viernes, 15 de noviembre de 2013

|Equilibrio| 14 - Esfuerzos frustrados


Por algún motivo me estaba mirando fijamente. No era como la primera vez que nos miramos, porque en está ocasión más que descifrarme, lo que pretendía era vigilarme. Aún así, su mirada me impedía concentrarme en otras cosas.
Estar ahí, dormido y vulnerable, frente a la chica que había decidido acabar con mi vida, no era seguro.
Me las arreglé para abrir los ojos mientras me preguntaba exactamente dónde estaba ella. La respuesta fue bastante sorprendente: Rackel no estaba ahí, sino en Yaeyha: el mundo que habitaba Miríava.
El sueño se me fue de golpe. ¡Estaba retrasado! Eran las tres de la mañana para mí, pero Rackel vivía con tres horas de adelanto. Por lo general yo no tenía que pensar en que huso horario de su mundo estaba la gente a la que vería, el tiempo desde mi perspectiva era más bien relativo. Pero acababa de cometer un error: aunque sabía que en casa de Miríava era de noche, había hecho cálculos desde la perspectiva de Rackel.
La visitante inesperada tuvo todo el tiempo que quiso para tomar los dos artefactos que descansaban entre otras reliquias y aparatos inusuales. Una estaba compuesta por muchos cuernos gruesos y la otra por varios pétalos delgados. La segunda era básicamente una flor deforme, pero el otro no pude asociarlo con nada. Ella sí: lo encontró similar a la decoración de una ventana que había roto cuando su madre adoptiva vivía; había tenido que entregar paquetes por varias semanas para pagar los daños así que no era extraño que lo recordara.
La distracción infundida por esa remembranza me dio sólo unos segundos más, pero muy valiosos.
La dueña de casa dormía profundamente cuando Rackel se acercó, acervo en mano pero indecisa. A esas alturas yo ya estaba llegando, sin avisar nada a nadie porque sólo tenía tiempo para un viaje antes de que la intrusa cumpliera, de mala gana, su misión. Cuando sólo habían centímetros entre ellas dos, tiré el primer objeto ruidoso que vi: una escultura fea que se destrozo entre campanadas.
La supuesta defensora del equilibrio volteó.
Nos miramos, pero no a los ojos. Ella presa de la rabia; y yo, de la incertidumbre.
El momento incómodo no duró ni un segundo, porque el ruido había despertado a Miríava. Ella sacó su espada, apenas visible en la penumbra, de una funda bordada en las sabanas. Qué tipo de paranoica era esa mujer, no podría decirlo alguien como yo.
Lanzó una estocada en el tiempo exacto, por pura coincidencia, porque ahora mismo estaba aproximando: no conocía el futuro. Mucho más diestra de lo que yo esperaba, Rackel transformó su daga en una cadena de gruesos eslabones, y con eso detuvo el golpe entre un grito de sorpresa. Miríava fue más fuerte. Logró arrancar el Acervo de las manos de la chica en un parpadeo. Eso representó un grito más en la intrusa: una mezcla entre dolor y rabia. Pero luego sólo hubo miedo en su voz, mientras esquivaba penosamente a la experimentada rival.
Intentó recuperar su arma, pero no tenía valor para descuidar la espada. Hacía bien, en cierto modo; la mujer no le daría espacio para levantar aquel objeto del que dependía su vida.
El brillo del Acervo se apagaba en el suelo, y yo sabía que era una oportunidad invaluable. Vi el futuro inmediato y sólo corrí hacia el arma cuando consideré que no perdería la cabeza en el camino. Por suerte podía hacer esos cálculos en centésimas de segundo y Rackel estaba muy ocupada evadiendo a la adivina como para aprovechar tan poco tiempo.
En una de sus involuntarias miradas hacia el Acervo, ella vio mi movimiento y comprendió de inmediato lo que me proponía. Espantada, se olvidó por completo de Miríava. Corrió hacía su más preciada posesión, mientras la adivina atacaba una vez más.
Consiguió proteger su garganta pero fue herida en el hombro. El siguiente golpe no la alcanzó, pues ella saltó en ese momento hacia el sitio en que yo levantaba el Acervo, con la esperanza vana de arrebatármelo antes de que yo dijera el hechizo para viajar a la seguridad de mi cocina.
Apenas pudo tocar el Acervo, y luego ni el objeto ni yo seguíamos en aquel sitio.
Había dejado a la muchacha desarmada y con una enemiga que la superaba así que podía confiar en que éste era su fin. Debía alegrarme.
Pero sentía culpa. El cálido cordel tornasol entre mis manos me infundía tristeza. Yo había provocado la muerte de su propietaria.
O no.
Ella había esquivado un golpe más. Una brújula había caído de entre sus cosas. El símbolo que para mí significaba dualidad centelló en la penumbra a un milímetro o menos de las manos de la dueña del Acervo, y un instante después la espada de la adivina se enterró en el suelo, mientras Rackel aparecía del otro lado del desayunador... en mi cocina.
¡Oh, rayos!
Ella saltó sobre el desayunador mientras yo intentaba llegar a la puerta que llevaba a la sala. Llamé a mi hermana por esa inicial que hacía de sobrenombre, justo antes de que la lectora de miradas me sujetara por el cuello de la camisa y me lanzara de espaldas al suelo. ¡Y pensar que ya estaba a centímetros de la puerta!
¡Dámelo! ―exigió, intentando arrancar el Acervo de mi mano.
Logré empujarla e intenté levantarme mientras mi hermana me llamaba, angustiada, desde la sala. Por supuesto, escuchó el golpe de mi espalda contra el piso cuando la otra volvió a derribarme. Solté sin querer el objeto de la discordia, pero atiné a detener a la chica para que no lo alcanzara.
Mi hermana entró a la cocina. Vio a Raquel golpeándome contra el suelo para librarse de mí y recuperar su arma. Desde luego, decidió darle la paliza de su vida a mi atacante.
Por desgracia, dos verdades desagradables se impusieron: que uno no siempre hace lo que quiere y que aquella chica era más fuerte que yo. Se liberó mientras el Acervo se extendía para que ella pudiera tomarlo. Para cuando T se le acercó, la chica ya no estaba desarmada. La empujé, causando que cayera una de las sillas y que Rackel se hiciera daño, pero no evité que el azote del arma sin forma alcanzara a mi hermana, así que me vi sin protección contra la chica que pretendía matarme.
No tuve un segundo de duda ni de planificación. Ni siquiera supe cual de las muchas palabras para viajar pronuncié, pero el caso es que de pronto estaba en otra parte. Un campo de margaritas tan desconocido como familiar. Me tomó un instante comprender que esas no eran margaritas, sólo se parecían.
No pude recordar de donde las conocía. ¿Yo había soñado con ese lugar? Si era un sueño, carecía de sentido, pero si era el futuro... Quizá el lugar todavía no era lo que yo había visto. Por eso no podía reconocerlo. Pero no tenía explicación alguna para que mi destino hubiera sido aquel sitio desconocido lleno de quives blancas: las margaritas de un mundo llamado Ilmad.

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A ver si entendí ―Emilio estaba muy serio, pero no tanto como regañándome―. Te fuiste a la casa de la adivina para despertarla, sin decirle nada a nadie. ¡Sin planear nada!
Sí ―acepté, de mala gana.
Y ya puesto ahí, tuviste un arranque de inspiración y te robaste el Acervo de Rackel.
Asentí.
¡Estaría tan orgulloso si no te lo hubieras dejado quitar! ―prorrumpió en carcajadas mientras sacudía la cabeza.
Mi hermana reía con él.
Largo de mi cocina, extranjero ―no estaba echándolo realmente, pero de algún modo debía expresar mi enojo.
Es la cocina de mi novia. ¡Mi futura esposa! ―volvió a reírse y supe bien a donde llevaría eso:― La belleza sobreprotectora a la que dejaste bien muerta cuando te escapaste como...
¡Ya cállate!
Los tres sabíamos que era irrelevante, dado que mi hermana era inmortal y la delincuente no podía estar en casa mucho tiempo después de mi huida. Pero igualmente me estaban avergonzando.
¿Estamos molestando a Ángelito? ―lo que me faltaba, ahí venía la otra: mi prima.
Los toleré poco tiempo, pues debía hacer los preparativos para el resto del día.
Los defensores del equilibrio tenían dos brújulas más. Eso les abriría nuevas posibilidades, y yo traté de comprenderlas mientras Dak intentaba alcanzar a Sofía y Eckard le brindaba apoyo moral a su gemela. Rackel tomaba cada vez peor nuestros encuentros, al parecer la dejaban tan derrotada como a mí.
Decidí dejar de pensar en la chica que estaba lastimada y no movería un dedo en un rato. También podía desentenderme de Dak por un instante, pues ya sabía que iba a fracasar todo el día y descansar por la noche. Y sí estaba considerando el tiempo desde mi punto de vista esta vez.
Quedaba Eckard.
Él usaría la brújula formada por cuernos para buscar a su próximo objetivo tan pronto como su hermana estuviera más tranquila y sus heridas estuvieran desinfectadas y vendadas.
La adivina en cuestión era una mujer sofisticada, maternal y fuerte que vivía en un mundo no libre. Sus hijos aún eran pequeños, así que su empeño en protegerlos y educarlos era todavía algo muy bueno. Cuando estuvieran demasiado viejos para seguir siendo tratados como sus pequeños, podrían enfrentar algún conflicto.
Su pareja había desaparecido hacía un tiempo, pero la serie de acontecimientos generados por el Caos de Reorganización acabaría por regresarlo a casa. Hasta entonces, Aieme estaba sola con dos niños pequeños y un montón de trabajo por hacer. Le gustaba estar ocupada, pero quería dedicar más tiempo a los pequeños.
Era una ironía que la brújula señalara a esta mujer: ella luchaba cada día por mantener un perfecto equilibrio en una vida caótica.
Les di las instrucciones del caso a Iuner y Gerusa. Sólo necesitaban saber donde estaría Eckard, que llevaría consigo una pequeña espada y algunas de las ideas que tendría durante su enfrentamiento. Con todo preparado, todavía tuve tiempo para hablar con la anciana.
Pero no lo hice.
Incluso la llevé aparte pero, cuando intenté elegir las palabras correctas, me di cuenta de que no tenía sentido, ella no me creía creería, sin importar como lo planteara. Eso fue motivo de preocupación para mí, pues mis propósitos de “arreglar” el futuro de Gerusa dependían de ella: una de las dos variables respecto a él que yo desconocía en la realidad truncada.
¿Ajá? ―insistió en que yo dijera algo.
No sirve.
Comprendo. Busca otra manera mientras Ge y yo vamos a salvar a esa señora. ¿Habrá tiempo cuando volvamos, verdad?
Sí. Ve sin preocuparte, tengo... bastante tiempo para comprender eso.
Sí hubiera dicho exactamente cuanto tiempo, ella hubiera podido adivinar de que iba el asunto y todo iba a complicarse más. En cambio, en la triste ignorancia, sonrió y dijo “Está bien” antes de ir a Exthod.

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