viernes, 26 de julio de 2013

|Equilibrio| 7 - Directrices


Tal vez lo único que realmente me perturbaba era trabajar con un hombre al que conocía como asesino. Quizá no me gustaba tener que pelear por mi vida sin haber hecho nada para merecerlo. Como fuera, no había de otra, así que puse manos a la obra y comencé a hablarles sobre lo que había hecho Sofía y el efecto que había tenido.
Cuando les expliqué los propósitos de Dak, hice énfasis en las vidas que se perderían si nosotros fallábamos: gente que no había hecho nada malo, gente destinada a hacer algo bueno; adivinos confundidos, adivinos que aún no sabían que lo eran... A Gerusa le irritó un poco la charla sentimental.
Oye, Anjel...
Ángel ―corregí.
Disculpa. Como te decía, quizá esa información que nos das te parece importante, pero ¿no sería mejor que nos digas de una vez la fecha y lugar donde podemos encontrar a este Dak?
ES importante, y yo sé porqué. Déjame poner dos cosas en claro. Primero: yo sé lo que hago y sé a que ritmo debo hacerlo. Segundo: no me gusta que me interrumpan.
¿Que si fui hostil en ese pequeño intercambio de frases? No lo duden. Podía medir mis palabras, pero no modular mi tono de voz. Nada me había puesto de tan mal humor desde los días en los que no toleraba a Emilio. Y esto era peor, por supuesto. Una cosa es la envidia y otra el rencor absoluto.
Además, entre menos explique ahora ―agregué, dirigiéndome al grupo para poder controlar mi voz― menos tendré que repetir.
El comentario les extrañó, porque no faltaba nadie. Al contrario: sobraba Carmen, quien permanecía de pie lejos del grupo, pero muy atenta a la información que yo estaba proporcionando. 
Esperé a que la puerta se abriera.


Señor, lo busca un.... caballero ―informó un joven de apariencia extrovertida y una voz completamente temerosa. Se forzaba a pronunciar cada palabra, y yo comprendía que era normal que estuviera nervioso.
¿En este momento? Es imposible que...
Está bien, lo esperamos; aquí ―especifiqué.
No, no debe ser a quien esperan ―dijo el mensajero, casi sin voz.
Sí, él es. Y lo mejor es que no vaya Álvaro allá; debe ser justo lo contrario. Tráelo. Sé quien es y por el momento puedes estar tranquilo, no pasará nada.
El sujeto del que nunca averigüé el nombre seguía nervioso; pero miró a Álvaro esperando que me diera la razón, para decirle a alguien más que trajera al “caballero”.
Espero que seas tan eficiente como tu papá ―reflexionó el Guarda de la Paz Oghense, para luego aprobar la presencia de un asistente desconocido en la reunión.
Momentos después, se desató una conmoción: Rubén entró como si aquello fuera su patio, pensando en lo incómodo que era un mundo sin sillas, donde había que sentarse en el piso. Álvaro lo miró sin saber si podía dar crédito a sus ojos. Luego empezó a despotricar en el idioma antiguo.
Álvaro, amor ―Carmen reaccionó de inmediato―. Si él es uno de los sujetos que volvieron, también es una víctima potencial. Cálmate un momento y piensa que esa gente...
Ella conocía el tono y los argumentos correctos para cambiar la postura de su prometido, pero esta situación era bastante grave. No lo convencería de contenerse durante mucho tiempo y no hubiera sido del todo raro que el Inmortal acabara colgando de una viga por unos cuantos siglos. Me hubiera gustado tener más claro lo que debía hacer o decir.
Este tipo tan atrevido nos necesita y puede que sea útil de algún modo. No te distraigas con él, más tarde podrán ajustar cuentas, ¿no crees? Por favor volvamos al tema de esa gente a la que van a asesinar. Y, Rubén, todavía pienso que estás demente por venir aquí a pedir información. Tus opciones son sencillas, te sientas en un rincón y mantienes la boca cerrada mientras doy explicaciones, o te vas y tu verás como haces con Dak.
El conquistador mediocre no me preocupaba; no era tan tonto y sólo necesitaba información y un momento para pensar. Cuando le ofrecí eso, aceptó gustoso. Álvaro, cuyo comportamiento era el verdadero problema, siguió indeciso. Me puso esa mirada que todos los adivinos tenemos que aguantar alguna vez (maten al mensajero, ¿por qué no?).
Pero luego recuperó la compostura. No confiaba en Rubén, y eso no era algo que yo fuera a pedir a nadie, pero toleró su presencia. De modo que seguí mi discurso.
Está vez fui directo al tema que requería Gerusa: “Lugares y momentos oportunos”. Había que reconocerle que sabía como funcionaba el trabajo con un adivino. Eso era para lo que estábamos ahí. Por desgracia yo tenía una mala noticia: no sabía donde estaban esos inquisidores. En ese momento, quizá por influencia de las brújulas, yo sólo podía saber sobre los atentados inmediatos.
En este momento hay dos víctimas potenciales. Idelia, vive en el Tercer Mundo de Grista, tiene ya cierta edad y podría decirse que le ha sacado provecho a su habilidad: es una vendedora de datos.
No habían muchos adivinos en su mundo, pero su mayor ventaja era que todos los pelirrojos preferían tratar con ella; mucho hablar de la igualdad, mucha reconstrucción general y todo eso, pero a la hora de la hora, se sentían mejor tratando con alguien que se viera como ellosi. Claro, con tanto mestizaje, ahora era más fácil encontrar algo similar. Idelia parecía una pelirroja plena, y nunca sacó de su error a quienes lo creían, pero la verdad era que había heredado el don de adivinación de una rubia plena: su abuela.
Mis compañeros de trabajo no necesitaban toda esa información, así que no comenté nada al respecto. Y ahora que lo pienso, ¿ustedes que interés tendrían en ello? Baste que sepan que la mujer vivía sola, en una casa bonita, pequeña, donde todo era cilíndrico porque esa forma la obsesionaba. Ahí, llegaría Dak, con su magia bien preparada para atacar a una mujer que tenía por única arma el aviso que su habilidad hubiera podido darle.
Eso, y una dirección específica para ejecutar un viaje por magia, fue lo que le expliqué al grupo. Antes de que empezaran a decidir como manejar eso, les hice saber el nombre del otro caso.
El otro es Ameriev...
¿El pequeño monstruo de Las Cuevas de Luz? ―adivinó Gerusa.
Ese, justamente ―asentí, consciente de los motivos que podía tener cualquiera para llamar monstruo al único adivino de una raza que superaba un poco los estándares humanos.
Pues nosotros nos ocuparemos de la mujer ―anunció Gerusa, de inmediato.
Áled aceptó porque no sabía a qué se atenía.
¿No me habías dicho que los asesinos eran tres? ―comentó Carmen.
Así es. La chica usa su brújula para ir a buscar más brújulas. Álvaro debería hacerse cargo de evitar que las robe; y la verdad es que tampoco recomiendo que el dueño actual las conserve, porque una brújula en manos de un cleptómano nada bueno puede traer. Por más buen tipo que sea este hombre.
Era fácil, era irrelevante; así que ni siquiera miré como le iría al oghense. Me preocupaba más lo que fuera a pasar en las Cuevas de Luz; si algo saldría mal, sería eso. Pero ya sabía que no debía ni siquiera intentar ver el futuro de Ameriev.
Indicadas las fechas y las direcciones precisas, así como algunos datos puntuales para el trabajo del psicópata y la anciana con apariencia infantil, yo di por acabadas mis funciones para ese día.
Entonces, ¿dónde te veré para que vayamos a las cuevas de luz? ―comenzó Áled.
Aquí. Pero no iré contigo, sólo voy a enviarte.
Pero...
Lo sé, es algo confuso para ti, pero no puedo acompañarte. Mientras de mí dependa, no conoceré a Ameriev.
Determinación ―murmuró Iuner, sorprendida una vez más.
Todos mostraron curiosidad, y ella explicó que cada vez que yo hablaba, me refería a hechos casi inevitables, salvo en esa última declaración que parecía un capricho mío; lo encontraba muy extraño. Tuve que darle la razón. Hasta hacía poco, las cuestiones en las que yo tenía propósitos y no recuerdos eran sólo dos. No cruzarme en el camino de Ameriev y eliminar al sociópata en el momento correcto. Ahora la lista había crecido, pero yo podía vivir con ello. O al menos eso esperaba.
Decidí marcharme con mis pensamientos pesimistas, pero cuando acababa de salir del salón en que nos habíamos reunido, alguien me llamó por un nombre que no era el mío. Me di la vuelta, furioso y le grité:
¡Es ÁnGel, con G! ¿Cuál es tu problema, tonto, si se usa igualito que en tu nombre?
La costumbre ―respondió con sencillez, no le afectaba para nada que yo lo insultara o le gritara―. Escucha, sé que no te agrado. Y me inquieta esto de poner en tus manos mi vida y los resultados de mi misión sin saber que hice, o haré, para que me detestes.
Mataste a la mitad de mis conocidos...
¿Qué? ―me miró, sorprendido, preocupado y en voz baja.
Preocupado. “El hombre que no sentía” estaba preocupado, y yo tuve que preguntarme sí había más en esa reacción de lo que yo notaba.
Lo había.
Me equivoqué ―le comuniqué, feliz de la vida.
¿Era otro tipo de mi mundo, verdad?
No. Pero no te preocupes. Ya me haré cargo de que no empieces a matar gente... y ni siquiera voy a tener que matarte.
¡Pues qué gentil! ¡Gracias! ―respondió Gerusa, y hasta me di el lujo de sonreír ante aquel tono irónico.
Al fin y al cabo, me sentía bien ahora que casi todo volvía a estar bajo control.
iEn el Tercer Mundo de Grista se desarrolló una de las guerras más largas estudiadas por La Sociedad de Mundos Libres. Las dos razas habitantes de este mundo aclamaban ser los primeros habitantes del mismo. “Pelirrojos” y “rubios”, tales eran los términos peyorativos con que se refería cada grupo al otro, pasaron a ser identificadores aceptados varios siglos después de la guerra.

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