lunes, 1 de julio de 2013

|Equilibrio| -- Brújulas


―¿Angelito? ―Soham llegó llamándonos a gritos, acompañada por su mamá― ¿Colocha?

Mi tía quería asegurarse de que todo estuviera en orden: comida en el refrigerador, ventanas cerradas, teléfono funcionando... esos detalles. Era la primera noche que mi hermana y yo nos quedábamos sólos. En parte, tanto mi mamá como mi tía estaban angustiadas. Y esto que todavía no nos habíamos convertido en los invocadores de problemas que podíamos llegar a ser. Aunque yo ya estaba en el camino, ¡y antes de lo esperado!.


Cuando mi tía terminó su inspección y se dispuso a volver a casa, su hija resultó decidida a quedarse con nosotros.

―¡Pero promete que van a dormir temprano y que llegarás a la universidad mañana! ¡No te conociera yo!

Lo prometió, por supuesto. Y yo la dejé hacerlo aunque sabía que no iba cumplir nada. Para empezar, se desveló estudiando con mi hermana. Y cinco horas después de que por fin se quedaron dormidas, yo intenté despertar a mi prima. En su incómoda posición en el sofá, ella me ignoró.

―Largo ―murmuró, más dormida que despierta.

Medidas extremas: un vaso de agua fría en la frente y mi prima se despertó gritando algunas frases incomprensibles.

―Ven, te llevaré a conocer a alguien ―anuncié.

―¿Y eso? ―preguntó.

No le respondí nada. Sólo dije la palabra justa para viajar a un sitio familiar.

―¡No me dejaste ni lavarme la cara, tarado!

―Detalles. Nadie se fija en eso aquí.

Después de todo, en el laboratorio del Noveno Mundo había demasiada actividad. Buscadores de Soluciones que iban de un lado a otro, experimentos que se salían de las manos de algún novato, conejillos de indias (en el sentido literal y en el figurado) que curioseaban por ahí cuando no estaban siendo estudiados...

Era uno de los laboratorios más dinámicos de La Sociedad, y el lugar que yo recordaba como mi hogar. Lo mejor y lo peor de mi vida podía ocurrir ahí. O al menos así era en la realidad que yo había elegido, planeado, por largo tiempo. Ese futuro, que seguía nítido en mi memoria, simplemente ya no existía.

―¿Qué estás pensando? ―quiso saber mi prima.

―No importa ―salí de mi nostalgia y avancé―. Ven.

Estábamos frente al salón en donde encontraría a Qeleb y entramos sin que nadie de fuera se fijara en nosotros. Parecía una sala de estudio vacía: un total de 22 mesas, de distintos materiales y formas, y alrededor de una de ellas se habían reunido tres personas que yo reconocí fácilmente. Al entrar sólo tuvimos la atención de uno de ellos.

―¿Y ustedes? ―preguntó él encargado de la seguridad del área― ¿Cómo entraron?

―Me sé los accesos porque en algún momento van a dármelos.

―¿Adivino? ―supuso la mujer a quien la mayoría llamábamos Sally, sin abandonar el estudio de una sustancia desagradable que corroía la mesa de bronce.

En el presente yo no había tenido el gusto de hablar con ella, pero la recordaba perfectamente de un futuro que ahora era imposible. Poco la sorprendía y sacaba conclusiones con facilidad. Le respondí con una afirmación que supuse le gustaría:

―Adivino, sí. También prospecto de empleado y objeto de estudio.

El tercer individuo sabía algo de eso: él también era un adivino pero no tenía ni la menor idea de lo que hacía, así que Sally se divertía estudiándolo y ayudándole a inventar una forma de sacar provecho a su habilidad.

Qeleb, el de seguridad, me vio con desconfianza. Aceptó estrechar mi mano mientras mi prima se quedaba quieta en la entrada sin saber como comportarse si yo era tan formal.

Una conversación jovial sobre rituales de compromiso llegó desde el pasillo y Sou se apartó de la entrada justo a tiempo. Los dos conversadores entraron felices de la vida. Uno de ellos, el que llevaba el tatuaje del compromiso de su cultura plasmado en todo el rostro, ni se fijó en mi prima pese a que casi tropezó con ella. El otro, en cambio, se quedó mirándola; pero no fue ni por ser terránea ni por estar en el camino. La gente de su mundo simplemente sabe cuando encuentra a su alma gemela. ¿Y ella? No podía notar eso pero bien que le gustaba saberse observada por él. Y estaba enojada conmigo por no haberle dado tiempo de arreglarse.

―¿Se conocen? ―supuso Qeleb, y se equivocaba.

También podía contar como error el haberme quitado los ojos de encima. Tan rápido como pude saqué del bolsillo de su chaqueta dos objetos. Uno de ellos, un sobre, me tenía sin cuidado. El otro, era la brújula que pondría a mi potencial asesina frente a mí; una pieza pequeña, pesada y frágil que se convirtió en cuatro espirales inútiles y livianos cuando la tiré al suelo con todas mis fuerzas. Así que era un objeto muy frágil.

En menos de un segundo, el propietario del artefacto destrozado me derribó y mi prima lo lanzó lejos de mí sin necesidad de tocarlo.

―¡Telequinesis! ―ahora sí teníamos la atención de la científica― ¿Y puedes aplicarla sobre personas?

Ni ella ni el otro adivino parecían preocupados por el enfrentamiento. En cambio los dos jóvenes que habían entrado por último estaban dispuestos a ejecutar la acción más conveniente, aunque no tenían idea de cuál podría ser. Qeleb se puso de pie de inmediato, ahora lo bastante alerta para poder vencer a mi prima en un instante. No es que Soham fuera a atacarlo sólo porque sí. El empujón de cuatro metros había sido más bien instintivo. La pobre estaba pálida y muy confundida.

―¡Calma, calma! ―solicité, intentando levantarme a pesar de que todo mi cuerpo se sentía pesado a causa del ataque mágico con que había acompañado a su fuerza el bueno de Qeleb― Te debo una disculpa, lo sé. Pero es que no sabía como convencerte de que la destruyeras y mi vida dependía de ello. Intenté buscar opciones, pero como no encontré...

―¿Tú vida? ―se alarmó Sou, quien se había acercado para cooperar en mi titánico esfuerzo por ponerme en pie.

―¡Yo necesitaba el localizador para buscar el...! ―argumentó Qeleb.

―No, hombre, no. Para empezar ese cristal que tanto buscas no sirve para nada, y para seguir, la brújula lo repele. Te lleva a donde está y el cristal cambia de lugar. Nunca vas a encontrarlo. Bueno, íbamos a dar con él, pero ¿para qué te ayudo si ya sé que no sirve para nada? Aunque admito que no era lo único para lo que servía ese trasto...

―¡Lo sabía! ―celebró la estudiosa, que había insistido en que esa era la razón de que la búsqueda del cristal fuera infructuosa.

―¿Qué? ―el Buscador de Soluciones me miró con una mezcla de confusión y disgusto: no tenía idea de que yo había visto un par de futuros posibles trabajando con él.

No vi la necesidad de darle explicaciones.

―¡Ángel! ―mi prima exigía una respuesta a sus incógnitas.

―Tranquila. Ya pasó el susto. Bueno, todavía se nos va a venir encima la cacería de adivinos, pero al menos no soy el blanco central ahora que la brújula está rota...

Me quedé frío cuando, a medio discurso, me di cuenta de que habían dieciséis brújulas más.

―¿Angelito?

―¡Dieciséis, maldita sea! ―me quejé, sobresaltando a los presentes y especialmente a mi prima― ¿Y como se supone que encuentre dieciséis si no sabía encontrar una?

Me siento obligado a justificarme sobre lo que ocurrió en ese momento: yo tenía demasiados recuerdos, míos y ajenos, de diferentes puntos temporales. La mayor parte de esos recuerdos eran errados e imposibles y con la prisa por destruir aquel artefacto peligroso, yo seguía sin hacer mis cálculos a largo plazo. Sí, fue un error grandecito, pero no había ninguna consecuencia irreparable todavía.

―¿De qué estas hablando? ―quería saber Sou― ¿De esa cosa que rompiste?

―Sí. Lleva al portador a donde sea que se encuentre su objetivo. Y cuando Dak encuentra a sus hermanos empiezan a buscar adivinos para matar. Pero, ¿¡acaso no hay miles de adivinos...!?

―Yo sólo diría cientos ―me corrigió la científica.

―¡Pues, más que suficiente! ―repliqué― ¿Por qué rayos todos esos aparatitos acaban señalándome a mí?

Era una pregunta retórica y supongo que Sally lo sabía, pero no podía contenerse a la hora de buscar una respuesta.

¡Pero que mala respuesta!

―Quizá para forzarte a ser parte del asunto. Posiblemente necesitas estar involucrado.

No todos los días uno conoce una amante de la ciencia que además sea creyente ciega de cuestiones absurdas. Aunque no es justo llamar ciega a ésta creyente en particular, que aspiraba a entender como funcionaba el “destino” y no se aburría jamás de fracasar en esa búsqueda.

―Pues, no veo para que me hace falta eso ―respondí―. Sally, ¿tú que sabes de las brújulas?

―En las Cuevas de Luz les decimos piezas de búsqueda, localizadores. No le llaman la atención a nadie por ahí, porque los vemos como un medio para obtener lo que se desea.

―Hay leyes contra la ambición allá ―explicó Qeleb, aunque la única que lo tuvo por novedad fue quien sólo tenía raíces en la Tierra: Sou (ese apodo Oghense era idea de mi hermana para involucrarla un poco).

―Son de la primera cultura, y ellos no dejaron instructivos para nada. Como todos sus artefactos, se llevan de encuentro toda lógica ―continuó Sally―. No te sorprendas si no parecen existir en el futuro.

―No, no. Sí las veo. Lo que no sé decir es donde están.

―¿Y como encontraste ésta? ―preguntó Sou.

―¡Sí me costó acordarme! ―le respondí―. El caso es que yo recuerdo parte de mi vida en este laboratorio, y Qeleb ya me la había mostrado.

―¡Años! ―alabó la futura encargada del laboratorio― ¿Y dices que “recuerdas”?

―Después me estudias constantemente Sally, pero antes debo sobrevivir. ¿Tienes idea de como encontrar las brújulas?

―Pregúntale a un perceptivo. Puedo buscar a Yodebian, está aquí al lado.

―No, no está. Pero no hay problema, tengo una mejor idea.

Antes de volver a poner en práctica mis planes apresurados, yo tenía que medir las consecuencias. Para eso era un adivino, ¿cierto?

Me tomó cerca de media hora planificar un mes. Es que “planificar” en ese entorno caótico y desconocido, no era a lo que yo estaba acostumbrado. Los resultados eran mediocres a pesar de que puse en ello toda mi concentración.

Para cuando volví a hacer caso de mi entorno, Sou estaba angustiada y Sally me observaba de cerca con gran curiosidad.

―Tranquila ―el muchacho que había descubierto a su alma gemela en mi prima, estaba intentado animarla, si bien no estaba teniendo éxito―. ¿No hace eso todo el tiempo?

―Nunca lo he visto... quedarse, así.

―Es porque me encerraba cuando lo hacía ―expliqué.

―¿Cuándo podré preguntarte qué hacías? ―inquirió Sally.

―Organizaba el próximo mes. Y usualmente no hay taaaantas opciones. Me espera una pesadilla. En fin, necesito que me hagas un favor: reporta que tres lunáticos del Décimo Primer Mundo están organizando una matanza de adivinos. Estarán en Kren esta tarde, robando el museo.

―¿Ahí donde estaba la flecha? ―comentó mi prima― Para ser que guardan tantas cosas importantes, es una tragedia que sea tan fácil sacarlas.

―Fácil... Yo no lo recuerdo de ese modo. ¡Ah, sí! Tú sólo estuviste cuando fue sencillo.

―Pero claro, Angelito, si yo sólo estuve en lo que sí pasó. No en todas esas innumerables predicciones que nos escondiste ―nunca olvidaba que yo les había ocultado por meses el hecho de que era un adivino, y todo lo que había previsto en ese entonces―. ¿Ya nos vamos?

Eso hicimos.

En casa, mi hermana preparaba su desayuno.

―¿Dónde andaban? ―fue el sustituto de los “buenos días” con el que nos recibió― ¡Ni se me ocurrió que podían volver para tan pronto! Les hubiera cocinado algo... ¿O ya comieron?

―No ―respondió Sou, y en dos segundos estaba al lado de mi hermana con un plato en la mano―. ¡Dame!

―Te digo que no se me ocurrió...

Abandoné la cocina y no hice caso de nada de lo que hacían. Tenía que ir a dos mundos distintos para ser rechazado por dos perceptivos, antes de que mi hermana se convirtiera en mi guardaespaldas. Suponía que nunca da la misma impresión que te traiga una advertencia un muchacho que conoce el futuro, o uno a quien está cuidando su hermana mayor porque no anda muy lejos de ser asesinado. A lo mejor era una suposición errada; nunca me detuve a pensarlo demasiado; tampoco hice muy bien mis planes, al parecer.

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