miércoles, 9 de octubre de 2013

|Equilibrio| 13 - Rateros de toda talla.

Oseve no daba una como adivino.
Nunca.
A veces sabía alguna cosa sobre el futuro, pero cuando intentaba intervenir era incapaz de ver los resultados. Claro que se metía de todos modos, cuando le parecía que debía. Eso no había evitado que su hermana fuera secuestrada y sus padres, asesinados. Pero había salvado su propia vida, aunque no de la forma que uno imaginaría. No. Simplemente, saber que había posibilidades de un futuro, le había llevado a luchar por su vida cuando se hubiera podido rendir a la muerte.

No guardaba rencor alguno, ni se lamentaba de nada excepto de un fracaso recurrente en la búsqueda de su hermana mayor, secuestrada por un viudo lunático que había comprado y vendido tantos seres humanos que estaba convencido de que podía robarse el amor.
La mujer no lo amaría nunca porque había tenido el gusto de conocer a su cobarde alma gemela y no se conformaría con menos ni reconocería más. El trato que le daba tampoco era un gran incentivo.
Mientras su amado se escondía bajo las piedras, su hermano menor había decidido salvarla. Había sobrepasado sus propios límites muchas veces, había descubierto cada una de sus cualidades y se había esmerado mucho. Pero la evidencia lo había derrotado.
¡Otro que tuvo suerte de que Sofía perdiera la cordura y desencadenara el caos! Ahora Oseve tenía la oportunidad de que alguien acabara con su patética vida y, si podía evitar eso, tendría en sus manos una nueva posibilidad de encontrar a su hermana. Como fuera, sus deseos de morir serían cumplidos u olvidados; su miseria acabaría.
Pocos minutos después de nuestra conversación, recibió la visita de Eckard. Habiendo tenido tantos problemas en sus intentos más recientes, el inquisidor se mostró aliviado de que su objetivo estuviera en el lugar indicado. Atacó de inmediato, con su habitual eficiencia, pero el otro sabía qué esperar de aquella visita y consiguió evadirlo.
Eckard se reorganizó de inmediato y la información de su víctima perdió utilidad cuando tomó el cuchillo que seguía olvidado junto a la comida. Sin tener idea de que hacer para detenerlo esta vez, el adivino prefirió dejar que ocurriera.
Una sola herida en el centro del corazón, pequeña pero letal, fue suficiente. La brújula perdió el rastro del adivino, y el asesino se vio satisfecho. Limpió el cuchillo con el mantel de la mesa, y lo guardó en el bolsillo interno que solían llevar las camisas hechas en su región.
Se preguntó por qué no había vuelto a casa y decidió verificar que su víctima estuviera realmente muerta. Sí lo había estado, pero ya no. Por eso la brújula se demoraba; aunque pronto decidiría que era apropiado "volver a casa".
Oseve tenía pulso. Y no era el latido débil del último momento, sino el martilleo desesperado que provoca la adrenalina. El asesino lo interpretó como un efecto del susto previo, y antes de intentar comprender como seguía vivo, se dispuso a cortar la garganta expuesta del individuo.
La distancia escasa y la imprudencia del asesino eran todo lo que necesitaba Oseve. Rápidamente alzó una mano para tomarlo por la nuca y usó su propia frente para golpear dos veces en la de Eckard. No es que estuviera en la mejor posición para eso, pero le funcionó relativamente bien. El tercer golpe fue contra el suelo de roca y dejó inconsciente a Eckard.
El adivino se apresuró a tomar la brújula de medialuna justo a tiempo, dado que en unos instantes Eckard desapareció de esa casa que pronto estaría realmente abandonada.
Desde luego, eso lo supe después de enfrentar a mi propia agresora. Era bueno saber que alguien había tenido un buen día... aunque también sentí un cierto gusto por saber que les había salido todo mal a ellos.
Ya venía siendo hora, ¿no?
Sin embargo, no podía regodearme en eso. Eran sólo un par de batallas seguidas, y la razón por la que ellos parecían tener suerte, era su inmensa determinación. Ya estaban buscando una forma de resolver sus problemas y continuar la misión que habían elegido.
¿Puedo intentar usar tu brújula? ―sugirió Rackel, considerando que el instrumento de su gemelo había fallado.
Estás herida...
Bah, fue más el susto.
No, no ―intervino Dak―. Quiero que te mejores para que hagas una visita a esa mujer que les dije.
¿Por qué te interesa ella en particular? ―quiso saber la chica.
Estoy seguro de que vi un par de brújulas en una especie de mostrador en la pared. Las necesitamos, sobre todo si la brújula que le queda a Eckard no funciona... Y hay que ocuparse de la mujer tarde o temprano, ¿verdad?
Es verdad ―secundó el gemelo.
Pero debes estar en buenas condiciones ―exigió Dak a su hermana―. Mejor... mañana.
Como quieras ―aceptó ella―, pero ya no me duele casi nada.
Así, el mayor se ofreció a hacer pruebas con la brújula que parecía descompuesta.
Le tomó varios intentos darse cuenta de lo que yo sabía desde antes de mi visita a Sofía.
En el quinto viaje a diferentes sitios desolados, pudo ver a la joven terránea desapareciendo. La explicación se le ocurrió de inmediato: el objetivo había estado huyendo todo ese tiempo. Dejó de intentar perseguirla y en un momento se vio de regreso en casa.
Claro que, aunque él creía eso, la brújula no lo había llevado ante Sofía. Lo que había elegido Eckard, era uno de los individuos que habían regresado, y la brújula le había puesto frente a Martín... o al menos lo intentó.
No podían usar la brújula para otra cosa porque Eckard no quería ceder; aún sí lo dijera, no era lo que realmente quería. Así pues, debían encontrar la manera de sorprenderla. O dejar de pensar que aquella brújula pertenecía a Eckard sin importar quien la tuviera, pero eso no se les ocurrió, así que sólo les quedaba superar a Sofía.
¡La suerte que les haría falta para eso!
Con la promesa de que Eckard y Dak se concentrarían en esa tarea, y que ella visitaría a Miríava cuando se sintiera mejor, Rackel se echó a dormir. No es que se hubiera olvidado de mí. Pero estaba decidida a resolver más tarde el inconveniente que representaba mi hermana. Las estrategias en las que pensaba mientras se iba quedando dormida, tenían un factor común.
El acervo.
Sin ese objeto amorfo, ella perdería su única ventaja sobre T.
Sin él, sería siempre la chica sorprendida e indefensa a la que mi hermana había pateado hacía unas horas, ¿o no?
Lamenté que Emilio llegara a distraerme justo cuando yo estaba pensando en destruir el arma de Rackel. Mi cuñado estaba en casa todos los martes a esa hora.
Anjel ―pronunció mal mi nombre sólo para molestarme.
Emnaid ―¿juegos de nombres? A mí también se me daban.
Nuestro pequeño juego perdió importancia cuando T saludó a su amado:
Hola, amor ―mi hermana saltando a sus brazos: eso era común.
Paguen cuarto, par de melosos.
Envidioso estás porque ninguna de tus novias era tan buena ―se burló mi hermana.
Se suponía que a esas alturas había superado el hecho de que todas mis relaciones acabaran mal y muy pronto. Es más: ya lo había superado. Lo que todavía era como una espina de pescado clavada en la garganta, era él hecho de que nunca había encontrado a "esa" chica.
Así pues, mi hermana clavó el cuchillo justo en donde dolía y ni siquiera se enteró de lo que había hecho.
¿Qué cenamos hoy? ―inquirió Emilio, ansioso por ir al punto.
Pizza ―anunció mi hermana.
¡Pero tú cortas el salami, Emilio! ―advertí― Que esta torpe se corta si la dejas hacerlo. No quiero sangre en mi cena.
Uh, ¿eso sí puedes predecirlo?
Con ese comentario, T abrió la puerta para que Emilio hiciera las preguntas necesarias para ponerlo al día sobre mi reciente muestra de "debilidad". Sobra decir que se burlaron a gusto. Y se ponía peor cuando llegaba mi prima.
¿Y entonces, Ángel, va mal eso de los matones?
Sí... Pero al menos sé que su punto débil es la chica... Y si pierde el acervo, ya la hicimos.
¿Un acervo? ¿Todavía hay cosas de esas con vida? ―comentó Emilio, que en su mundo de origen había visto varios acervos inservibles en el museo― Se dice que pueden asesinar a quien sea.
Pero en un inmortal no causan más que la usual muerte temporal ―aclaré―. Además, muchos objetos pueden arrancar la vida. Una buena parte de ellos puede hacerlo con un contacto mínimo, pero sólo un Acervo la almacena en lugar de... lo que sea que pase al morir.
¿La persona sigue ahí... dentro del... arma? ―preguntó mi prima.
No la persona, no su naturaleza sólo... su energía de vida.
De inmediato, Sou recordó un videojuego con el cual relacionar lo que yo había dicho, y lo comprendió perfectamente.


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