sábado, 22 de junio de 2013

|Equilibrio| -- Venganza (versión de Gretze)


Aquellos que piensan que los laboratorios científicos son lugares silenciosos y limpios en los que una persona un poco escandalosa y sin la menor noción sobre leyes de física sería rechazada, se asustarían en el laboratorio que dirige Sally.


Miembros de otros laboratorios hubieran encontrado absurdo que una canción de rock terráneo estuviera repitiéndose indefinidamente a volumen tan alto que apenas si podía escucharse el sonido de hierro golpeando contra idob; una combinación ruidosa.

Materiales extremos de diferentes mundos habían sido colocados convenientemente en un complejo laberinto diseñado sobre aquella mesa de al menos doce esquinas en el centro de la sala JK11. Ahora estos elementos azotaban accidentalmente unos contra otros y en ocasiones rompían paredes del laberinto, mientras Iaden intentaba usarlos para pulverizar un pequeño trozo de madera. El mago, usualmente sereno y sonriente, ahora se veía muy alterado, impaciente y cercano al enojo. No parecía el mismo cuando estaba fracasando en el Laberinto de Sally. Estaba pálido y las manos le temblaban; todo por el esfuerzo de manipular tantos materiales distintos a la vez. De vez en cuando cambiaba de posición, o caminaba para ubicarse en un sitio más apropiado.

Al otro lado de la mesa, Sou (una mujer joven nacida en La Tierra bajo el nombre de Soham) no se había movido de su puesto. Su expresión cambiaba continuamente de la concentración al deleite. A veces se unía a la musica, que afortunadamente ahogaba su voz. El resto del tiempo, se burlaba del mago. Su objetivo era mucho más complejo que el de él: debía usar los materiales para empujar el trozo de madera a través del laberinto sin que sus acciones ni las de Iaden dañaran aquella pieza, frágil en comparación con todos los demás objetos.

Más difícil que guiar el objeto y hacerle un escudo apropiado para cada material usado por el mago, le resultaba vencer la tentación de utilizar telequinesia sobre el trozo de madera. Esa era, en esencia, la única regla del juego que Sally observaba con atención cada vez.

―¡Al parecer, no tengo opción! ―se quejó la estudiosa cuando Sou venció a su oponente y se dio el lujo de parpadear por primera vez en ocho minutos― Nunca he hecho esto, pero hace falta: Te voy a preguntar.

―¿Qué me vas a preguntar? ―la terránea estaba prestándole atención, ya que había decidido no celebrar a gusto para no herir los sentimientos del mago... por el momento.

―¿Cómo te relacionas con las cosas? ―pero, al no obtener de su conejillo de indias más respuesta que un encogimiento de hombros, Sally trató de explicarse:― Ya probé con todo tipo de distracciones y nada funciona. Era imposible que aprovecharas vibraciones de cualquier tipo con ese escándalo... Y, ¿por qué no parpadeas...? Es obvio que no necesitas observar tu objetivo...

―Prefiero verlo ―justificó Soham―. Así me acostumbré.

―No puede ser que tú misma no sepas como lo haces ―dijo Viedmir, un adivino inseguro que seguía a Sally a todas partes aunque él pertenecía a otra sección de La Sociedad de Mundos Libres.

―¿Sabes tú de donde vienen tus datos del futuro?

―Eh... Es complicado.

―Anda, tengo todo el día ―dijo, divertida, la terránea.

―Por suerte, no. Sales en un momento. Con ese tipo que al jefe le cae tan mal.

―¿Mi tío?

*****

El tío político de la terránea, Franzisko, era un inmortal oghense que vivía en La Tierra y tenía relaciones tensas con La Sociedad de Mundos Libres. Ésta era la organización más amplia del universo conocido, pero tenían tanto de que ocuparse que no tenían tiempo para pelear con él; simplemente no les gustaba.

Llegó con su hija, también inmortal y poseedora de una telequinesia subutilizada. Solamente lo esperaban a él, pues al “ver” salir al mago y a Soham, Viedmir sólo había visto al hombre acompañándolos. No había ningún error:

―Yo no voy con ustedes, me regreso a mi casa.

―¿Cómo así, Colocha? ―se sorprendió Sou― Siempre dices que le prometiste a ese hombre que desearía poder morir si...

―Pues sí. Pero al parecer él y yo podemos luchar para siempre sin que ninguno gane ―dijo su prima, Tanya, de mala gana.

―Ah... Está bien. Entonces, saluda a mi familia. Y... ¿tú te quedaste la consola de Ángel?

―Sí, desde... ¿Es que aquí tampoco te diviertes suficiente?

―Sabes que sí. Lo que pasa es que... supongo que lo extraño ―murmuró ella, con un dejo de tristeza.

―Bueno... tú avísame cuando no esté tu jefe y te la traigo. Pero no sé si todavía funcione. Ha pasado mucho tiempo.

―Qué va. Tú traélos. Y, gracias, Colocha ―luego, sin muchos rastros de melancolía, cambió de tema―. Entonces, nos vamos. Y por ese tipo ni te preocupes: sí va a querer morirse.

Iaden se quedó mirándola, un poco intimidado por el tono que había tomado su voz al final. Esa no era la chica divertida que él conocía y amaba. No tenía ningún deseo de acompañarlos, pero nadie le había preguntado eso. A veces la terránea se limitaba a decirle que hacer.

De modo que Sou y su tío inmortal fueron a una posada en el Octavo Mundo de Grista, acompañados por un mago que se había jurado a sí mismo nunca usar su habilidad para causar daño. Su objetivo era simple: entrarían, subirían a la tercera planta, donde había sólo dos habitaciones, y en una de ellas encontrarían a uno de esos delincuentes que habían logrado ocultarse de La Sociedad por años; lo apresarían y se harían cargo de cumplir lo que había prometido Tanya.

Pero, vamos por partes.

La primera corrió por cuenta del mago: los llevó directamente al tercer piso, pese a que la posada tenía una protección especial que hubiera mantenido en la recepción a cualquiera que no tuviera llave de uno de los cuartos, con el fin de evitar a esos tramposos que se alojaban sin pagar.

La segunda parte la comenzó el inmortal, sin compañía de los más jóvenes. Entró y se presentó como un “colaborador” de la Sociedad. El criminal no se mostró impresionado. Debía matar a su oponente y probablemente salir de aquel mundo en el que ya le habían descubierto.

No se escondía de La Sociedad, eso era casi secundario. Le preocupaba la inmortal terránea, Tanya, con quien tenía una deuda bastante sustanciosa. Ya le conocía el lado malo, pero sabía que la próxima vez que se vieran, le conocería el peor.

Lo que no imaginaba el delincuente del Octavo mundo, era que él hombre frente a él era el padre de aquella mujer rencorosa.

El delincuente tenía sus mañas y había estado perfeccionándose en los últimos cuatro años. Después de un intercambio de golpes que no tenían importancia para individuos como ellos, comprendió que no podría matarle y optó por una graciosa retirada. También le fue difícil, pero salió de la habitación dejando en una situación complicada a su oponente. Tenía tiempo para llegar a la recepción y largarse sin dejar huellas.

En el pasillo pasó al lado de un hombre joven de aspecto poco llamativo. Le ignoró y siguió corriendo, pero pronto descubrió que no avanzaba por más que corriera. Conocía aquella magia, si bien no se veía todos los días, y sabía de donde provenía. Fingió no entender lo que ocurría y empezó a dar vueltas como averiguando. Hasta que estuvo a la distancia correcta para enfrentar al joven de la única forma en que se podía vencer a un mago de esa talla. Le atacó por sorpresa mientras usaba su propio poder para restringir la magia del oponente.

No hubiera sido suficiente, pero Iaden no usaba su magia para combatir.

El criminal preparó su arco, y llegó a dispararlo dos veces, alcanzando a medias su objetivo en la segunda, hiriéndolo en el costado. No pudo causar más daño porque el inmortal ya venía por él y decidió que podía seguir corriendo en lugar de enfrentar a dos enviados de La Sociedad. Mantuvo silenciada la magia del más joven mientras pudo, pero la distancia y concentrarse en todo lo demás interferían.

Había bajado sólo cuatro escalones cuando tropezó con la muchacha terránea.

Le apuntó con su arco y ella levantó la vista hacia él para decir:

―Quienes sean, ni los conozco.

Así que siguió caminando y cuando supuso que ella estaba tranquila se dio la vuelta y disparó una sola flecha.

―Por si acaso.

Excelente sospecha. Pésima idea. La flecha que había disparado contra ella se detuvo a una cuarta de Sou. De inmediato el delincuente intentó privar de su magia a la mujer, pero... no existía tal cosa en ella.

―Mírame a los ojos, ¿quieres? ―pidió la terránea― Con Iad aquí no puedo matarte por la espalda.

El hombre iba a reír ante la idea, pues la flecha ubicada entre los dos cambiaba de dirección muy lentamente como para tomar en serio cualquier amenaza de aquella joven cuya habilidad ya recordaba: telequinesia. Le traía malos recuerdos, pero no eran sobre Tanya, así que siguió sin hacer la asociación.

El delincuente no vio venir la flecha que le atravesó el corazón, porque no era la misma que giraba lentamente frente a él, sino una que había salido de su aljaba, mucho más rápido y con la precisión que él mago le había enseñado a la joven terránea.

―A decir verdad, sigue siendo una falta al honor ―el pacifista bajó los escalones necesarios para unirse a Soham.

―Los terráneos no padecemos de esa enfermedad, mi amor.

―No la escuches cuando generalice, por favor ―sugirió el tío de aquella imprudente.

Y sin embargo, entre los pocos terráneos que conocía, el mago no había visto mucho honor.

―Estás herido ―descubrió Soham―. ¿Puedes ocuparte de eso, o deberías...?

―No, no. Ya estoy en eso. Cerrará bien en un momento.

*****

El mago no entró a las celdas llenas de moho de magia. Ningún mago entraba a sitios como aquel a menos que se le obligara, pero lo que más le molestaba era que aquel era un sitio dedicado a mantener la paz por medio de la violencia.

Ahí no existía ningún tipo de magia, los guardias estaban especializados en su campo y los materiales eran especiales para cada raza y para cada tipo de prisionero. Y las celdas más temidas eran aquellas a las que entraron arrastrando al delincuente.

―¿Vas a dejarme en una celda de muerte? ―interrogó, viendo las barras de idob que sobresalían en el suelo de su celda― Eso no es necesario...

―Seguro querrás escapar ―dijo Franzisko―Quizá puedas, quizá no. No es la razón por la que sugerí que te trajeran a un sitio donde morirás miles de veces clavado en el suelo, despertando sólo para volver a desangrarte.

―¿Pues por qué...?

Al captor no le importó interrumpirlo lanzándolo contra las barras que habían sido inspiradas en una tragedia que le había ocurrido a él mismo.

Antes de que el delincuente volviera a morir de forma temporal, escuchó la explicación de Franzisko:

―Mataste a mi hijo. Por eso.

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