miércoles, 18 de diciembre de 2013

Compañía

El anciano héroe llegó con una petición que me dejó perpleja. Quería tener un nuevo compañero de trabajo.

-Usted ya tiene un compañero -comenté sin pensar.

-Así es. Pero necesito otro. Alguien joven, supongo.

-Ha. Por lo general me hacen solicitudes sobre sus habilidades, no sobre la edad -dije, y luego agregué en confidencia-. Aunque supongo que sí les interesa.

-¡Regeneración! -casi gritó, inspirado.

-¿Quiere un joven inmortal?

-No, no importa. Con que sea inmortal basta.

Entonces me di cuenta que estaba pensando en la longevidad del potencial compañero.

-Interesante.

-¿Qué?

La única persona que estaba libre en todo el laboratorio, y quizá en toda la sociedad, era precisamente un inmortal. Nadie en su sano juicio habría trabajado con él, y él no quería salir de su habitación. Sin embargo, éste hombre ya tenía un pie en la tumba y su actual compañero era inmune a la otra habilidad del joven inmortal que habitaba la bóveda.

Así que le expliqué la historia del joven asesino, le expliqué cual era el riesgo de bajar a saludarlo, y cambió de opinión. Supuse que él tampoco quería trabajar con el bebedor de vidas, y tenía razón.

Él no entró a la bóveda, pero por la tarde trajo a alguien que lo haría: su pequeño compañero.

Parecía un adolescente, mucho menor que el hombre que se temía matar una vez más, y una criatura si se le comparaba con su actual compañero. Era menor que ambos, en efecto, pero no era un adolescente. Su raza tenía esa apariencia eso era todo.

Y aunque le causaba curiosidad la persona a la que iba a conocer, su mente estaba concentrada en el anciano al que veía como un padre y una conversación que apenas se había atrevido a conversar: la tarde anterior había confirmado que su amigo pronto iba a morir.

No estaba enfermo, ni herido, pero no era posible que viviera más de 120 años. Quizá ni siquiera llegaría a los 100. Para la mayoría eso era bastante tiempo, pero para él era poco tiempo, y él era muy joven para perder a su padre.

Entonces comprendí.

El anciano le dijo al muchacho que dentro de la bóveda había un hombre muy sólo, que no podía hacer amigos porque temía lastimar a la gente, pero la posibilidad de que lástimara a alguien era mayor porque la soledad le daba poder a su lado oscuro.

-Tú lo arreglarás, le ayudarás a conectarse con el mundo -dijo.

Pero no era lo que pensaba. Lo que el anciano buscaba, era que su púpilo no se quedara solo.


Este es el microrelato #14 del desafío de Diciembre.

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