martes, 9 de julio de 2013

|Equilibrio| 4 - Dos negativas y un robo

En una región brillante y poblada sólo por plantas de colores opacos y enormes insectos con alas grises e inútiles, Sofía se puso alerta de pronto. Su repentino cambio de expresión alarmó al muchacho con el que conversaba.

La perceptiva de mayor alcance de nuestra época estaba esperando recibir visitas desagradables más tarde o más temprano y sabía reconocer el cambio causado por una persona que viajaba entre mundos hacia el sitio en donde estaba ella. En un instante se relajó y murmuró mi nombre como si estuviera harta de tratar conmigo:


―Ángel.

―¿Q...? ―Martín no llegó a preguntar, porque en ese instante aparecí frente a él y a la derecha de la perceptiva; en cambio, me señaló y procuró verificar― ¿Ángel?

―Ajá ―ella sólo habló para él.

No quiso dirigirme la palabra sin saber que hacía yo ahí. De inmediato supo que yo planeaba pedirle ayuda para evitar la cacería de adivinos y decidió que no se entrometería. Podía comprenderla: intentaba mantener a salvo a Martín. Pero justo ese era mi argumento: la vida de este muchacho era una de las anomalías que Dak quería corregir para restaurar un equilibrio que no necesitaba ser restaurado. El muy testarudo se negaría a entender que ya no había nada descompuesto, que para eso habían regresado otros además del genio. Sin embargo, Sofía ya había decidido ocultarse de ellos y, si hacía falta, enfrentarlos. Según ella, no me necesitaba. Yo sabía que, aunque ahora mismo no le hiciera falta, más tarde iba a necesitarme.

―¿Pues a qué has venido antes de tiempo? ―esa queja fue lo primero que me dijo.

No le importaba la razón en realidad, pero yo se la conté:

―Puro ego. Quiero que sepas de mí, para que seas tú quien me busque ―sonreí, y me largué.

―¿Qué ha sido eso? ―el español sólo nos había visto mirarnos a la cara un minuto antes de intercambiar esas frases― ¿Acaso vosotros tenéis historia? Siento que me he perdido de algo ahora mismo.

―También es perceptivo. Y además puede ver el futuro. Te has perdido de lo que yo sabía y él también.

―¡Guay! ―sí, entendía muy bien lo que acababa de pasar, pero no conocía los detalles― ¿Y para qué vas a buscarlo?

Ella dudó. De matanzas y brújulas, no quería contarle.

―Tenemos un... enemigo común. Ya lo sabrás cuando venga.

No les presté más atención, porque tenía mis propios asuntos y porque prefería respetar la privacidad de la gente. Sobre todo la de alguien que sabía cuándo la vigilaba y qué estaba pensando al respecto.

Era más fácil regresar a casa y viajar en el mismo mundo, que hacer un salto desde una zona despoblada en las Cuevas de Luz a un país terráneo en el que yo nunca había estado. Así que, al dejar a Sofía, había vuelto a mi habitación. Andaba muy concentrado en llegar a tiempo para visitar al otro perceptivo en el momento correcto y en hacer el seguimiento de la información en los cuatro niveles burocráticos de La Sociedad. Es una excusa barata, pero supongo que por eso era que no había visto a mi hermanita en mi futuro.

―¡Ángel!

―No empieces...

―¡Si ya empezó! ―replicó mi prima― Lo que pasa es que me tocó a mí soportarla...

―¡Ahorita mismo me explicas como está eso de que quieren matarte!

―T...

―¿A cuenta de qué? No, no. ¡Primero me dices quién!

―Dak. Mago mediocre del Décimo Primer Mundo. En el fondo es buen tipo, pero según él tiene que matar a los adivinos de todo el universo...

―¿Qué eso no es un montón de gente?

―Sí. No va a terminar nunca.

―¿Por qué justo a ti, entonces?

No debía sorprenderme esa pregunta, pero era irritante: Sou ya había contestado a eso, así que, ¿para qué insistía?

―En realidad, ahora mismo nadie me está buscando; ni para matarme, ni para otra cosa. Tú tranquila.

―¿Cómo voy a estar tranquila...? ―replicó, disgustada.

―¡Ya basta! No tengo seis años ―la saqué de mi cuarto a empujones―. ¡De-ja-me!

Portazo incluido me encerré en la habitación. Dos palabras hicieron falta para viajar muchos kilómetros. Estaba en un callejón en el que no hubiera querido entrar de noche, al que sólo daban algunas salidas de emergencia en desuso y la puerta trasera de un bar.

Tenía compañía.

―¿Me seguiste?

―La magia de D'hale es una belleza a veces, ¿no? ―explicó mi hermana.

―Esperaba que te ofendieras y eso ―confesé―. En fin, supongo que estás demasiado preocupada. Es en serio que ahora nadie me sigue... ¿Al menos puedes fingir que eres mi guardaespaldas y yo mando? Necesito cierto grado de... credibilidad. Y mi edad no va ayudarme.

―Bueno. Tú guías.

Esperamos medio minuto y la puerta trasera de un local se abrió dejando salir el sonido de bancos y botellas siendo acomodados. También salió el tipo a quien yo buscaba, incapaz de caminar en línea recta. Hubiera preferido tratar con él sobrio, pero nunca estaba en tan óptimas condiciones.

―¡Eh tú, Hayden! ―llamé, y no pude evitar sonar algo agresivo. Odiaba verlo así, pero en las pocas ocasiones que lo había visto en la realidad truncada, siempre estaba fuera de sí por cualquier método.

Se detuvo y estuvo cerca de caer al dar la vuelta para mirarme. Balbuceó algo, de lo cual no entendí una palabra porque era en una versión del inglés con demasiado alcohol de por medio. Pero yo sabía:

Preguntaba con quien estaba tratando.

―Si te interesa, averígualo.

―Weh, I don acthuali quer ―balbuceó, y luego lanzó una exigencia alta y clara―. Leave.

Todas sus conversaciones solían terminar así: con un “ya lárgate” de su parte.

―No ―la cuestión es que yo no había hecho el viaje para “irme” sólo porque lo decía un borracho―. Necesito tu ayuda.

―Nahbaty shuuuld eeveh neeed my heeelp, kid.

―Pues yo necesito tu ayuda. Necesito un perceptivo que lo mantenga todo simple: una pregunta, una respuesta.

Tras de mí, un poco a la derecha, mi hermana puso expresión de angustia: estaba preguntándose porque un perceptivo necesita a otro.

―I don ve ny anses.

De nuevo supe que quería decir que él no tenía ninguna respuesta; pero, “entender”, no entendí nada. Lo realmente extraño ahí era que el tipo me entendiera a mí.

―No, eso se ve de lejos ―respondí, con involuntario desdén―. Pero puedes encontrarlas.

―Jst leave meee aloone ―pasando de mí, se dio la vuelta y siguió caminando.

―Si te hubiera dejado morir, ella viviría ―saber que palabras descolocarán a tu interlocutor es una de las mejores ventajas de ser perceptivo―. Triste, pero viviría. No como tú, que sólo desperdicias oxígeno.

El borracho regresó sobre sus pasos más que dispuesto a golpearme, pero T se atravesó en su camino y le puso una mano en el pecho para detenerlo. Hayden no estaba en condiciones para frenar repentinamente y menos para confrontar la mirada de enojo de mi hermana: sin equilibrio, retrocedió dos pasos y cayó como un bulto.

Él también llevaba rabia en los ojos pero no era una persona impresionante; mucho menos en su condición actual.

―No me veas como si yo hubiera hecho algo malo, no te desquites conmigo por sólo saber. ¿Quién es el que tiró a la basura el sacrificio de la persona que lo amaba? Créeme, yo no he tenido la oportunidad.

―Fakyou ―escupió, con apatía.

―¿No me discutes, entonces? Hace mucho perdiste la voluntad hasta para una pelea, ¿verdad? Yo sé donde está: sigue ahí, dentro tuyo. Sólo estás ciego por el dolor y el alcohol.

―You don eeven no...

Iba a empezar con el discurso de como era imposible seguir su vida después de ella. Pero yo ya conocía los detalles del discurso y de la situación. No tenía la paciencia para oírlo decir excusas que sólo probaban que no tenía la menor idea de lo que es encontrar a tu otra mitad.

―¡No! A mí no me vas a impresionar con el argumento mediocre de que estás solo. Entiendo que duele que no esté; pero, antes de morir, ella colapsó y reconstruyó tu forma de ver el mundo, y si está muerta es en parte para que tuvieras tiempo de usar esos nuevos ojos. ¡No vendrás a quejarte de eso frente a mí, como si no supieras la suerte que tienes!

―¿Suerte? Wha da hell are you...?

―¡Millones de personas matarían por tener la mitad del tiempo que tú tuviste! ¡La encontraste y se reconocieron! ¿¡Qué más quieres!?

―But she's dead! ―se lamentó.

―Cómo todos lo estaremos tarde o temprano. Pero vivió, como pocos lo hacen. Y tú, imbécil, pretendes olvidar eso.

Rompió en llanto. Murmuró, aún en su idioma natal, algo sobre que era imposible de otro modo y que no podría ayudarme a mí o a nadie. Mi hermana, que antes había entendido menos de la mitad, ahora no captaba nada, pero se conmovió. Quizá ella habría intentado calmarlo si yo no hubiera hablado, fastidiado con la situación.

―Quiero que tengas presentes un par de cosas sobre mí: sé lo que estoy haciendo, suelo buscar lo mejor para mi gente y odio a los llorones. Así que, antes de me caigas mal, me largo. Cuando encuentres tus agallas, ven a buscarme.

Me fui de aquel sitio lamentable, arrastrando conmigo a mi hermana, por medio de dos palabras que había usado tantas veces que ya no me parecían tan difíciles de pronunciar. Había tantos hechizos para viajar en el repertorio de D'hale, que yo los usaba aleatoriamente a menos que hubiera necesidades muy específicas.

Sou nos había estado esperando, pero cuando llegamos ninguno le hizo mucho caso.

―Lo... dejaste ahí, así ―me acusó T.

―Sí.

―¡Pero...!

―En serio, si lo veo así un instante más, lo golpeaba.

―¿Lo supones o lo sabes? ―intervino mi prima.

―Sólo es una forma de decirlo.

―¿Y cómo se supone que va a encontrarte, si no sabe ni quien eres? Aunque decida ayudar.... ―una duda previa la hizo cambiar de tema― ¿Es verdad que necesitas un perceptivo?

―Ya te lo dijo Sou.

―Sí, pero... ¿por qué no sabes de las dichosas brújulas?

―Son magia errática ―vi el miedo aparecer en su rostro poco a poco mientras entrabamos a ese tema y no lo pensé antes de intentar calmarla―. No te preocupes. Tengo un plan. Todo va a estar bien.

Por desgracia, en el momento, no lo estaba. Yo aún no tenía a los dos perceptivos que necesitaba para llevar a cabo mi plan, que para colmo no era muy completo. Seguía viendo miles de futuros posibles, cada uno peor que el anterior, y lo único que sabía del presente era que La Sociedad había nombrado personas muy inconvenientes para contener aquella amenaza y que Dak ya había estado en Kren con sus hermanos.

Habían entrado al museo mientras yo salía de la cocina. Habían entrado a la sala correcta mientras yo le dirigía una sola frase a Sofía, y ya habían tomado las brújulas cuando saqué a T de mi habitación. Repartieron golpes mientras esperábamos a Hayden y, aunque el hermano de Dak había recibido varias heridas delicadas por actuar como escudo, ya estaba curado para el momento en que comencé a hablar de la chica que había muerto seis años antes.

Estuvieron cerca de atraparlos mientras Dak rompía la protección del museo, pero no lo habían conseguido.

Ahora tenían dos brújulas en su poder, y a mí me faltaban horas para reunirme con los encargados de detenerlos.

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