jueves, 29 de agosto de 2013

|Equilibrio| 8 - Ese futuro llamado "Muerte" (parte II)


Ahí estaba Ameriev, esperando a que vinieran a matarlo, y contándole a Áled de que se iba a morir.
Ahora veo porque no le gustas a Ángel y a Gerusa.
Uhm... No. Ángel es el único que entiende. Sabe que debemos conocerlos para elegir. El busca una vida perfecta, yo busco una muerte perfecta; pero a la larga es lo mismo. Pobrecito, tiene el terrible problema de no saber distinguir lo que si pasará de lo que no. Arrastra culpas, rencores y traumas de lo que no pasó.
Cierto.
Se ve que te cae mejor que tú a él.
No es eso. Tiene miedo de mí.
Cierto.
¿Ah sí?
Porque voy a matarlo.
Error. Me asustaba porque me hacía torpe. Donde él estaba, yo me equivocaba sin motivo. Veía un futuro y ocurría otro. O, peor todavía, descubría miles de futuros y no tenía idea de que los definía: entre más intentaba entender, más futuros aparecían. Un segundo con Ameriev era como enloquecer.
Pero... ―Áled estaba confundido con la noticia de que aquel niño acabaría con mi vida― si te agrada...
No importa lo mucho que lo intente, cada vez que lo conozco, acabo por matarlo. Un día, una semana, veinte años después; pero lo mato. Por accidente, por que no tengo opción... A veces él es el que se equivoca, pero el caso es que acaba muerto. Incluso hay algunos casos en los que me pide que lo haga, pero si quieres saber de eso pregúntale a él, yo sé cuales son pero no como van a ocurrir. No es asunto mío.
¡Pero eres tú quien lo mata!
No siempre. Sólo si lo conozco.
¡Ah! Eso dijo él, que no iba a conocerte si podía evitarlo.
Hay una sola manera de evitarlo. Me parece que es posible que yo tenga lo que quiero aunque lo conozca, pero mis mejores posibilidades están en no hacerlo. Así que debo pedirte que le digas.
Yo le digo, ¿que tiene que hacer?
No lo parece ―advirtió el adivino de “finales”―, pero es lo mejor para todos. Ustedes lograrán su propósito, yo lograré el mío. Incluso es la mejor opción para los asesinos. Pero requiere sacrificio.
Supongo que no hay una opción sin sacrificios, pero... me suena muy raro que haya una sola posibilidad...
Hay muchas otras formas de que esto termine, pero no me las preguntes a mí, recuerda que yo sólo veo la muerte ―en efecto se había esforzado mucho para ver sus propios finales con tanta claridad que había visto toda su vida―. Sé de las muertes que pueden poner fin a la cacería, nada más.
Dímelas.
Rubén mata a Rackel; esas son treinta y cinco. La hermana de Ángel mata a Rackel; esas son tres. Ángel mata a Dak; esa es una. Emnaid mata a Dak; dos...
¿Quién es Emnaid?
Quizá todavía no lo conoces... es el alma gemela de la hermana de Ángel. También lo llaman Emilio, creo.
Sí, aún no lo conozco. Anda, cuéntame otro final, antes de que llegue el asesino.
Tenemos tiempo. Hay dos en las que a Rackel la mata el adivino al que va a buscar, pero no cuentes con eso. Y mi favorita, la que me parece más apropiada, es en la que Ángel enfrenta a Rubén.
Ehm... Dijiste que sólo veías muertes. Además, ¿qué gran diferencia implica eso...?
Es que Ángel morirá en esa pelea. ¿Qué esperabas, que ganara?
Y se le hacía tan chistoso al muy maldito. ¡A pesar de que era más incompetente que yo en lo referente a combate!
¿Cómo puede eso ser la mejor opción? Intentamos detener a los asesinos, no colaborar con ellos.
Ameriev encontró muy divertida esa respuesta. Echó a reír como el niño que aún era. Yo, que nunca había visto reír a Ameriev en la realidad en que lo conocí iba a conocerlo, sabía interpretar esa risa. Porque conocía ese sentimiento: la satisfacción de saber algo que los otros no.
Claro, Ameriev lo tenía todo bien planeado, pero NO gracias. Yo era muy joven para morir por el bien común. Mejor soportaba uno de los numerosos accidentes y equivocaciones que me esperaban si tropezaba con aquel crío más adelante. Si se preguntan porque alguien como yo elegiría una muerte ridícula en lugar de una muerte heroica, es porque no me conocen. ¿Dónde estaban cuando Ameriev dijo que lo que yo buscaba era una vida – no una muerte – perfecta? Y si el pensaba que yo tomaría el consejo de quien tenía altas probabilidades de matarme, estaba muy equivocado.
Así pues, mientras yo me burlaba de las esperanzas que aquel pequeño tuviera sobre mi muerte, Áled y él seguían hablando sobre finales. Donde Gerusa y muchos otros habían tenido miedo, Áled estaba simplemente impresionado. Le gustaba ver a un niño tan pequeño determinado a obtener el final perfecto.
La platica terminó repentinamente, cuando Ameriev dio dos pasos a la izquierda para quedar oculto tras una roca en la entrada de un pequeño laberinto para los niños. Ese movimiento dejó a Áled justo a la derecha de un individuo que acababa de llegar. Sí, ustedes saben quién era y cómo llegó.
Él sabía que la brújula lo pondría frente a la persona que debía matar. Y ahí solo estaba Áled: un inventor que contra la lógica y sus instintos no atacó directamente al otro, sino que intentó dar la vuelta hacia su derecha y regresar. Con eso consiguió “no estar ahí” cuando el inmortal lanzó un golpe que hubiera sido muy efectivo y sólo le hubiera costado un poco de su sangre tan fácil de reponer.
En lugar de eso, Eckard estaba a dos pasos de un tipo entrenado para combatir y especializado en hacer el arma correcta para cada situación. Ni siquiera supo de donde habían salido los ocho dardos que alcanzaron su pecho y su cuello. Yo tampoco lo sé, a decir verdad; parece que los inventores tampoco. Áled es uno de esos que no necesita sostener algún material antes de crear algún objeto, aunque esa materia debe venir de alguna parte, no se ha descubierto de dónde. Las teorías más creíbles hablan de energía, o compuestos químicos imperceptibles para los sentidos humanos.
Como sea, Áled se inventó esos ocho dardos con tanto veneno que hubiera bastado uno para matar a un gigante, pero tratándose de inmortales es mejor exagerar. Usualmente un inmortal descarta el veneno antes de que le cause verdadero daño, pero Áled había cubierto eso. Después de todo, lo había hecho antes. Este veneno actuaba de tal forma que el propio proceso de regeneración del objetivo se encargaba de distribuirlo más rápido. En dos segundos y medio, antes de que el último dardo tuviera algún efecto, Eckard ya estaba muerto.
El niño al que señalaba la brújula se acercó a Eckard y arrancó el pequeño instrumento de su inerte mano izquierda. De inmediato el hermano menor de Dak desapareció: la brújula ya no le retenía con su objetivo, porque este había cambiado de algún modo.
¿Me la das? ―solicitó Áled, mientras pensaba en lo mal que estaba haber perdido la oportunidad de capturar a uno de los inquisidores.
No ―respondió el niño, con sencillez.
¿Dices que... no? ―le tomó por sorpresa la respuesta.
La necesito.
Acto seguido, el adivino desapareció; Aled había salvado a la víctima, perdido la brújula y dejado escapar al criminal. Eso lo ponía en mejor posición que sus compañeros, pero no lo convertía en un ganador. Más bien se sentía confundido y derrotado. También le preocupaba no tener como volver a Ogha, donde debía reencontrarse con el grupo.
¡Vaya una preocupación tonta! Aunque él suele tener mala suerte con los viajes.
Simplemente le pedí a Iuner que usara su envidiable magia para traer a Áled. Ella, que guardaba la esperanza de que él hubiera tenido éxito, intentó traerlo junto a “sus acompañantes”. Pero Áled llegó sólo al lugar en donde nos reuníamos. La anciana con apariencia adolescente preguntó sin el menor tacto:
¿También perdiste?
Al menos salvé al niño, pero...
¿Y qué tal te pareció? ―preguntó Gerusa, ya con tono de burla.
Es un poco complejo para su edad...
¿No sentiste deseos de dejar que lo mataran? ―sugirió el insensible.
Nunca fue una opción ―respondió Áled, divertido―. Creo que él matón nunca supo que yo no era su objetivo....
Así que podría decirse que el monstruo te embaucó ―adivinó Gerusa, riendo.
Algo... Parece que lo tiene todo planeado.
Sólo sobre sí mismo ―aclaré―. Pero para eso debe afectar a mucha gente. Ya sabes, para garantizar ese final que desea con tantas ganas.
Pero hasta de ti... ―Áled no pudo evitar pensar en el conquistador que había regresado de la muerte― Eh... No querrás saberlo.
No quisiera, pero ya me enteré ―respondí, de mala gana.
Mírale el lado bueno.
¿Cuál? ―me ofendía que él recomendará eso cuando de mi muerte se trataba.
Ninguno de estos tres está en la lista de la gente que podría matarte.
¡Tenía razón! Debía haberlo pensado antes, pero aún era buen momento para considerar aquello como una buena noticia. Ameriev nunca omitía posibilidades; por lo general era incapaz de decirlas todas, pero eso no era problema para mí, ya que simplemente lo sabía porque él lo había descubierto. Siempre y cuando las brújulas no estuvieran interfiriendo con eso, aquella información era correcta.
¿A ustedes como les fue? ―Áled se dirigía a Iuner.
Perdimos y todavía me siento un poco enferma ―se quejó ella, con un tono lastimero que la hacía sonar aún más joven de lo que lucía.

lunes, 26 de agosto de 2013

|Equilibrio| 8 - Ese futuro llamado "Muerte" (parte 1)


Este capítulo es bastante largo. Dejaré una parte ahora y agrego el resto el jueves.
En una ciudad sobrepoblada de un mundo no libre, vivía un hombre alto, musculoso y de andar torpe, que solía contar las mejores bromas de su “barrio”. Se ganaba la vida tirando de la carreta más amplia y cómoda del país. Se divertía en luchas callejeras, donde unas monedas extra no faltaban. Yo hubiera enviado a Álvaro para que se ocupara del asunto, pero estaba haciendo falta en Ogha; sabía que todo iría mal si él no intervenía en eso y su responsabilidad estaba ahí, así que ni siquiera lo dejé buscar la forma de delegar sus responsabilidades. En cambio Rubén insistió en visitar al humilde luchador y cumplir la tarea que Álvaro hubiera ejecutado bien. Le advertí al conquistador que él no tendría tan buenos resultados, pero insistió en no quedarse de brazos cruzados y fue.
Vigiló toda la mañana al tirador de carretas. No había nada interesante que ver, salvo lo fuerte que era el conductor. ¿Y como no, si tenía la genética correcta y no hacía nada más que ejercitar? Como dije, el tipo era una bestia, pero una bastante mansa.
En el camino de ese buen hombre, fue donde la brújula de Rackel decidió poner a mi futura amenaza. Por suerte para ella, usó el instrumento de búsqueda cuando él hombre descansaba; de lo contrario habría sido atropellada primero por el conductor y luego por su carreta.
Bruja ―apuntó la mole de músculos y gentileza, sin demasiada sorpresa de tenerla enfrente.
No, en realidad vine gracias a esta cosa ―la cazadora de adivinos le mostró su brújula desde una distancia segura, mientras escudriñaba en la expresión de aquel desconocido.
En su mirada encontró un dejo de sorpresa y una absoluta complicidad.
Sabía que habían más... Aunque no se parece en nada la mía.
¿No? ―Rackel fingió curiosidad y ocupó su vista en la pieza que sostenía.
Debido a esa reacción, supe un dato inútil sobre la chica: toda expresión, según ella, podía ser fingida, pero la mirada no. Los ojos, tan difíciles de leer e imposibles de controlar, eran lo único confiable. Pero creía poder disimular la verdad en los suyos mirando hacia otra parte: distrayéndolos.
Si yo hubiera sabido controlar mis ojos para engañarla, hubiera sido información importante, pero al parecer ella tenía razón. Esos años de tomar y correr no habían pasado en vano; sabía juzgar a un individuo de su mundo o de otro y así era como planeaba tomar la brújula del gigante sin pelear. Me hacía gracia saber que no evadía la lucha porque él la superaba en fuerza unas ocho veces, si no porque parecía muy buen tipo como para “causar” que peleara con alguien tan pequeña.
Mostró tener mucha curiosidad por las diferencias entre las brújulas y aquello que pudieran tener en común: lo que las hacía funcionar. Incluso lo dejó sostener la de ella un momento; él parecía ser confiable. Lo era, a decir verdad. Una vez satisfecha su propia curiosidad, el conductor entregó el objeto a su propietaria; y se disponía a prestarle la suya (una muy simple, con forma de gota) cuando Rubén decidió que había visto suficiente.
El momento fue oportuno, pero su método resultó lamentable. Agredió a la chica simpática frente a su enorme nuevo amigo, causando que ambas brújulas cayeran al suelo separadas por un par de centímetros, sin rebotar ni emitir sonido alguno.
¿Cómo es que Rubén no adivinó lo que iba a pasar? Más aún, ¿cómo no recordó que le dije que no hiciera eso? Lleva razón ese dicho de que los necios sólo tienen un futuro.
En este caso el de Rubén no fue muy agradable: tras derribar a a la chica con aquella embestida, le toco recibir. Bastó un golpe del conductor para romperle un brazo y hacer que olvidara lo que estaba haciendo ahí. Con unas pocas palabras asociadas con la magia, consiguió poner de rodillas al grandulón, mientras montaba su arcabuz de dimensiones ridículas.
La flecha, que se veía menos enorme una vez que abandonó la pequeña arma, fue interceptada por un lazo brillante y resistente manipulado por Rackel.
La flecha se partió en dos, y la punta se clavó en el techo de la carreta vacía, mientras el resto caía al suelo con un sonido inaudible en el bullicio citadino.
El siguiente blanco del Acervo convertido en cinta fue Rubén, por supuesto. En pleno vuelo su extremo se tornó en una afilada punta que atravesó con facilidad el hombro del conquistador. No lamenté su dolor porque Rubén me cayó mal desde el comienzo, pero intuí que no podía ser bueno para nosotros que el arma sin forma de Rackel hubiera absorbido una vida más.
Debido a las propiedades letales del arma, no necesitaba causar heridas precisas; aunque Rackel podía hacerlo si se concentraba. El conquistador cayó, “muerto” aunque no parecía haber un motivo para ello. El acervo cambió de forma para salir de la herida y se encogió en la muñeca de su propietaria.
Mientras el lugareño daba golpecitos con la punta del pie al temporal cadáver en busca de señales de vida, la huérfana se fue directo a las brújulas y siguiendo un plan elaborado durante el proceso, utilizó la brújula para “volver a casa, sólo por esta vez”. La mitología terranea enseña que sí le pides un deseo a un genio debes tener mucho cuidado con las palabras y las interpretaciones secundarias; pero cuando sujetas una brújula y quieres algo, no hay margen de error.
El viaje se efectuó de inmediato y una vez concluido, la brújula volvió a quedar sin objetivo, esperando una nueva petición.
El hombre que acababa de ser asaltado, ni siquiera supo a donde fue la chica. Seguía buscando su brújula en el suelo cuando Rubén recuperó la vida y se fue a dar un paseo para no venir de inmediato a que yo le dijera “te lo advertí”. No es que yo fuera a hacerlo: el hombre era medio tonto, pero no hacía falta explicarle lo más obvio; podía verlo, sólo que no sabía como usar las verdades sutiles. No pueden todos ser tan fáciles de guiar como mi hermana, supongo.
Que Rubén perdiera el sentido al ser herido por el Acervo, significaba que el efecto disminuido que tenía aquel artefacto en Eckard se debía a la relación con la portadora y no a su inmortalidad. Después de todo, además de ser gemelos, ellos dos eran contrapartes. Una rareza más en la lista. ¿Qué sentido tiene ser contraparte de alguien que no sólo es de tu mundo sino que nació contigo?
Probablemente le servía como un pase libre frente al instrumento letal que utilizaba su hermana; y también implicaba una debilidad: si Rackel moría, Eckard también. Aunque, si uno lo piensa detenidamente, ellos eran tan unidos que era muy probable que él renunciara a su inmortalidad si la perdía a ella.
Rackel, mi temida amenaza, era también el punto débil de los cazadores; siempre y cuando superaramos el hecho de que era bastante letal para su complexión.
Todo eso lo había visto y pensado antes de que ocurriera, desde luego; y apenas si puse atención para verificarlo, pues al mismo tiempo estaba asegurándome que todo fuera de acuerdo al plan en el Tercer Mundo de Grista.
Desde el comienzo hubieron algunas cosas fuera de lugar. Se suponía que la victima estaría descalza, tomando un buen té y concentrada en el futuro cuando llegara el asesino. O estaría sirviendo el té cuando llegaran mis aliados.
En cambio lo que obtuvimos fue un escenario distinto y un orden de eventos un poco raro:
Idelia se ajustó sus botas de suela doble, se sirvió un té de zadao (una fruta importada de propiedades no comprobadas) y se sentó frente a la enorme chimenea que utilizaba para calentar sus prendas en invierno y concentrarse en el futuro siempre que lo viera todo difuso.
Las manos le temblaban, pero no dejó la taza en la mesa pese a que el líquido hirviente caía sobre su ropa de vez en cuando. Se obligó a respirar y ser paciente durante casi dos minutos, antes de que un par de desconocidos aparecieran frente a ella, caminando de tal modo que pareían venir de la chimenea.
¿Dos? ―se alarmó.
Aun ante la sorpresa, mantuvo su plan. Ese que yo hubiera visto si me hubiera puesto a pensar en el presente en lugar de ver sólo hacia adelante.
La pelirroja lanzó el té al rostro de “la chica”, sin saber si era la mejor opción o no. Lo era. A él no lo habría noqueado con los vapores de zadao, en cambió Iuner no tuvo tiempo ni de quejarse antes de caer inconsciente.
¡Hey, que te pasa! ―reclamó Gerusa, al mismo tiempo que sostenía a su compañera para evitar que golpeara contra el suelo de arena.
La tendió como pudo y no llegó a acomodarla muy bien porque la adivina intentó empujarlo hacia la chimenea.
¡Pero que demonios haces! ―insistió él, mientras la sujetaba por la muñeca y le aplicaba una llave para inmovilizarla― ¡Guarda esa energía para el asesino, adivina!
¿Ases... ?
Las miradas de ella y del mencionado asesino se encontraron en ese preciso momento. Ambos corazones se aceleraron, pero el de ella también se inflamó. Y siguió haciéndolo aún después de que el hombre enviado a protegerla se lanzará contra Dak. Este tipo tenía un alto nivel de concentración que había causado que le asesinaran la primera vez. En esta ocasión significó lo contrario.
Antes que rescatar a una adivina, él eficiente y calculador guarda de la paz quería apresar al criminal, y ya tenía todo bajo su control cuando la pelirroja cayó de bruces con el corazón hecho pedazos en un sentido mucho más literal que el que se había aplicado tantas veces a mi temprana juventud.
El supuesto psicópata ya tenía inmovilizado a Dak; éste ni siquiera había forcejeado demasiado, concentrado como estaba en su propia misión.
El logro del asesino era absoluto... aunque representara un porcentaje ridículo de su misión. En cambio el de Gerusa se desvaneció en el preciso instante en el que murió la víctima y la brújula llevó a su propietario al sitio del que había venido.
Una respuesta inmediata que nos sorprendió a los tres. ¿Acaso no había un retraso de varios minutos antes de que la brújula regresara al asesino a casa después de cumplirse el objetivo? La incognita me fastidiaba. Esperaba que Hayden tuviera más respuestas que yo.
Tampoco entendí que había salido tan mal. Nada había pasado como yo esperaba en el Tercer Mundo de Grista. Idelia estaba muerta y Gerusa tuvo que esperar a que su compañera de trabajo despertara para comunicarle que el asesino había escapado. Iuner incluso llegó a llorar: se dejó caer en los brazos de su compañero, para quien no significaba nada aquel cadáver, y lloró tanto por la muerte como por su primer fracaso.
Cuando se hartó de llorar, usó su magia para volver. No le hacía falta nada más que desearlo. Después de los nidauvie, la magia por determinación es la más impresionante, ¿no les parece? A mí en lo personal, me mata de envidia.
Y ya que el tren del pensamiento me lleva a las cuevas de luz, vean las cosas desde donde las vi: si había ido todo tan mal donde el plan era perfecto, ¿qué se podía esperar del joven nidauvie cuya sola presencia me volvía mediocre?
Yo había dejado a Áled en las cuevas de luz no mucho después de que Iuner usara su magia para ir a buscar a la pelirroja, que en paz descanse. Ahí había encontrado a unos niños peleando a la manera poco sutil de las “estrellas” como solía llamárseles antes de que se extendiera el nombre de su cultura.
El niño más grande ahogaba al más pequeño, no con sus manos, sino con esa habilidad que se parece a la magia pero resulta que no lo es. Una habilidad sin nombre, porque para los nidauvie no es nada y los demás le decimos “magia” tarde o temprano. Magia de estrella, eso es lo más cercano a un nombre que puedo encontrar para esa habilidad.
El niño más grande, el que estaba cerca de matar al que no tenía magia para defenderse, había empezado la pelea, pero a estas alturas, ya estaba solamente defendiéndose. Áled tuvo una impresión completamente distinta, pues no sabía lo que había ocurrido un momento antes: Ameriev había empezado a hacer “la lista”. Esa lista que aterrorizaba a todos a su alrededor. Esa lista con la que había hecho llorar a la niña que estaba con ellos, y había causado que los otros corrieran a buscar a sus mamás. Este niño, mayor y más violento, no había querido correr pero también temía escuchar. Y no lo culpo, pues su caso era uno de los más desagradables de oír.
Áled lo regañó al ver lo que hacía y por fortuna para el pequeño, aquel niño que de adulto no prestaría atención a ningún tipo de reclamo aún se impresionaba por la firmeza de sus mayores. Dejó de ahogarlo de inmediato, pero siguió mirándolo con hostilidad.
Al recuperar el aliento, el chico al que Áled debía salvar se dio el lujo de acabar lo que había empezado:
Andar por ahí peleando con todo el mundo es la razón por la que te matan en un noventa y dos por ciento de las veces, ¿sabías? Y son muertes muy feas. Pero ya no voy a describírtelas. Ésta es la última vez que me ves ―comunicó, y sin dar explicaciones, se volvió hacia Áled y le sonrió con afecto; no se sorprendan, los adivinos a menudo sentimos afecto o rabia por gente a la que no hemos visto en el presente―. Ven Áled, te conseguiré un escenario en el que no te mate ese muchacho.
¿Eh?
El pequeño adivino sólo se rió y siguió caminando. Áled lo siguió hasta una especie de parque de roca. Las bancas, los adornos, y cada uno de los pocos juegos, habían sido tallados en piedra. Había muy poco espacio y Áled se preguntó cómo podía ese ser un escenario óptimo. No era una pregunta retórica, era práctica. Todo sitio tiene sus ventajas y Áled sabía que debía diseñarse las armas correctas para el entorno en el que todo pasaría.
Llegará por tu izquierda.
Áled asintió, planeando el movimiento más apropiado.
No hagas lo que quieres hacer.
¿Qué?
El ataque más lógico, no lo hagas. Falla. Si no, lo herirás pero va a sanar, y luego me matará. Me parece que a ambos nos conviene más que yo viva. Ya verás, ese final va a encantarte.
¿... final?
El niño volvió a reír.
Morir antes que yo. Es una casualidad afortunada. Yo sólo quiero acomodar las cosas para mi final perfecto, pero tú saldrás beneficiado también. Pero me caes tan bien que un día te dejaré decirme que final quieres. Lo más probable es que elijas morir en un trabajo... aunque yo no recomiendo ese. Me gusta cuando te suicidas porque es una cosa muy romántica pero....
¿Qué?
... si te matas, tu hija se deprime así que yo te recomendaría la muerte por vejez que es más...
Por favor, detente.
Seguro que la lista le gustó a Áled tanto como a cualquiera. Debo ser la única persona que la conoció completa. Pero no en esta realidad, no. En la otra. El “pequeño monstruo” me había advertido que de alguna forma la versión que yo había descubierto no incluía los finales de las realidades alternas.
Parece que siempre fue capaz de ver esta y que, de algún modo, la posibilidad de que todo esto ocurriera siempre había existido, inaccesible para casi todos. Ameriev era una excepción... casi una Anomalía. Como ya habrán notado, este pequeño no veía fragmentos del futuro sino las posibles muertes de cada persona que conocía. Para no volverse loco con información incalculable, descartaba toda la que no le interesaba. Olvidaba esos finales ajenos y los descubría de nuevo cuando volvía a encontrarse con la persona a la que le correspondían, o cuando hablaban de ella. Pero tenía bien presentes todos sus finales y había estudiado su vida desde cada final que le interesaba hasta el presente, para asegurarse de que ocurriera lo necesario para llegar hasta ahí. Conforme pasaba el tiempo debía elegir uno de esos futuros, y una acción sencilla o compleja lo acercaba a un final y volvía imposible otro.
Sus opciones favoritas, sin embargo, habían sido imposibles en la realidad en que yo lo conocí y estaba un poco amargado. En esta realidad en cambio... ¡El maldito crío le había ayudado a Sofía para que esto se diera! Al parecer quería conocer a Áled. Hubiera buscado su dirección, ¿no? Sólo que... no tenía como. En las Cuevas de Luz el contacto con los extranjeros era mínimo y sólo podían salir como castigo. Y él ni siquiera tenía magia de estrella. Era el único adivino por ahí. Supongo que no se pueden tener ambas cosas.
Así que ahí estaba esperando a que vinieran a matarlo, y contándole a Áled de que se iba a morir.
Ahora veo porque no le gustas a Ángel y a Gerusa.
Uhm... No. Ángel es el único que entiende. Sabe que debemos conocerlos para elegir. El busca una vida perfecta, yo busco una muerte perfecta; pero a la larga es lo mismo. Pobrecito, tiene el terrible problema de no saber distinguir lo que si pasará de lo que no. Arrastra culpas, rencores y traumas de lo que no pasó.
Cierto.
Se ve que te cae mejor que tú a él.
No es eso. Tiene miedo de mí.
Cierto.
¿Ah sí?
Porque voy a matarlo.