domingo, 15 de septiembre de 2013

|Equilibrio| 10 - Destino

¡Tres elementos de La Sociedad, bien preparados y supuestamente muy capaces!
En fin, ¿quién era yo para criticarlos? No fui capaz de decirles el punto exacto en que estaba la brújula, después de todo.
Con dos brújulas nuevas en manos de los inquisidores, yo estaba muy malhumorado cuando llegó la hora de colaborar con el que Gretze consideraba su destino.
Gretze. Debería dejar que ustedes sepan quién es antes de comentar que ella fue la segunda en recomendarme que me resignara a ser asesinado por un sujeto que no tenía razones para matarme. Oh, bien; ya es tarde. Pero aún así voy a contarles sobre ella.
Nació en Lien; eso significa que es una creyente de la Naturaleza como divinidad, que desperdició siempre su capacidad de modificar el entorno con su voz y que alguna vez vivió en preciosa libertad.
Ella veía el futuro de una forma muy similar a la mía, pero lo manejaba muy distinto. Quizá fue por nuestras naturalezas, o por lo que creíamos... O simplemente las circunstancias fueron distintas, después de todo, la primera vez que yo vi el futuro, también creí que no podía evitarlo. De no ser por una casualidad, quizá yo habría acabado como esta mujer a quien lo primero que se le ocurrió es que cada criatura viva debe respetar el curso de los eventos. Siendo una chiquilla de unos 10 años, renunció a la libertad de ser una hija de la Naturaleza como cualquier otra para convertirse en una esclava del futuro probable. Si “se enteraba” de que su mejor amiga se casaría con el hombre que ella amaba, los presentaba en el momento y lugar que ya estaba predeterminado. Realmente ocurrió así, no lo estoy inventando. Le rompió el corazón a Gretze, pero “era el destino”.
¡Lo siento tanto por ella! La gente de Lien tiende a subutilizar sus habilidades, pero ella llevó esa costumbre al límite.
Era el tipo de persona que podía aceptar de buena gana ser asesinada durante la cacería de adivinos, si ese era el destino.
Según supo, la visita de Eckard sucedería en el Décimo Templo. Era el edificio más viejo y alto de su región, preservado como el monumento de los primeros extranjeros que en su momento habían sido privilegiados en Lien porque se presentaron como emisarios de la diosa Naturaleza. No merecían menos que un edificio enorme, con una vista preciosa, los mejores materiales posibles, una estructura que aprovechaba el clima para dar la mejor temperatura posible todo el año, y más habitaciones de las necesarias.
Al darse cuenta de que un desconocido intentaría asesinarla ahí, ¿que hizo la señora? Exacto: agarró su bolso y visitó el edificio sin motivo alguno.
Esperó a Eckard unos cinco minutos. Y cuando lo vio aparecer frente a ella, retrocedió los cuatro pasos predestinados y le dijo lo que sabía que le diría:

¿Qué hice para merecer morir?
El cazador de adivinos contestó lo que ella esperaba:
Ustedes perturban el equilibrio con sus intervenciones, alterando lo que debería ser.
Yo no he hecho nada de eso.
Todos los adivinos lo hacen.
Los otros adivinos ven muchos futuros. Yo veo el destino. Ellos tienen la posibilidad de elegir uno, o evitarlos todos. Ni tú ni yo podemos saber lo duro que es tomar esas decisiones...
¿Dices que tú no tomas esas decisiones? ―interrumpió él, tal como ella había previsto.
No puedo hacerlo. Yo veo el destino. El futuro inevitable. Si intentara cambiarlo, no podría. Por eso te pregunté que hice yo para merecer morir.
Si realmente no rompieras el equilibrio, no me habría traído la brújula.
Sólo respondió a tu deseo: querías asesinar a una adivina.
El ignoró aquella respuesta y continuó:
Si no puedes cambiar el futuro, no vas a evitar que te mate.
Te equivocas. El futuro que no puedo cambiar, dice que viviré.
Eso es muy cómodo, ¿no te parece?
Sí. Este destino me gusta mucho más que el anterior. Fue un gusto conocerte, mentor. Que descanses.
Acto seguido, y habiendo dicho lo que le correspondía, corrió. Eckard (quien no era mentor de nadie hasta donde él o yo sabíamos) intentó seguirla a través de aquel corredor desconocido que seguía una trayectoria curva cada vez más cerrada hasta acabar en un balcón cuyas rejas no serían reparadas hasta el lunes. Seguro que ahora saben a donde va esto. O más bien, hacia dónde iba Gretze. Le tenía un poco de miedo a las alturas, pero era el destino que tomara esa ruta. Con el impulso de una carrera de varios metros en la que había ido perdiendo terreno frente a un perseguidor más rápido que ella, era imposible que se detuviera aunque lo hubiera intentado.
Y ahí es donde mi presencia era necesaria. Cuando extendí mi brazo derecho y usé el otro para sujetarme de lo poco que quedaba de la reja, no sabía que estaría cerca de dislocarme el brazo. Al sujetarse, Gretze giró hacia mí, su talón izquierdo y su pierna derecha estuvieron en el aire un momento, justo cuando Eckard le daba alcance y se percataba del error que había cometido. Él iba más rápido que ella y desconocía el lugar: no se detuvo a tiempo. Tampoco encontró nada a que aferrarse, y así se cumplió su destino para ese día.
La brújula que lo había llevado a Gretze hizo lo mismo que los huesos del inmortal: fraccionarse. Así, el portador fue a casa, donde probablemente su hermana se sintió muy mal por él; seguro eso fue lo que la retrasó para ir en busca de su propia presa.
Como fuera, yo acabé en un balcón en Lien, acompañado por una adivina que veía un futuro único e inmutable. ¡Vaya posición incómoda!
Gracias, cariño.
De nada, señora.
Antes de que vayas con la telequinética, debo decirte algo.
¿Sobre qué?
Sobre esa pelea con el criminal que ha estado...
No estaré ahí.
Sí, estarás ―insistió ella, con esa paciencia irritante que caracteriza a toda su civilización―. Y sí morirás. Pero...
No lo haré. ¿Por qué lo haría? ―diferí― ¡Y no me diga que es el destino! Borrar futuros es mil veces más fácil que crearlos. Lo hago hasta sin querer.
Pequeño, mi habilidad no es como la tuya.
Si es un futuro inevitable ―la desafié―, ¿porque necesitas convencerme?
Ella sonrió amablemente y respondió:
A veces, la parte en la que alguien convence a otro, es parte del destino. Pero no es mi parte convencerte, tú lo decidirás. Yo sólo debo decirte que no tengas miedo, y sobre todo, que vale la pena.
¿Morir? ―no pude evitar encontrarlo divertido― ¿Cómo no voy a tener miedo de morir? A ver, si no hay nada que temer, ¿por qué usted no se quedó allá con Eckard?
Ella rió cuando yo intentaba no reírme.
Nadie dijo que yo no tenga miedo de morir, cariño. Pero, aún así, sólo corrí hasta acá porque ese era el...
¿...destino? ―al final, me reí.
La gente suele tomar muy mal que se rían de sus creencias. Pero ella “estaba en paz con su destino” así que no le molestaba para nada.
Recuerda: vale la pena. No hay nada que lamentar, nada que temer ―repentinamente sujetó mi mano derecha y besó mi muñeca―. Sé fuerte, cariño.
Yo no tenía idea de que significaba ese gesto, y al intentar saberlo, hice la pregunta equivocada: no había tradición y aquello no era un signo, así que no tuve respuesta alguna. Con el tiempo, yo acabaría por darme cuenta de que había sido un impulso personal motivado por algo que ella sabía. Algo que me hubiera servido conocer de antemano pero al parecer no era “el destino” que me diera cuenta a tiempo, porque a la muy grosera no se le ocurrió comentarme nada.
Bueno, eso es todo ―se despidió con tristeza―. No te veré de nuevo.
Acabas de decir que no hay nada que lamentar, pero suenas...
Lo sé. Soy una tonta. Es sólo que es triste ver sufrir a la gente, aunque sea la mejor opción.
Y cuando dijo “adiós”, desapareció.
Yo no podía convertir en una orden de viaje cualquier palabra que usara, así que tuve que elegir una de las que había aprendido exclusivamente para eso.
Cuando llegué a mi destino me di cuenta de dos cosas: que había ido a casa de Soham sin pensar en ello, y que ella estaba enojada con su... videojuego de turno.
¡... te mueras de una buena vez! ―gritaba, desde su cómodo sitio en el suelo frente al sofá principal de su sala.
Yo hubiera jurado que estabas jugando eso de las familias felices que...
Sí, éste es ―respondió, sin apartar la vista de la pantalla aunque no hubiera afectado en nada que lo hiciera.
¿Y entonces a quién estás matando?
Al tatarabuelo. Pero parece que todos los que dejan buena herencia viven ocho generaciones. Conseguí enfermarlo pero no se muere, ¡y no te atrevas a decirme cómo!
Está bien.
Me senté en el sillón que estaba a su derecha y me dediqué a buscar riesgos en mi próxima movida, si se le podía llamar de esa manera. Cuando logró la dichosa herencia, mi prima me dirigió la palabra de nuevo.
¿En que andas?, ¿sólo de visita?
Con mi hermana y Emilio en clases, tú eres la persona más confiable, supongo.
¿Confiable? ¿Pasa algo malo?
La temporada de caza inició. Supongo que después de la última paliza me preocupa un poco. ¡Tú no te preocupes! Lo tengo bajo control, pero no me siento precisamente relajado.
Bueno... van a intentar matarte, lo raro sería que estés relajado ―comentó ella sin darle mucho más importancia a mis palabras que a su videojuego.
Al igual que Emilio, ella confiaba en mi juicio así que no le aterraba la situación. Tampoco la tenía sin cuidado, pero esperaba “mi señal” para hacer algo, en lugar de correr en círculos como T había estado a punto de actuar hacía no mucho.
¡Espera un momento! ―me tomó por sorpresa su repentino júbilo, incluso había puesto en pausa su jueguito― ¡Si estás trabajando con gente de la sociedad! Les dices que hacer y a donde ir, ¿no?
No entendí la naturaleza de sus palabras, pero respondí.
Sí.
¿Y vienes conmigo?
Estaba halagada por ello. Nunca se me había ocurrido que eso le parecería tan emocionante. Pero tenía sentido su razonamiento. Sólo que a ella le faltaba información.
Bueno, no es que tengas que patear a nadie. En este momento, sería mucho riesgo para ti. Pero yo sé de lo que eres capaz, y darías más por mi vida que ellos, así que para darme una sensación de seguridad, eras mejor opción.
Ella sonrió.
Qué lindo. Pero solo puedo hacer que las cosas se muevan sin tocarlas... y he mejorado mi puntería últimamente, pero sólo en los videojuegos.
Oh, pero mira, que humilde mi primita.
A tu alrededor no caben más egos.
Bromeamos por un rato, pero llegó el momento que me había mantenido preocupado, y para ese momento tenía que estar en un sitio con pocas variables.
¿Vas a... estar bien? ―quiso saber Sou, cuando anuncié que me iba.
Sí ―respondí, convencido.


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