martes, 23 de julio de 2013

|Equilibrio| 6 - Asignación 0125.456.112

Ya iba siendo hora de presentarme, lo cual haría de mala gana.
Mientras en el camino de los asesinos había puras rosas, ¿que me daba La Sociedad? Un inocente, una anciana, un psicópata, y el hombre más eficiente de Ogha en una situación en la que sería difícil que se concentrara.

En unos minutos los “conocería”. A todos, exceptuando a la anciana, los había visto alguna vez en ese futuro que había sido truncado por el desequilibrio.
Álvaro era el tipo letal que no mataría una mosca de no ser estrictamente necesario. Uno de los motivos por los que me agradaba era su determinación; pero la razón por la que éramos hubiéramos llegado a ser amigos era bastante más emocional: él en cierto modo admiraba a mi padre. ¿Qué puedo decir? Acabo por encariñarme con la gente que piensa como mi padre, que pretende imitar algo de él.
Áled era un poco entrometido y, como ya dije, inocente. Según él todo era fiesta y todos eran buenos. Se me dijo, aunque no me interesé nunca en confirmarlo, que era una eminencia en su campo. La información venía de buena fuente y me conformé con creerlo en esa realidad en la que iba a conocerlo de pasada, y ahora que trabajaría con él tenía mucho en la cabeza así que me quedé con la misma idea: Qeleb decía que era hábil, así que debía serlo.
A Gerusa lo conocía. ¡Tanto lo conocía! Sin haber intercambiado más que unas cuantas frases con él, yo sabía toda la historia de su familia, el final que habían tenido los chicos que se burlaban de él cuando vivía en el décimo tercer mundo, su edad, sus puntos débiles en combate, que era zurdo, que había aprendido a leer a los 16 años, las cuatro cosas a las que era alérgico, y 45 maneras de evitar un golpe venido de él.
Eso último lo sabía de una forma inusual para mi caso: por experiencia.
Está bien; sé que suena confuso, dado que eso nunca llegó a pasar. Pero si hubiera pasado, yo literalmente combatiría con él ocho veces; cada vez él ganaría y yo tendría que escapar como fuera posible. Me dejaría un par de cicatrices feas, pero valdría la pena para mantener las cosas lejos del escenario original. Ese diálogo que todavía se colaba en mis pesadillas era la primera imagen que me había hecho del psicópata, mi primer vistazo a un futuro en el que me encontraría con él. Y no dejaría que ese futuro se convirtiera en presente.
¿Confundidos tan pronto? Lo lamento, el tema de Gerusa es complejo por que vi muchos futuros sobre él, ya que todos terminaban mal y tenía que ver otro. Descubrí la forma de arreglarlo, al menos para los que viven en el presente y no tendrán estos recuerdos de todas formas.
Encargarme de que Gersusa muriera antes de asesinar a mucha gente no sería fácil. Pero asumí que sería más difícil trabajar con él en un asunto delicado, y eso era lo que tendría que hacer.
Tan pronto como se resolviera cierta disputa, yo partiría a Ogha para conocer en el presente a mis primeros compañeros de trabajo.
¡Te digo que no! ―la obstinada de la casa llevaba media hora discutiendo con Emilio.
Pero, cariño, ya te dijo que va a estar bien ―y él no perdía la paciencia.
¡Como que no lo conocieras! Si él es todo un actor.
Pues, si te está mintiendo, es por algo: como siempre. ¿De pronto no confías en su juicio?
Era una pregunta legítima.
Emilio, esta gente lo quiere matar. No a un conocido, a él. ¿No te preocupa ni un poquito?
No.
¡Y se supone que eres su amigo! ―mi hermanita se indignó porque en el fondo de su corazón pensaba que todo el universo debería espantarse si yo estaba en peligro.
Bueno, estamos hablando de Ángel, ¿no? ¿Uno medio enclenque porque sigue evadiendo todo esfuerzo físico? ¿El adivino brillante que las tres veces que Frak lo convenció de acompañarnos a entrenar evadió todo en lugar de entrenar realmente? ¿O es algún otro chico? Porque al que yo conozco no podrían matarlo aunque él mismo quisiera. Es medio cobarde y ve venir el peligro, así que se larga justo a tiempo por acto reflejo.
Mi hermana se quedó callada. Hasta culpa sentía después de aquel discurso.
Y, si me amas ―agregó mi futuro cuñado―, no le dirás que lo llamé cobarde.
T soltó una risa boba. De esas que significan “mi novio contó un chiste, ¿no se ve lindo?”.
Todo porque estás obsesionado con el equipo ―le acusó después.
Tú también deberías estarlo ―replicó él.
Uy sí, me van a echar si no voy.
Eh...Tienes razón. Pero no todos somos imprescindibles.
Pues, ve...
No. Ni loco. Me odian.
Exasperada, mi hermana dejó escapar un bufido y se echó hacia atrás su flequillo con la mano izquierda. Pero ya casi la convencía. Entré a su cuarto, para darle el último detalle a la situación.
No voy a presentarme en Ogha con mi hermana mayor haciendo de niñera. Además, se trata de Álvaro, ¿lo recuerdas, T? El amigo de papá. Como trabajaré con él y soy el hijo de su ídolo, se ocupará de que no me maten. Y hay una ventaja más. La brújula de Rackel señala a otro sitio en este momento. Yo te prometo que cuando empiecen a perseguirme podrás hacer de guardaespaldas ―justo antes de salir, agregué―. ¡Ah! Emilio, creo que lo más justo es que sepas que te escuché y pienso desquitarme cuando no lo esperes.
Ehm... Gracias por la advertencia. Creo.
Tenía mucho en mente, pero planeaba esconder por un rato cierto cubo de cristal de estrella que mi cuñado debía mantener entero hasta el fin de los tiempos. Otro día.
Por el momento, viajé a la casa de Álvaro. Hubiera preferido ir a alguna plaza y caminar desde ahí. Me encanta Ogha, desde su arquitectura hasta sus costumbres, es mi mundo favorito. Pero no tenía tiempo para hacer de turista. Quería hablar con Álvaro antes de que la habitación se llenara de gente. La mala noticia la recibiría tarde o temprano y prefería que lo supiera por mí. Eso era lo que creía cuando me presenté en el recibidor.
Entonces, apareció Carmen. La prometida de Álvaro había nacido en La Tierra. A estas alturas estaba muy informada y se había adaptado a la vida en Ogha, pero seguía visitando a su familia de vez en cuando. Ella fue la que me guió al salón en el que se llevaría a cabo la conversación donde les tendría que explicar lo que sabía.
Se trataba de una sala en la que todo era de color blanco, incluso el área del suelo destinada a sentarse. El material era distinto, pero aún así resultaría difícil para un extraño, distiguir el “suelo de descanso”. En una esquina había una mesa y, en la opuesta, un estante, por lo demás, era una habitación vacía. Sin ventanas, sin adornos: sin distracciones.
Álvaro vendrá en un momento ―declaró mi paisana, disponiéndose a salir.
¡Carmen, espera!
¿Uh? ―se volvió, justo ante el umbral, y me miró con cuidado intentando identificarme― ¿Te conozco?
Yo le resultaba familiar, supongo que por el parecido con mi padre, pero no me conocía.
Todavía no.
Eres el adivino ―comprendió ella, que estaba informada sobre los visitantes que esperaban.
Sí. Necesito... un favor de tu parte.
¿Qué sería?
Algo pasará durante la reunión. Algo que le sentará muy mal a Álvaro. Necesito que se concentre en lo que importa ahora.
La noticia también iba a golpearla, y yo lo sabía, pero era más sensata que ellos. Tal vez había esperanzas de que ella me ayudará a explicárselo a su prometido. En cuanto al otro... yo postergaría la noticia tanto como pudiera, aunque quizá "para siempre" estaba fuera de mis posibilidades.
¿Qué es lo que va a pasar?
Ella estaba muy poco informada, así que le expliqué sobre el éxito de Sofía en sus esfuerzos para recuperar a Martín, y como eso había traído a otras personas de la muerte y cambiado el rumbo de los acontecimientos. Me sorprendió que recordara a Sofía.
Finalmente, solté la bomba:
Una de las personas que volvieron de la muerte es el conquistador, Rubén.
Primero, me miró como si yo no supiera de quien estaba hablando. Luego, como si acabara de darse cuenta de que es imposible que alguien regrese de la muerte.
No es justo ―dijo al fin, con voz ahogada, negando con la cabeza. Evitaba gritar, pero no lo conseguiría mucho tiempo.
Cerré la puerta, para mantener su crisis en aquel salón. Ella seguía negando, mientras buscaba alguna palabra que expresara su frustración.
Ella...
Lo sé ―intenté razonar con ella―, pero...
¡No! ―ella no me dio tiempo para argumentar― Es que si hubieras estado ahí lo entenderías. ¡NO ES JUSTO!
Ahora tenía la cara cubierta de lágrimas y le estaba costando no tratarme como si aquello fuera mi culpa. Finalmente, pronunció una frase que me resultó familiar:
Estúpida Sofía.
Rubén no es el enemigo ―informé.
¿Qué dices? ―ahí se le acabó su diplomacia para conmigo.
Oye, yo sólo lo sé ―me defendí, para luego explicar―. Dak andará por ahí liquidando gente con sus hermanos, mientras que Rubén está sin ejército, sin objetivo inmediato y... en la mira de los cazadores.
Pero, ¿no es a los adivinos?
Y a Sofía, aunque Dak ignora su nombre. Y a las personas que no deberían estar vivas.
Entonces... lo que no quieres es que Álvaro les ayude a matarlo, porqué entonces no podría ayudarte a mantener vivos a los demás ―era una forma valida de decirlo.
Asentí.
Ojalá pueda hacer ambas cosas ―concluyó―. Porque... No hay manera.
Se supone que siempre sabes hacerlo entrar en razón.
Rubén prácticamente mató a su hermana. No hay razón que valga.
Hay una. Pero sólo puedo dártela a ti.
¿Por qué a ella? Porque ella era sensata. Entendía explicaciones vagas y aceptó las que le di en ese momento. Si sería capaz de hacer que Álvaro se mantuviera enfocado, era un misterio todavía. No podía concentrarme en averiguarlo porque ya hacía bastante siguiendo la pista de los asesinos y sus víctimas inmediatas.
¡Eso era bastante! Acostumbrado como estaba a ver años completos en unos momentos, esto me frustraba. Seguía repitiéndome que jamás había tenido que ver tantas posibilidades. Pero eso no era cierto. Había un “caso” que se parecía un poco. Un caso en el que no quería pensar, porque era para perder las esperanzas. Aunque es cierto que de los errores se aprende, no quería buscar respuestas en uno de esos esfuerzos que se me había salido de las manos. Mejor me ocupaba del rompecabezas actual.
De las infinitas posibilidades que tenía ahora mismo.
Para empezar, intenté mantener la calma cuando llegó Gerusa junto a su compañera de trabajo. Tuve éxito: no salté contra el psicópata al verlo, y hasta le respondí el saludo. Pero sí se dio cuenta de que lo hice de mala gana, con el rencor de varias vidas impreso en cada palabra.
La chica que iba con él, Iuner, me dedicó una mirada de infantil resentimiento cuando vio mi hostilidad contra el objeto de su adoración. ¿Qué tipo de afecto podía sentir una criatura tan encantadora como aquella hacia un tipo como ese? No hay explicación lógica para algo semejante.
Aún teniendo miles de probabilidades que estudiar, no pude evitar preguntarme quién era ella, y sí tenía mayor significado para él. Yo no la conocía, lo cual era extraño con todo lo que me había informado sobre su amigo. La respuesta que recibí fue vaga.
Ellos eran una de esas combinaciones raras que tan bien servían a La Sociedad: la sensible y el psicópata. Tomaban juntos todos los trabajos, aún cuando no hiciera falta. Él le había explicado sobre su incapacidad para tener las emociones que tendría una persona “normal”. Ella le había contado por qué había dejado su mundo. Ella veía el universo con curiosidad, mientras él lo veía con hastío.
Sus apariencias eran acordes a aquel contraste: ella era menuda y llevaba una sonrisa casi permanente, con lo que daba la impresión de ser una jovencita frágil; él era fornido y alto, con los ojos llenos de la frialdad que todo buen matón requiere. Si se los encuentran por la calle, ¿no pensarían que son secuestrador y víctima?
Hasta sus colores hacían juego: él llevaba un traje negro, completamente neutro en cuanto a moda, en tanto ella llevaba un vestido sencillo de color violeta con muchos listones rosados. Algo peculiar respecto a la apariencia de Iuner (además del hecho de que tenía más de quinientos años y parecía tener quince) era que su cabello estaba mojado, no sólo en ese momento sino siempre; casi escurría.
En los instantes que me demoró estudiarlos, llegó Álvaro: nuestro anfitrión. Llevaba desde muy joven siendo el encargado de la seguridad de su mundo y pertenecía a La Sociedad, no sólo como representante, sino también como elemento en la Guarda de la Paz. Desde luego no competía en estatura con Gerusa; pero, ni tengo tamaño para criticar eso, ni el suyo le restaba fuerza o eficiencia.
Bienvenidos. Lamento llegar tarde. Hubo un cambio repentino que prefería dejar resuelto antes de comenzar con esto ―saludó con un gesto a quienes ya conocía en persona, luego se acercó a mí― Tú debes ser el terráneo, Anjel.
Había una diferencia menor en la pronunciación, apenas suficiente para irritarme y para divertir a la otra terránea presente. Carmen intentó suprimir la risa, pero Álvaro había aprendido a descubrir y analizar casi todos sus gestos.
¿Qué pasó? ―le preguntó, curioso y ya divertido sin saber el chiste.
En realidad... ni siquiera es realmente gracioso... ―como él seguía expectante, tuvo que explicar de todos modos― Es que, si no fuera de La Tierra, sería así. Pero... lo pronunciaste mal. Es Ángel. Y va con G.
Esa corrección final la hizo únicamente porque conocía la escritura del nombre que me había dado Álvaro; después de todo las pronunciaciones Oghenses de "ge" y "je" son casi tan iguales como en La Tierra. No en otros sitios, donde la j sonaba casi como "yi". En fin, un pésimo tema de conversación para mí.
Oh, lo lamento... ¿Ángjel? ¿Es muy diferente?
Significa algo distinto, pero no te preocupes. Nunca aprendes a decirlo bien, así que ya me acostumbré.
La anciana de apariencia infantil me miró con curiosidad y comentó algo que yo no esperaba:
Siempre me sorprende que tan pocos de ustedes lo vean de ese modo: como un recuerdo.
Es porque les parece ajeno, distante ―expliqué, aunque nadie más en la sala tenía idea de lo que ella quería decir―. Aunque sepan del futuro no lo asimilan muy bien.
Así es más difícil, ¿verdad? ―comentó Iuner, ligeramente triste― Tu manera de verlo, quiero decir. Por eso pareces más viejo que yo.
Tiene sus ventajas ―sonreí, algo impresionado por su empatía.
Ella encontró muy divertida la frase.
Ge siempre dice eso... ―guardó silencio ante el repentino descubrimiento:―. Pero tú lo crees realmente. Te gusta ser así.
Y al parecer a ella le gustaba que a mí gustara. Ambos estábamos pensando en lo único que era el otro, cuando Gerusa le llamó la atención a su compañera:
Venimos a tratar un asunto serio, ¿podemos saltarnos el estudio de los presentes, niña?
Sí, Ge. Perdona.
No hay retraso, es el tiempo justo para que llegue el inventor ―señalé, mientras algo cambiaba en el ambiente.
Un momento después entraba a la habitación el otro miembro de mi equipo, un joven alto, flaco y moreno que vestía de blanco; era la ropa más sencilla que hubiera podido imaginar, además de ser de material delicado. Lo acompañaba una mujer, sobre la cual tuve que hablar de inmediato.
Ella se va.
¿Qué? No puede. ―él recién llegado iba a dar explicaciones, pero no hacía falta; así como no era necesaria la presencia de la única “viajera” que habían encontrado para acompañarlo.
Yo te llevaré a donde debas estar. Prefiero evitar el exceso de posibilidades, y ella tiene tan mala orientación que las aumenta.
Ah, tú debes ser el adivino. Veo que eres seguro, eso es bueno.
Pobre Áled. Ya con el tiempo dejaría de verle lo bueno a todo.
Como no estoy en la asignación 112 y no se me requiere, aprovecharé mi día libre... o lo que queda de él ―anunció la viajera que se había perdido tres veces antes de llegar al sitio de la reunión.
Se esfumó, con un rumbo que no me interesaba y que bien podría ser errado.
Los elementos que había asignado la Sociedad, bajo el código 112 de su campo, no me tenían del todo conforme. Pero aún había esperanzas siempre y cuando Álvaro se mantuviera concentrado, Áled fuera lo que se me había dicho de él y la anciana supiera controlar al matón como él a ella.
Era mucho pedir, supongo.

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