lunes, 25 de noviembre de 2013

|Equilibrio| 15 - Infinidad


Otro fracaso.
Aieme había intentado atacar al inmortal justo al mismo tiempo en que Gerusa lo hacía. Chocaron entre sí, y ella cayó al suelo en la posición más vulnerable posible. Todos reaccionaron rápidamente, más allá de mi predicción original en la que la adivina intentaba correr y el ataque de Gerusa habría permitido que huyera.
Eckard recibió un golpe lo bastante fuerte para perder el conocimiento, pero una fracción de segundo antes, había clavado su arma en el cuello de la pobre mujer.
Sus hijos estarían declarados como huérfanos durante unos meses, antes de que su padre los encontrara. En su empleo sería reemplazada por una joven entusiasta que de otra forma se hubiera dedicado a viajar entre mundos, liberando al suyo muy pronto.
¿Es que no sabías que eso pasaría? ¿O creías que iba a ser de otro modo? ―quiso saber Gerusa.

Iba a ser diferente.
Estás equivocándote mucho ―dijo, entre disgustado y preocupado.
Lo sé. Pero no entiendo por qué.
Dejé Ogha tan pronto como pude, porque la cara se me caía de vergüenza y los ojos se me cerraban de cansancio. Había peleado con Rackel, visto unos cuantos futuros y pasado un mal rato. Mi espíritu decaído debía ser muy evidente, porque Emilio y T no hicieron ninguna broma cuando llegué a casa. Emilio hasta se levantó a preparar algo de comer. Él estaba al tanto del hambre que me entraba cuando había visto muchos futuros.
Lo que haya sido, no lo probé porque me quedé dormido. Mientras me sumergía en el sueño pensaba en Aieme, pero no soñé con ella, sino con unas flores que parecían margaritas.
La certeza de que Rackel estaba observándome me empujó a la conciencia, pero seguía dormido. Estar agotado y alerta al mismo tiempo es algo terrible.
¡Ángel! ―la tercera sacudida que me dio mi hermana consiguió despertarme.
Gracias ―dije, somnoliento.
No me sorprendió mucho que no hubiera nadie más ahí. No porque me había confundido antes, sino porque estaba menos alerta de lo que creía y no me importaba saber a dónde se había ido Rackel. Solo tenía fuerzas para levantarme y arrastrar los pies hasta mi cuarto.
Moría de hambre, pero también tenía demasiado sueño. ¿Cómo es que estaba más cansado ahora que cuando me quedé dormido? Mi vida de pronto se llenaba de preguntas sin respuesta. Pero estaba muy rendido como para pensar en ello.
Esta vez si soñé con el futuro, o eso creí mientras soñaba. Alguna brújula había llevado a los gemelos a las instalaciones de la sociedad, donde nadie había guardado los “localizadores” como se debía. Era como si en ese laboratorio no supieran para que servían.
Entonces comprendí que el hombre a cargo del lugar, el que tendría que rendir cuentas por lo que se perdiera, era ese viejo “amigo” de papá. Un tipo que puede ser muchas cosas, pero no un científico. Aquel sitio era más bien una instalación política. Con razón trataban aquellos cuatro artefactos como si fueran vulgares adornos.
Un grito de mi prima me despertó.
Rendido, pero consciente, descarté aquel sueño porque sabía que las brújulas llevaban a una sola persona a su objetivo y que La Sociedad ya estaba advertida de que los aparatitos esos estaban siendo usados por delincuentes: no los dejarían así, tan a la mano.
En cambio, el grito de Sou había sido real. La habían tomado por sorpresa: alguien había viajado a nuestra casa usando magia, y su aparición había sido demasiado cerca de mi prima.
Lo lamento, no fue mi intención ―el adivino tenía muchas dudas; el sitio le era familiar, pero―... Tú no puedes ser su hermana.
¿Quién es usted? ¡No puede solo aparecer así en un mundo no libre! ¿Qué tal que hubiera estado con alguien ―mi prima casi perdió la voz cuando concluyó su frase― de aquí?
Corrí un gran riesgo al venir, lo admito. Pero tú estás informada; así que quizá estoy en el sitio correcto, después de todo. ¿Conoces a un adivino llamado Ángel?
¡Colocha! ―llamó ella, a gritos, en lugar de responder. Con la cacería de adivinos abierta, mi prima no iba a decirle nada sobre mí a ningún extraño.
Pero yo ya sabía quien era. Estaba un par de años más joven pero reconocí su carácter, sobre todo en su disculpa.
¿Quién es usted? ―mi hermana llegó a la sala segundos antes que yo.
Tú sí eres su hermana, eso se nota. Vine a...
¡Laór!
¡Ángel! ―respondió a mi saludo con un entusiasmo que carecía de sentido.
No nos conocíamos todavía. Él no era una persona expresiva y yo no era su mejor alumno. Era, de hecho, su segundo favorito... y sólo éramos dos pupilos. Todo eso hubiera sido el futuro en una realidad interrumpida, pero quizá era posible también en ésta. Me alegró saber que en ésta realidad había venido conmigo antes de su visita a la niña “responsable y aplicada”, ¿eso me daría algún tipo de ventaja? En la otra realidad sólo iba a conocerme por coincidencia, o porque yo lo buscaba.
Es mi maestro ―les expliqué a las chicas―. Si no me trae noticias horribles, no hay de que preocuparse.
Ah, que lindo, ¡tutorías en casa! ―dicho eso, mi prima volvió a su tarea.
¿Es eso lo que trajo? ―preguntó T, ahora sin ninguna hostilidad.
Cierto, ¿a qué vino, Laór? ―quise saber también.
Sigo repitiéndome que tenía que venir, que debo explicarte lo que estás omitiendo, pero admito que sólo quería verte en el presente.
¿Por qué la prisa? ¡No me diga usted también que ese retrasado va a matarme, porque eso sería demasiado!
T aún se sobresaltaba cuando escuchaba algo como eso, y si yo no le había mencionado el asunto de Rubén, era porque no quería que ella lo atacara antes de que realmente ocurriera algo. La respuesta de Laór no fue muy tranquilizante:
Claro que no. La posibilidad existe, pero yo no te diré que hacer con tu futuro. Es más, sobre eso es que debo hablarte. ¿Cómo puedo plantearlo...? ―mientras pensaba en ello, buscó donde sentarse― ¿Sabes sobre lo que pasará con Ameriev?
Lo que iba a pasar con Ameriev en la otra realidad, mejor dicho. Él hombre andaba tan perdido como yo con todos esos cambios.
Sí, señor ―respondí.
¿Y ya te has preguntado porque se equivocan tanto cuando intentan hacer algo juntos?
Pues... sé que me lo preguntaré.
Sí, te lo preguntarás; y eso es por no hacer caso: yo ya te lo habré dicho para entonces, pero nunca prestas atención al ahora. En fin, esta es una realidad distinta, pero al menos me aseguraré de que sepas eso ―todo en su voz sonaba a despedida, hasta que empezó a emplear su tono de catedrático―. Cada vez que te enteras del futuro, cambias lo que no te gusta. Tú sueles hacerlo a conciencia, la mayoría de los adivinos lo hacen sin querer. Ameriev y tú son particularmente complicados porque, más que evitar situaciones, ustedes las provocan.
Asentí. Soham alzó la vista. Mi hermana en ningún momento había dejado de prestar atención.
Desde luego, cada hecho evitado, genera un sustituto. En ese aspecto, somos todos iguales. Cada vez que vemos el futuro, lo más probable es que lo modifiquemos.
Aunque nos guste. Lo sé. La tentación de actuar con lo que ya sabemos siempre anda por ahí. Puede ser por evadir un mal rato, adelantar algo que nos gusta.... los motivos son infinitos.
Exacto. ¿Y entonces que ocurre? ―no esperó a que yo intentara responder― ¡Nuevos futuros! Futuros que podrás querer mantener, o cambiar. Y todo hasta ahí, puedes manejarlo. Entre más lo piensas, más cambia, pero puedes con eso. Muchos no pueden, pero tú sí.
Es agotador. ¡Ahora mismo son tantas variables! ―era sencillo decirle eso, pues en un futuro que no se había cumplido yo había aprendido a confiarle mis problemas, e incluso a seguir sus consejos.
No me preocupa que falles analizando variables.
A mí sí me preocupaba. Eso, y haber estado soñando futuros ilógicos.
Verás ―explicó―, hay una razón por la cual los adivinos tienden a evitarse.
¡Yo ni siquiera sabía que hacíamos eso! Él mismo tenía dos estudiantes.
Si dos adivinos conviven ―seguía él―, cada vez que uno de ellos ve su futuro, los cambios que provoca no sólo cambian sus posibilidades, también las del otro. Si son muy buenos, el otro creará sus propios cambios, causando un efecto aún mayor en el primero, y el ciclo seguirá hasta...
Futuros infinitos ―comprendí.
Ahora todo tenía sentido. Idelia había visto su futuro y lo tenía todo preparado para cambiarlo. Pero yo también lo había visto; y le había enviado a dos personas que la confundieron. Eso había sido simple en comparación con la forma en que Ameriev y yo modificábamos el futuro del otro. Mi reacción había sido alejarme de él. Al saber que mi “némesis” sería blanco de Eckard, me desentendí de su futuro. Él sabía que Áled llegaría, porque conocía todas sus posibles muertes y eso incluía que el inventor interviniera. Lo evitó, por supuesto, ¡y lo usó a su favor!; seguro le fue fácil sin que yo le estorbara.
¿Entonces, que se supone que haga? ―dije, contrariado― ¿Desentenderme?
Cada caso es distinto. Hay una mujer que siempre ve una sola posibilidad, es fiel a ella, y quizá por eso ni siquiera la intervención de otros adivinos puede cambiarla... es como si ella contara también con eso ―dijo, sin saber que yo conocía a esa mujer―. Hay algunos que logran omitir todo lo que descubren. Pero si un adivino intenta hacerse cargo de su futuro, o no puede evitar cambiarlo... Entonces tu intervención solo va a confundirlo... y confundirte. Tendrás que desentenderte de esos casos. Si sólo vieras el futuro, eso sería imposible, pero siendo un perceptivo puedes decidirlo basándote en su conducta habitual.
Pero... usted trató con Jati y conmigo por años... ―me di cuenta de que estaba conjugando mal aquella oración y corregí:― o iba a hacerlo. Nunca fue un problema; nada de futuros infinitos ni cosa parecida.
Dos adivinos pueden convivir si sólo uno de ellos está viendo el futuro.
Pues yo estaba viendo ese futuro desde antes de conocernos siquiera.
Pero yo lo iba a dejar de ver cuando nos conociéramos. Jati necesitaba que yo viera su futuro, que cuidara de ella hasta que estuviera lista. Pero tú siempre has sido dueño de tu porvenir, no intentaría modificar eso.
Gracias, creo.
Pero lo acabo de hacer, por accidente.
¿Al venir? ―supuse.
Venir es un cambio, sí. Esta conversación íbamos a tenerla en mi casa. La primera vez que me buscara Eckard. En cambio, voy a pedirte que no vayas. Verás, tu intervención... hace que nos maten a los tres ―no hacía falta que dijera nombres, yo sabía que incluía a su otra aprendiz―. Sé que hay miles de opciones, pero... que intentes verlas sólo creará más. Es tarde, porque ya me entrometí.
Mentira. Lo supe sin ver el futuro, por qué podía conocer la información con la que contaba Láor; y decidí quedarme fuera sólo porque él me lo pedía. Al parecer él había visto nuestros esfuerzos por arreglar la situación, y la única muerte que no sabíamos como evitar era la de la niña. Su aprendiz favorita viviría si yo lo dejaba morir a él.
¡No sabes como la odio! ―gruñí.
La última persona a la que odiaste como a Jati, ahora es familia para ti. Y quizá a ella también la estás juzgando duramente.
Usted podría estar equivocándose también. Sin un maestro apropiado, en lugar de una intermediaria con la divinidad del tiempo o lo que sea, podría acabar convertida en la loca del pueblo. Usted me dejará a mi suerte para garantizar la supervivencia de la loca del pueblo.
Tal vez. Tal vez logre aprender sin mí. ¡O quizá haya visto en el futuro lo que yo iba a enseñarle!
Sí... yo recuerdo una parte.
La mayor parte, según creía. Pero, ¿cómo se mide lo que no se recuerda?
Es un esperanza vana ―lamentó Laór―. Cuando la conocí, ella no podía ver más que unos días después. ¿Te das cuenta de que es a ella y no a ti, a quién estoy abandonando? No es favoritismo. Es que no puedo manejar la idea de que uno de ustedes muera. ¿Que caso tendría todo lo que sé, si no puedo cuidar de mis pupilos?
Eso y que estaba encariñado con nosotros, supongo.
Está bien ―hubiera deseado estar tan resentido como sonaba, pero en realidad me sentía solo y triste―. Haga lo que quiera.
Lamento mucho venir a pedirte que manejes una realidad que yo no pude tolerar. Pero es que esas son las cosas en las que uno suele pedir ayuda, ¿sabes?
Se fue.
Sólo se fue.
Me sobresalté cuando mi hermana me abrazó, porque estaba demasiado perdido en mis pensamientos y no la había visto acercarse. La dejé intentar consolarme, aunque aquello carecía de sentido.
Eres un malcriado ―la voz de Sou era difícil de reconocer en ese momento―. No te peleas con alguien cuando sabes que no lo vas a volver a ver. Es estúpido.
Déjalo en paz ―al menos T me ahorró tener que defenderme.
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Nota: La “libertad” de un mundo se basa en su conocimiento del exterior; "liberarlo" consiste en mostrarle a sus habitantes que hay vida allá afuera.

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