lunes, 30 de septiembre de 2013

|Equilibrio| 12 - Cada segundo cuenta

Tal como esperaba, Eckard utilizó una de las brújulas que había traído su hermano. Su deseo era eliminar a uno de los individuos que habían vuelto de la muerte. No viajó una vez sino dos, tan rápido que se mareó.
El primer salto causó un poco de caos en La Tierra, pues las alarmas de la bóveda de un banco famoso se activaron por su breve presencia. El segundo le dejó en un campamento abandonado en las Cuevas de Luz.
Cuando se sintió menos aturdido, revisó el lugar y trató de emplear la brújula para perseguir a quien fuera que lo había evadido. El mundo al que llegó esta vez era árido y no había rastros de ninguna vida por ahí.
Convencido de que algo había fallado, intentó concentrarse en un nuevo objetivo, está vez un adivino, pero eso era una actividad inútil porque la brújula ya había determinado un blanco y no sería Eckard quien lo cambiara, porque era incapaz de ceder. Confundido y frustrado, descubrió que estaba perdido. No conocía el sitio y no sabía como volver a casa.

Utilizó la brújula intentando volver o ir tras cualquiera de los objetivos. A pesar de todo, su determinación no cambiaba ni un poco, y la brújula no lo llevó a ningún sitio.
En cuanto a su hermano mayor, tuvo una mañana aún más desagradable. Se lo buscó por no planificar, en mi opinión. Se fue como siempre lo hacían ellos: sin saber hacia donde. Y Miríava lo estaba esperando.
Sí, tienen razón. No la había mencionado.
No es que sea fácil de describir, tampoco. Dejémoslo en que como adivina no era muy constante, pero cuando veía venir algo realmente lo veía. El lugar, las personas, las posibilidades, incluso cronometraba las acciones mejor que yo. No se trataba de ver que ocurría después de qué (en cierto modo ese era mi método), más bien sabía en que instante ocurriría cada cosa. Hacía cálculos con las velocidades de cada involucrado y todas las variables físicas posibles, para saber que actitud la pondría en la mejor situación. El problema era que se trataba sólo de un fragmento, le faltaba la intuición y el sentido común para sacar conclusiones posteriores o previas. En eso último, ella era como la mayoría; pero la diferencia más importante siempre ha sido la reacción ante los detalles de lo que no ha ocurrido, y en ese aspecto ella pertenecía a la misma minoría que yo: descubrir, calcular, aprovechar. Les sorprendería cuantos adivinos pierden el control de sus vidas, temporal o permanentemente, debido a su habilidad. Ella no era de esos, un lapso de futuro descubierto temprano, sólo era información útil para ella.
Además de adivina, Miríava era una maestra de la espada yaey. Teniendo la información adecuada, podía vencer a cualquier oponente; y en este caso conocía cada detalle antes de que Dak llegará.
Fue cuestión de segundos: después de recibir la segunda herida profunda, y sin encontrar un instante para concentrarse en matar a la mujer, Dak decidió que no quería meterse con ella. Lo decidió en algún sitio de su alma lo bastante profundo para que la brújula entendiera.
Consciente de que el agresor desconocido iba a desaparecer en el segundo siguiente, la adivina detuvo el inmisericorde ataque y, por fin, se relajó. No era fácil moverse más rápido que el pensamiento de un mago, así que estaba cansada.
Mientras ella se dejaba caer en una especie de sillón que ni ustedes ni Álvaro encontrarían cómodo, en el Décimo Primer mundo Rackel descubría, horrorizada, que su hermano sangraba abundantemente. Eso iba a recordarle su deber, y se me acabaría el buen día tan pronto como Dak recibiera los primeros auxilios que Rackel había tenido que aprender a las malas debido a que en su situación de delincuentes, no podían ir a buscar un médico. No confiar en la buena voluntad de nadie los había mantenido con vida en un mundo donde todo era blanco y negro.
Ella había estado esperando nuestro próximo encuentro con los mismos ánimos que yo: tenía miedo de que todo fuera igual o peor, y sin embargo deseaba que fuera pronto para salir de la duda. La diferencia era que yo sabía como sería, y ella había estado toda la mañana luchando contra su ansiedad para tratar de hacer sus cábalas antes de volver a usar la brújula.
Ahora bien, ¿que seguía? No podía darme el lujo de distraerme, cuando mi precisión estaba tan reducida.
Dak pensaba volver contra Miríava, la elegiría a ella y no al primer adivino que la brújula encontrara. Pero eso sería cuando se hubiera preparado un poco. ¡Así que aprendía! Mal para nosotros.
Eckard, por su parte, pronto se aburriría de intentar perseguir al viento y se quedaría quieto el tiempo suficiente para que la propia naturaleza de la brújula lo devolviera a “casa”. Luego, empecinado con cumplir su parte, usaría la otra brújula que había obtenido Dak. El objetivo sería un tipo tan hundido en su miseria como lo había estado Hayden, y su decisión era no hacer nada. Por más tentado que estuviera a dejarlo suicidarse si tanto lo deseaba, supe que debía intervenir cuando me informé sobre sus motivos.
Yo podía hacerle una visita antes de hacer las presentaciones entre Rackel y mi hermanita mayor, así que en cuestión de una palabra “mágica”, me vi en una casa descuidada y fría que alguna vez había sido el hogar de un niño adivino y su amada familia.
Había demasiados muebles, cubiertos en su mayoría por el polvo y puestos en cualquier sitio como si aquello fuera una bodega. La única señal de habitantes era el plato de la cena, donde el pequeño cuchillo permanecía clavado en la pieza de carne grasosa a medio cortar.
¿Oseve? ―llamé.
Lo vi cuando se levantó de una especie de hamaca fijada precariamente por varios lazos gruesos e inflexibles atados a un pie. El niño que había sido feliz ahí, se había convertido en un hombre amargado por la ausencia de todo.
Sí ―al fijarse en mí, se mostró decepcionado―. ¿Quién eres tú?
Ángel.
¿Qué buscas? Como sea aquí ya no hay nada.
Quiero que enfrentes a Eckard.
Me miró sin comprender, y sin interés en hacerlo.
Es el tipo que vendrá a intentar matarte ―expliqué, al recordar que él no sabía como se llamaba―. No deberías dejarlo.
Soy un fracaso y no tengo razones para vivir. Es normal que no lo comprendas, pero...
Es verdad. Sé lo que dicen pero no tiene sentido para mí. Si estás vivo puedes hacer algo con tu vida. Siendo tan miserable, ¿qué es lo peor que puede pasar si buscas algo que te llene? Pero sí entiendo lo de tus fracasos. Haces bien en admitir que, como adivino, eres un asco.
Sabes mucho sobre mí, ¿verdad?
Sí.
Entonces sabes que no cambiaré mi parecer. La oportunidad de que todo esto se termine por fin...
Sé donde está tu hermana ―mentí.
Sus ojos brillaron y en toda su expresión y postura lo vi convertirse en otra persona. Se acercó a mí, lleno de una esperanza renovada.
Y no te lo diré ―agregué.
¿Qué? ―escupió.
Estaba tan confundido que le tomó un instante reaccionar. Cuando lo hizo, aún había desconcierto en su expresión, pero también lucía muy amenazante. Me empujó con una sola mano, justo en el centro del pecho. Retrocedí un paso y caí mientras él volvía a acercarse.
¡Basta! Lo último que necesito es más gente intentando matarme ―grité, mientras él me levantaba sujetándome por la nuca.
Era cierto que resultaba una molestia. Aunque sabía que saldría de esta sin un rasguño, igual me causaba aprensión la violencia física. Esto era necesario, pero no por eso se me hacía fácil aceptarlo.
¡Pues habla!
No podrás sacarla de ahí. Y yo no voy a decirte a donde ir la próxima vez. Ni la siguiente.
¿Entonces qué indvanio te trajo aquí? ―su voz se tiñó de desesperación― ¿Qué quieres de mí?
Nada. Hay otra manera de buscarla ―de vuelta a la esperanza. Se suponía que todas esas emociones le volverían eficiente cuando fuera el momento―. El tipo que vendrá a matarte tiene un artefacto pequeño, con forma de luna creciente. Parece estar disolviéndose de algún modo...
La vi.
Te llevará justo con tu hermana todas las veces que sea necesario. Con sólo que lo quieras.
Supuse que podía contar con su capacidad y me marché con un sólo hechizo. Tenía prisa. No correría el riesgo de volver a quedarme frío ante Rackel. Encontré a mi hermana justo a tiempo para explicarle que debía hacer de escudo humano.
Entonces... ―inquirió ella, mientras yo cerraba la puerta de aquel salón en el que Tanya tendría clases en minutos― ¿tienes instrucciones específicas?
No. Sólo rómpele la cara ―lo hacía haría sin necesidad de que yo le dijera como.
Antes de que llegará la pobre chica, puse la distancia de mis brazos entre mi hermana y yo.
¡Ah, sí! ―al final si había una instrucción―. Debo recordarte que estaré justo frente a ella.
En efecto, Rackel apareció entre los dos. Creyó estar sola con su presa, lo cuál representaba una ventaja para mi hermana.
Esta vez evadió mis ojos, podría decirse que mi rostro por completo, y atacó de inmediato. El acervo se convirtió en una larga y delgada secuencia de eslabones plateados, que ella se dispuso a poner alrededor de mi cuello aprovechando la distancia.
Mi hermana pudo retroceder un poco y romperle la columna de una patada, pero no se arriesgó a ello conmigo tan cerca de la chica. Así que para empezar la golpeó con su codo en la parte derecha del cuello.
La sorpresa y el dolor repentino hicieron que Rackel soltara su letal instrumento y cayera sobre sus rodillas, jadeando. Recuperó la compostura casi de inmediato, pero no el acervo, que yacía inerte a su derecha. Antes de que lo levantara, mi hermana la pateó y se vio tendida en el suelo, asustada y lagrimeante. Yo tuve que apartar la vista, porque estaba entrándome pesar.
Cuando T se disponía a noquearla, sin importar que mis ojos estuvieran fijos en la vista del campus a través de la ventana de aquel tercer piso, yo no pude evitar emitir un sonido de disgusto, una especie de queja mal disimulada.
¿Ángel?
Eso no estaba en mi recuerdo de esta situación. Mientras le devolvía la mirada a mi hermana, supe las consecuencias de aquel insignificante cambio. También eran evidentes, porque en el instante en que T y yo nos miramos, Rackel ya estaba sujetando la cadena que había perdido un momento antes.
No podía advertírselo a tiempo. Así que use una palabra de D'hale para hacer una de las cosas que mejor se me daban: huir.
¿Qué... pasó? ―preguntó Tanya, disgustada por que la victoria se le había escapado de las manos, y confundida por el cambio de escenario.
Estábamos en la reluciente cocina de mi casa: mi sitio seguro en La Tierra.
Así no lo había visto. Yo te distraje. ¡No debía distraerte!
Empecé a rezongar más para mí que para ella, hasta que me sujetó por los hombros y me miró fijamente para decir:
Espera un segundo.
Esperé. En mi silencio ella continuó hablando.
Entonces, a ver si lo entendí: viste el futuro, era bueno, y de pronto cuando ya estaba ocurriendo, ¿improvisaste?
Sí.
¿Alguna vez habías hecho algo así?
Jamás ―ni antes ni “después”, según recordaba.
Me soltó y empezó a caminar por la cocina sin seguir patrón alguno. Yo me senté ante el desayunador y, como ella, intenté razonar lo que había pasado.
Supongo ―ella rompió el silencio en poco más de un minuto― que eres capaz de sorprenderte a ti mismo.
No ―rebatí, convencido.
Cierto que yo podía recibir sorpresas sobre muchas cosas, no sólo causadas por arranques míos, sino por cualquier conducta ajena, incluso las habituales. Simplemente no podía prestar atención a todo el futuro, así que me conformaba con un panorama general y datos específicos sólo de las cuestiones delicadas. Esta era una cuestión delicada. Yo había visto muchos detalles sobre ella, pero no sabía que Rackel iba a asustarse, ni que yo sentiría pena por ella ni.... lo que había pasado.
¡Pero que rayos me pasa! ―estaba furioso por esa nueva ineptitud mía.
Ángel...
¿QUÉ?
Descubrí, sorprendido, que acababa de gritarle a mi hermana. Como si fuera su culpa que yo estuviera equivocándome tanto.
Estás asustado.
¡Vaya una novedad!
Sin embargo, yo esperaba ocultárselo a ella.
Ángel ―continuó― ¿alguna vez has visto un futuro en el que te asustes así?
Claro. Es sólo que no me quedo ahí, así que nunca veo a donde lleva eso.
Salvo por el increíble sacrificio de enfrentar cara a cara a Gerusa, yo evadía las situaciones dolorosas. No tenía que ver detalles de eventos que no me permitiría sufrir, así que rara vez había visto un futuro en el que yo tuviera que manejarme a pesar del miedo o del dolor.
Quizá... no tienes práctica en eso de predecir situaciones que te molestan.
Era posible.
Pero en ese momento no estaba asustado.
¿En ese momento en particular? Es decir...
Bueno, eres mi hermana, y pasarás estos días haciendo de guardaespaldas, así que supongo que debo decírtelo: toda esta situación me asusta. Bastante, parece.
Ángel, no suenes tan avergonzado ―su comentario fue tan acertado que no me sorprendió ni un poco―. Esa loca pretende matarte, es lo más lógico que te asustes. A mí también me asusta. Sólo que tendrás que aceptar ese miedo y manejarlo.
Lo sé.
Se sentó a mi lado y me dedicó una mirada de apoyo.
Hay algo más ―me dijo.
¿Si?
No dejaré que te mate. Ni ella ni sus chiflados hermanos.
Sonreí. Todos estos años sin necesitarlo, y ella aún recordaba como hacerme sentir mejor.
¿Puedo preguntar por qué te quejaste? ―agregó después de un momento.
Ya sabes, por mi repentino... ―¡ah!, ella no hablaba de ese momento, sino del punto en el que la había distraído. Corregí mi respuesta―. No. Es que.... pues... Que tú... Parecía tan injusto, que me... ―además de que yo mismo no lo comprendía del todo, era un poco vergonzoso― Creo que me pareció incorrecto.
¿Qué cosa? ―su pregunta era sincera.
Que golpearas a una chica que estaba vencida y llorando.
Mi hermana rompió en carcajadas.
¡La chica vencida iba a matarte! ―logró decir, entre risas.
Ya lo sé ―admití con tono lúgubre―. No te burles.

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