y un poco más si no tenía idea de cuándo ocurriría y tenía que determinar eso también.
¿Aparecer en casa de Laór esa noche sería tan malo...? Eso sí podía revisarlo. Pero al parecer no ocurriría. Sí lo visitaba visitaría, pero el lunes. Y sólo me diría que todo estaba bien, qué él nunca había esperado que yo tomara con calma la noticia. Tendría tiempo para contarme que mi odio por su otra estudiante era mutuo: ella siempre decía que yo lo hacía parecer tan fácil, que la hacía quedar como tonta. Me pedía resignarme, aunque él no era partidario de hacer eso. “Yo no elijo futuros, los creo”, había dicho cuando lo pusieron entre la espada y la pared. Antes yo no sabía eso, y ésta era una situación extraña para enterarme.
¿Ángel? ―llamó mi hermana, desde el comedor, mientras yo pensaba que aquel buen “último momento” no bastaba para mí.
No bastaba, pero era lo que había.
¿Ángel? ―Soham estaba en el umbral― Mi mamá creyó que las setas te habían comido a ti. Y creo que la colocha piensa que te quedaste... quieto. Ya sabes, como la vez de la primera brújula...
Fue algo así. Pero no es nada grave. Sólo salía de una curiosidad.
Volví con ella; pero cuando estaba cruzando el umbral descubrí a Rackel en el pasillo. En un esfuerzo por esquivarla, retrocedí tan bruscamente que casi todo el contenido de mi plato cayó al piso.
¿Qué pasa? ―dos pasos adelante de mí, Sou se dio la vuelta y me miró con preocupación.
Hacía bien en preocuparse. Rackel no estaba ahí, pero yo lo había sabido. El más confiable de mis sentidos me había fallado. La explicación estaba frente a mí, pero yo no la comprendía.
Rackel estaba en el pasillo. Eso era cierto, pero no era lo único cierto. Había algo más que yo debía saber, pero que era... La imagen de mi prima se volvió borrosa; su voz y la del resto de mi familia, distantes. No era mi intención ignorar la información de mis otros sentidos, pero al parecer no podía concentrarme en eso y en comprender como podía ser verdad y mentira que Rackel estaba ahí.
No sentí nada cuando caí al suelo, pero sí supe que algo andaba mal. ¿Siquiera estaba respirando? … Sí, eso sí. Pero estaba más cansado de lo que había pensado.

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