jueves, 29 de agosto de 2013

|Equilibrio| 8 - Ese futuro llamado "Muerte" (parte II)


Ahí estaba Ameriev, esperando a que vinieran a matarlo, y contándole a Áled de que se iba a morir.
Ahora veo porque no le gustas a Ángel y a Gerusa.
Uhm... No. Ángel es el único que entiende. Sabe que debemos conocerlos para elegir. El busca una vida perfecta, yo busco una muerte perfecta; pero a la larga es lo mismo. Pobrecito, tiene el terrible problema de no saber distinguir lo que si pasará de lo que no. Arrastra culpas, rencores y traumas de lo que no pasó.
Cierto.
Se ve que te cae mejor que tú a él.
No es eso. Tiene miedo de mí.
Cierto.
¿Ah sí?
Porque voy a matarlo.
Error. Me asustaba porque me hacía torpe. Donde él estaba, yo me equivocaba sin motivo. Veía un futuro y ocurría otro. O, peor todavía, descubría miles de futuros y no tenía idea de que los definía: entre más intentaba entender, más futuros aparecían. Un segundo con Ameriev era como enloquecer.
Pero... ―Áled estaba confundido con la noticia de que aquel niño acabaría con mi vida― si te agrada...
No importa lo mucho que lo intente, cada vez que lo conozco, acabo por matarlo. Un día, una semana, veinte años después; pero lo mato. Por accidente, por que no tengo opción... A veces él es el que se equivoca, pero el caso es que acaba muerto. Incluso hay algunos casos en los que me pide que lo haga, pero si quieres saber de eso pregúntale a él, yo sé cuales son pero no como van a ocurrir. No es asunto mío.
¡Pero eres tú quien lo mata!
No siempre. Sólo si lo conozco.
¡Ah! Eso dijo él, que no iba a conocerte si podía evitarlo.
Hay una sola manera de evitarlo. Me parece que es posible que yo tenga lo que quiero aunque lo conozca, pero mis mejores posibilidades están en no hacerlo. Así que debo pedirte que le digas.
Yo le digo, ¿que tiene que hacer?
No lo parece ―advirtió el adivino de “finales”―, pero es lo mejor para todos. Ustedes lograrán su propósito, yo lograré el mío. Incluso es la mejor opción para los asesinos. Pero requiere sacrificio.
Supongo que no hay una opción sin sacrificios, pero... me suena muy raro que haya una sola posibilidad...
Hay muchas otras formas de que esto termine, pero no me las preguntes a mí, recuerda que yo sólo veo la muerte ―en efecto se había esforzado mucho para ver sus propios finales con tanta claridad que había visto toda su vida―. Sé de las muertes que pueden poner fin a la cacería, nada más.
Dímelas.
Rubén mata a Rackel; esas son treinta y cinco. La hermana de Ángel mata a Rackel; esas son tres. Ángel mata a Dak; esa es una. Emnaid mata a Dak; dos...
¿Quién es Emnaid?
Quizá todavía no lo conoces... es el alma gemela de la hermana de Ángel. También lo llaman Emilio, creo.
Sí, aún no lo conozco. Anda, cuéntame otro final, antes de que llegue el asesino.
Tenemos tiempo. Hay dos en las que a Rackel la mata el adivino al que va a buscar, pero no cuentes con eso. Y mi favorita, la que me parece más apropiada, es en la que Ángel enfrenta a Rubén.
Ehm... Dijiste que sólo veías muertes. Además, ¿qué gran diferencia implica eso...?
Es que Ángel morirá en esa pelea. ¿Qué esperabas, que ganara?
Y se le hacía tan chistoso al muy maldito. ¡A pesar de que era más incompetente que yo en lo referente a combate!
¿Cómo puede eso ser la mejor opción? Intentamos detener a los asesinos, no colaborar con ellos.
Ameriev encontró muy divertida esa respuesta. Echó a reír como el niño que aún era. Yo, que nunca había visto reír a Ameriev en la realidad en que lo conocí iba a conocerlo, sabía interpretar esa risa. Porque conocía ese sentimiento: la satisfacción de saber algo que los otros no.
Claro, Ameriev lo tenía todo bien planeado, pero NO gracias. Yo era muy joven para morir por el bien común. Mejor soportaba uno de los numerosos accidentes y equivocaciones que me esperaban si tropezaba con aquel crío más adelante. Si se preguntan porque alguien como yo elegiría una muerte ridícula en lugar de una muerte heroica, es porque no me conocen. ¿Dónde estaban cuando Ameriev dijo que lo que yo buscaba era una vida – no una muerte – perfecta? Y si el pensaba que yo tomaría el consejo de quien tenía altas probabilidades de matarme, estaba muy equivocado.
Así pues, mientras yo me burlaba de las esperanzas que aquel pequeño tuviera sobre mi muerte, Áled y él seguían hablando sobre finales. Donde Gerusa y muchos otros habían tenido miedo, Áled estaba simplemente impresionado. Le gustaba ver a un niño tan pequeño determinado a obtener el final perfecto.
La platica terminó repentinamente, cuando Ameriev dio dos pasos a la izquierda para quedar oculto tras una roca en la entrada de un pequeño laberinto para los niños. Ese movimiento dejó a Áled justo a la derecha de un individuo que acababa de llegar. Sí, ustedes saben quién era y cómo llegó.
Él sabía que la brújula lo pondría frente a la persona que debía matar. Y ahí solo estaba Áled: un inventor que contra la lógica y sus instintos no atacó directamente al otro, sino que intentó dar la vuelta hacia su derecha y regresar. Con eso consiguió “no estar ahí” cuando el inmortal lanzó un golpe que hubiera sido muy efectivo y sólo le hubiera costado un poco de su sangre tan fácil de reponer.
En lugar de eso, Eckard estaba a dos pasos de un tipo entrenado para combatir y especializado en hacer el arma correcta para cada situación. Ni siquiera supo de donde habían salido los ocho dardos que alcanzaron su pecho y su cuello. Yo tampoco lo sé, a decir verdad; parece que los inventores tampoco. Áled es uno de esos que no necesita sostener algún material antes de crear algún objeto, aunque esa materia debe venir de alguna parte, no se ha descubierto de dónde. Las teorías más creíbles hablan de energía, o compuestos químicos imperceptibles para los sentidos humanos.
Como sea, Áled se inventó esos ocho dardos con tanto veneno que hubiera bastado uno para matar a un gigante, pero tratándose de inmortales es mejor exagerar. Usualmente un inmortal descarta el veneno antes de que le cause verdadero daño, pero Áled había cubierto eso. Después de todo, lo había hecho antes. Este veneno actuaba de tal forma que el propio proceso de regeneración del objetivo se encargaba de distribuirlo más rápido. En dos segundos y medio, antes de que el último dardo tuviera algún efecto, Eckard ya estaba muerto.
El niño al que señalaba la brújula se acercó a Eckard y arrancó el pequeño instrumento de su inerte mano izquierda. De inmediato el hermano menor de Dak desapareció: la brújula ya no le retenía con su objetivo, porque este había cambiado de algún modo.
¿Me la das? ―solicitó Áled, mientras pensaba en lo mal que estaba haber perdido la oportunidad de capturar a uno de los inquisidores.
No ―respondió el niño, con sencillez.
¿Dices que... no? ―le tomó por sorpresa la respuesta.
La necesito.
Acto seguido, el adivino desapareció; Aled había salvado a la víctima, perdido la brújula y dejado escapar al criminal. Eso lo ponía en mejor posición que sus compañeros, pero no lo convertía en un ganador. Más bien se sentía confundido y derrotado. También le preocupaba no tener como volver a Ogha, donde debía reencontrarse con el grupo.
¡Vaya una preocupación tonta! Aunque él suele tener mala suerte con los viajes.
Simplemente le pedí a Iuner que usara su envidiable magia para traer a Áled. Ella, que guardaba la esperanza de que él hubiera tenido éxito, intentó traerlo junto a “sus acompañantes”. Pero Áled llegó sólo al lugar en donde nos reuníamos. La anciana con apariencia adolescente preguntó sin el menor tacto:
¿También perdiste?
Al menos salvé al niño, pero...
¿Y qué tal te pareció? ―preguntó Gerusa, ya con tono de burla.
Es un poco complejo para su edad...
¿No sentiste deseos de dejar que lo mataran? ―sugirió el insensible.
Nunca fue una opción ―respondió Áled, divertido―. Creo que él matón nunca supo que yo no era su objetivo....
Así que podría decirse que el monstruo te embaucó ―adivinó Gerusa, riendo.
Algo... Parece que lo tiene todo planeado.
Sólo sobre sí mismo ―aclaré―. Pero para eso debe afectar a mucha gente. Ya sabes, para garantizar ese final que desea con tantas ganas.
Pero hasta de ti... ―Áled no pudo evitar pensar en el conquistador que había regresado de la muerte― Eh... No querrás saberlo.
No quisiera, pero ya me enteré ―respondí, de mala gana.
Mírale el lado bueno.
¿Cuál? ―me ofendía que él recomendará eso cuando de mi muerte se trataba.
Ninguno de estos tres está en la lista de la gente que podría matarte.
¡Tenía razón! Debía haberlo pensado antes, pero aún era buen momento para considerar aquello como una buena noticia. Ameriev nunca omitía posibilidades; por lo general era incapaz de decirlas todas, pero eso no era problema para mí, ya que simplemente lo sabía porque él lo había descubierto. Siempre y cuando las brújulas no estuvieran interfiriendo con eso, aquella información era correcta.
¿A ustedes como les fue? ―Áled se dirigía a Iuner.
Perdimos y todavía me siento un poco enferma ―se quejó ella, con un tono lastimero que la hacía sonar aún más joven de lo que lucía.

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