viernes, 28 de junio de 2013

|Equilibrio| -- Cinco años de planificación

 Ese día no me gustaba.


Me ponía nostálgico saber que pronto tendría la primera pelea seria con mi madre y que nunca nada volvería a ser lo mismo. Es cierto que nada permanece igual, pero, algunos cambios son demasiado incluso para quien ya sabe que los quiere.

Bien dicen que duele crecer. Decirle a mamá que mi futuro ya estaba decidido era la primera de muchas decisiones dolorosas. Pero, sobre todo, ese día yo dejaría de fingir que vivía en el presente y asumiría de una vez que ese estado ya no existía para mí. Lo triste de eso era que toda la gente que yo apreciaba vivía en ese tiempo y yo quería estar con ellos.

Aún no estaban listos, al igual que una parte de mí. Pero si esperaba más, iba a perder ese futuro que tan cuidadosamente había organizado durante unos tres años. Cinco, si cuenta el tiempo que estuve comprendiendo a fondo mi propia habilidad y sus alcances: planificando a corto plazo.

Yo sabía que luego se acostumbrarían. Pero, ¡ese día! Era un sacrificio.

Pasé siete horas tendido en el desayunador al que mi madre nos tenía prohibido subir desde que eramos niños. Ignoré la hora de ir al colegio así como había ignorado aquella sencilla regla. Sabía bien las consecuencias que me traía traería faltar al examen de matemáticas.

Mientras mis compañeros presentaban el dichoso examen, mi hermana volvió de la universidad. Como de costumbre, Sou venía con ella. Discutían sobre mi regalo de cumpleaños, así que T se quedó callada de golpe cuando me vio.

―¿Angelito? ―se sorprendió mi prima.

―¿Qué haces aquí? ―mi hermana empezó a exigir explicaciones―. Deberías estar en clases a esta hora.

―No fui. Y se pone feo.

―¿Qué cosa? ―preguntó, ahora preocupada.

―Ya lo verás. Estás aquí cuando pasa.

Como mi hermana mayor, le inquietaba mi creciente falta de responsabilidad. Sou, que no era precisamente un buen ejemplo en esos temas, estaba más preocupada en otros asuntos, para ella muy relevantes:

―¿Angelito, donde están mis anteojos?

―No sé. Y no me mires así, que ya te he dicho que no lo sé todo ―respondí―. Pero si me entero te aviso.

No se veía muy conforme, pero tampoco replicó.

Antes de que T siguiera interrogándome, emprendí la retirada. No hacía falta ser un adivino (y de todas formas, yo lo era) para saber que iba a seguirme, de modo que cerré la puerta de mi habitación... o lo intenté. Algo se interpuso, y de paso se rompió: había encontrado de mala forma las gafas de la adicta a los videojuegos. En fin, ya tenía que cambiar de graduación de todos modos. Recogí los pedazos para que no me estorbaran al cerrar la puerta.

―¡Ángel! ―Tanya sostuvo la puerta justo en el último momento―¡Tenías examen de matemáticas!

Asentí.

Me miró, inquisitiva, sin saber muy bien que decir. Quería regañarme, pero estaba confundida por mi actitud ese día.

―Oye, perceptivo ―bromeó mi prima, mientras T seguía buscando palabras―, ¿sí sabes que debes aprobar las clases para poder ir a la universidad?

―Es que no voy a la universidad ―confesé, por primera vez.


Ambas se rieron a carcajadas.

―¡Dile eso a mamá! ―desafió mi hermana, pero cuando yo no respondí, dejó de reír―¡Hablas en serio!

―Como dije, se pone feo.

Un silencio incómodo sustituyó a las risas.

―Ángelito, yo sé que el colegio ha sido horrible para ti, pero la Uni te gustará. Siquiera inténtalo.

―No es eso ―les conté―. Es que vivo en otro sitio.

Mi hermana y mi prima comprendieron de inmediato que esa frase no correspondía a lo que ellas llamaban presente. Ya estaban acostumbradas a que yo les contara el futuro como sí estuviera ocurriendo mientras hablábamos, aunque no entendían por qué lo hacía. Ustedes quizá pueden suponerlo, pues ya se los mencioné: todo era recuerdo. Bastante conseguía con no referirme a ello como pasado.

―¿Vas a mudarte? ―inquirió Sou, curiosa.

―Sí. Lejos.

La expresión de mi hermana sólo empeoraba. De la sospecha había llegado ya al fatalismo.

―¡Ay, T! No te pongas así. No es tan malo como tú y mi mamá quieren creer. Ya revisé todo, a grandes rasgos y está... bien.

―¡Dudaste! ―acusó mi hermana― Además no se puede saber todo, ni siquiera el presente.

―El presente sí: Sofía podría saberlo, si quisiera. Aunque nunca podría comunicar tanta información.

―¿Y esa quién es? ―siempre se podía contar con que Sou se distrajera fácilmente en una conversación―. ¿Es que ya conseguiste otra novia?

―No la conozco ―respondí―. Sé un par de cosas sobre ella porque es algo así como famosa. Sobre todo desde que desapareció. Hay quienes piensan que usa su habilidad para ocultarnos información.

―¿Eso se puede?

―No todos pueden. Mi papá lo intentó cuando estaba en Kren, pero no funcionó. Yo aprendo, a la larga. No creo que Sofía pueda hacerlo. Simplemente se está moviendo demasiado.

―No me importa ―saltó mi hermana, quien estaba cada vez más disgustada―. Empieza de una vez a hablar de ese futuro tuyo.

Ella tenía razón al decir que no se puede saber todo, pero yo había averiguado bastante. No hubiera podido explicarlo en pocas palabras, y quizá ni siquiera usando muchas. Le dije lo que debía bastar para que mi familia entendiera:

―Trabajo en La Sociedad. Al principio con los Buscadores de Soluciones y luego con los Vigilantes de la Paz.

―¿Significa eso que aprenderás a combatir? ―a diferencia de mi hermana, Sou no había perdido la voz ante aquella revelación.

―No. Significa que los que saben hacerlo necesitan un adivino con mi precisión. Y soy el único, al parecer.

No estaba Emilio para llamarme “egocéntrico”. Sí, puede parecer presuntuoso que yo diga que soy único en mi tipo, pero la adivinación es una habilidad que muy pocos controlan, y entre esos pocos cada uno funciona diferente.

Eso nos volvía únicos a los diez. Si había alguno más, ni La Sociedad estaba al tanto, ni lo estaba yo.

―Pero nos visitarás, ¿verdad?

―Cada vez menos. Pero sí.

―Mi mamá se va a morir de un coraje ―dijo T, por fin.

Ella aún esperaba que mi mamá me detuviera. Y yo sabía que lo intentaría. La discusión se convertiría en una pelea que duraría poco pero no sería olvidada en años. Al menos no vería mucho a mi resentida madre porque ella tendría que realizar un viaje de meses para ayudar a evitar una guerra en Sthag, de modo que no estaría ahí mientras yo me preparaba para irme.

En todo caso, estaba previsto. No importaba como lo planteara, mi mamá no iba a tomarlo bien; ella quería algo más terráneo para mí, y me consideraba demasiado joven para elegir otra cosa.

Tal vez yo sí era muy joven para abandonar mi mundo natal. Pero no podía sentirme así al recordar tantas vidas.

Mi decisión había sido tomada y ya no había nada que me hiciera cambiar de opinión porque tenía claras mi opciones y nadie sabía mejor que yo a qué renunciaba.

En esos cinco años seleccionando mi futuro, aprendí muchas cosas: a identificar los factores que generaban cada evento “previsto”, a callar cuando la información era un problema(oh, eso fue lo primero), a jugar mis cartas. Y a resignarme a no poder tener todo lo que quería. No todo.

Ahora que comprendía que para conseguir ese futuro que me interesaba tendría que renunciar a la búsqueda que me había obsesionado y pelearme con la mitad de mi familia, ya no me parecía tan raro que Laór hubiera tardado un par de meses en aceptar dirigir una de las bibliotecas de La Sociedad. Alguien le dijo que tenía dos opciones; una implicaba que él sufriera; la otra, que sufriera su gente. Él prefería evitar el sufrimiento de ambos, pero le dijeron que eso no era posible.

“No es una de tus opciones. No puedes tener ambas cosas”.

Cierto para Laór. Cierto para mí. Cierto siempre. Una verdad horrible que me estaba sentando muy mal. Y si mi hermana no hubiera sido capaz de notar eso en mi expresión, quizá se hubiera conformado con desearme suerte. Pero en cambio seguía ahí parada, poniéndome peros y preguntando qué era lo que no me terminaba de gustar.

Así que confesé todo lo que pude: que sería triste estar lejos de casa y mucho más que mamá estuviera tan enojada. Me reservé lo otro porque nunca quise decirle a mi hermana sobre mi búsqueda; y ¡primero muerto que decirlo frente a Sou!

Como fuera, me dejaron en paz una vez que me creyeron sincero. Tenían cosas que discutir lejos de mí, aunque no podían saber si yo sabía o no lo que ellas estaban discutiendo. Sí lo sabía, desde hacía semanas. Para mi hermana ese regalo acababa de cobrar mayor importancia. No así para mi prima, que siguió haciendo bromas al respecto.

―¡Una consola! ¿Viste la nueva...?

―Eso sería un excelente regalo: ¡para ti! Seguro estás tan fresca porque ya sabes que le vas a dar.

―Sí, claro.

―¿Qué?

―Un videojuego para la consola que tú deberías regalarle. ¿Terror o aventura?

―¡No seas payasa! ―dijo mi hermana, mientras ambas reían tan fuerte que yo podía escucharlas.

―Sí decides que la consola vale la pena, la pagamos entre las dos, ¿te parece?

―¡Sou! Ángel ni siquiera vivirá en La Tierra.

―Pues por lo mismo. Oye, ¿y si le preguntas que quiere? No es como si fueras a sorprenderlo...

―Podría. Sí, puede que sepa lo que le daré, pero también es posible que no. Es evidente que ha estado muy concentrado en otras cosas.

Más oportuno que mandado a llamar, llego Emilio. Tan pronto como entró, comenzó a coquetear con mi hermana como si aún estuviera intentando convencerla de salir con él por primera vez pero con la confianza de cinco años de enamorarse a diario, contarse todo, y armar unas peleas que sólo ellos podrían.

―Oye, cuñado, ¿tú que le vas a regalar a Angelito? ―preguntó Sou, más que nada para evitar que siguieran de melosos como si ella no estuviera.

―Le pregunté que quería...

―¿Lo ves? ―dijo mi prima, triunfante―. Te dije, Colocha.

―¿Qué te contestó? ―preguntó mi hermana, ignorando a aquella rara variedad de hiperactiva que tenía por prima.

―Qué lo sorprendiera.

Ahora a Tanya le tocaba reír.

―También me pidió que te recomendara hacerle caso a Soham.

―¡Estaría bromeando! ―supuso T.

―Pues no parecía.

Lo había dicho en serio y a sabiendas de que el juguetito se lo quedaría la verdadera adicta a los videojuegos.

A esa hora, y por la noche cuando discutí con mi mamá, yo lo sabía todo. Recordaba todo.

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