domingo, 30 de junio de 2013

|Equilibrio| -- Caos de reorganización

Un muchacho terráneo despertó en las Cuevas de Luz. Sabía todo sobre sí mismo con excesiva claridad. No como los perceptivos, que se dan cuenta, o como una persona normal que recuerda lo que puede. No. Lo sabía todo.

Lo que había escuchado, visto, palpado, degustado, olfateado. Lo que había pensado. Lo que por cualquier medio había aprendido. Lo que había sentido en lo profundo de su alma, volvía a sentirlo junto.

El afecto por su familia compartía espacio con el rencor acumulado por cada vez en que lo hicieron sentir como un bicho raro. El dolor de creer que estaban en lo cierto, se sumaba al orgullo de ser más listo que toda esa gente. Nunca antes había notado como se le había llegado a hinchar el ego de vez en cuando.

Recordaba a sus compañeros del instituto, que sólo reforzaron su ego al aceptarlo para luego eliminar esa sensación de superioridad al desafiarlo y vencerlo. Jack era incapaz de hacer un cálculo errado, Millie era tan pequeña que la gente consideraba “adorables” sus discursos sobre teoría de números, Sofía parecía saberlo todo, Ignacio conocía todos los idiomas en uso y un par de lenguas muertas... Demasiadas personas y aquí no hay espacio para ellas. Lo importante es que el muchacho los recordaba a todos.

Curiosamente, en aquel caos de emociones, información y demás, lo primero que pudo concluir fue: “¿Como se les ocurrió que soy un genio con todas las burradas que he dicho?”. Una observación trivial que le permitió mantenerse cuerdo. Recordar que él era un ser humano. Aferrarse a lo más importante de esos datos y dejar ir el resto, como lo había ido haciendo a lo largo de su vida.

Nunca lo había hecho conscientemente pero sabía que era posible, pues esa era la técnica de su mejor amiga, la joven que lo sabía todo y aún así tomaba sus consejos.

Esa muchacha que había dicho que estaba ocurriendo “algo raro”, antes de que aquel hombre se acercara y se terminara todo. La misma que ahora le mostraba su habitual sonrisa de triunfo, en un rostro mayor de lo que él recordaba.

La mujer que no le diría por qué él estaba con vida si había sido asesinado por un desconocido.


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Un conquistador despertó en el Octavo Mundo de Grista. Sabía todo de sí mismo con deliciosa claridad. No en la forma en que solía enterarse de la opinión de su joven contraparte. No. Lo sabía todo.

Que su cuerpo funcionaba perfectamente ahora, como lo había hecho durante toda su vida. Que la voz de Rita no le había parecido familiar pese a haber oído sus pensamientos por años. Que solían reírse de él porque no tenía lo que hacía falta para unirse a un ejercito de conquistadores. Que había dirigido varios y vencido. Que había sido derrotado en Ogha. Que su pequeña contraparte se había dejado quitar la vida sólo para que él muriera con ella.

Ahora que sabía todo al mismo tiempo, la traición de Rita tenía sentido. Cómo Oghense que era, su contraparte no podía menos que morir por un ideal y vivir por un amor. Qué pena que ese romance suyo hubiera resultado ser un imposible y que su ideal fuese sólo una extensión del mismo. No había rencor ahora que aceptaba que él la había empujado, primero lejos de él y luego a la muerte de ambos.

La muerte de ambos...

“¿Y entonces, como es que estoy vivo?”, se preguntó el hombre que había sido inmortal una vez y ahora volvía a serlo.

Había más preguntas que responder, pero antes, disfrutaría de esa sensación maravillosa que no duraría mucho más.

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Un huérfano, que ya contaba unos veinte años, despertó en el Décimo Primer Mundo de Grista. Sabía todo de sí mismo con dolorosa claridad. No en la forma en que su madre adoptiva solía conocer el porvenir. No. Lo sabía todo.

Y aunque su primera reacción fue tratar de recordar donde estaban sus hermanos menores, le fue imposible desprenderse de la rabia que le había causado enterarse de que esa mujer a la que amaba como a una madre, había sido responsable de su orfandad y de que lo trataran como a un monstruo.

Revivir el dolor de haber visto morir a su gemelo idéntico lo empujó un poco más a la locura inducida por tanta información.

Sí, habían buenos recuerdos, sensaciones agradables y sentimientos nobles. Pero todos habían llegado a su fin, dejando un vacío que había sido ocupado por el sufrimiento y el enojo. La infancia había concluido demasiado pronto con la muerte de su madre; la memoria de su padre había sido ensuciada por el mal concepto que se tenía de los que unían su vida a los extranjeros; su primer y último romance había dejado un corazón destrozado y una persecución contra él y sus hermanos.

Todo acababa en desgracia, incluso su sed de venganza. Pero, ahora que lo sabía todo junto, comprendía que eso último había sido un error, una elección absurda tomada por su hermano para ambos.

Sin embargo, una cosa se mantenía cierta para él: “Los adivinos son los únicos monstruos. Cambiando el universo a voluntad, llevándose de encuentro todo lo que haga falta: la ley, las personas... el equilibrio completo del universo.”

Los adivinos.... y la persona que lo había regresado a la vida sin proponérselo.

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Alguna vez, cuando yo era sólo un niño, no sabía que hacer con algunos conocimientos que obtenía con mi habilidad. Incluso resultaba confuso saber algo cuando estaba dormido porque no podía distinguir los sueños de la información real. Pero el día en que todos ellos “despertaron”, apenas si podía recordar esa época. Había madurado y, aunque mi habilidad no era gran cosa en comparación con la de muchos otros perceptivos, podía sacar el máximo provecho de ella. La comprendía, la utilizaba y la disfrutaba. Me permitía comprender el futuro, y ahí era donde yo resultaba excepcional. Veía más que los perceptivos, pues a ellos no se les muestra lo que no ha ocurrido (a menos que le roben esa información a otra persona); veía mejor que los adivinos, que por lo general no entienden lo que ven o no saben como organizarlo.

Dominaba ambas habilidades y hacía años que no era dominado por ellas.

Hasta ese día.

Es comprensible que toda esa información me hiciera perder el equilibrio primero y luego la consciencia, si consideramos que a cada uno de ellos le abrumó saber todo sobre sí mismo y yo me di cuenta del paquete completo, así como de una gran cantidad de futuros derivados por el hecho de que unos cuantos muertos ahora estuvieran vivos y pensando.

Yo estaba acostumbrado a organizar cantidades enormes de información, pero no a recibirla toda al mismo tiempo y sin haberla pedido. Además, no tenía ningún sentido para mí. Yo sólo sabía lo que deseaba saber o lo que me afectaba directamente.

Sin embargo, lo que peor me sentó, debió ser el hecho de que todo mi futuro había desaparecido de pronto. No pensé en eso cuando caí cuan largo era en el pasillo. Estaba tratando de aislar información que me interesara, como mi propio nombre y la forma más apropiada para llevar oxigeno a mis pulmones.

Mis enemigos naturales del colegio lo encontraron divertido hasta que llegó algún maestro (no iba a intentar averiguar quién era: información era lo que me sobraba) y empezaron a jurar que ellos no habían hecho nada. Por una vez era cierto.

No sé si me desmayé o el proceso de organizar toda aquella información irrelevante tomó un par de horas más de lo que yo creí. Fue una pesadilla tratar de encontrar mis recuerdos entre esas vidas ajenas, sólo para llevarme la horrible sorpresa de que muchos de mis recuerdos se habían vuelto imposibles. Todo el futuro había cambiado y la gente a la que debía conocer estaría en otra parte, o moriría pronto.

Yo mismo estaba cerca de ser asesinado. Un pensamiento irritante, pero que en aquel momento no me asustaba. Sólo debía decidir como evitarlo, y para eso ya habría tiempo después cuando no me doliera la cabeza a causa de la caída reciente.

Volví a procesar información de los sentidos básicos. Estaba en la enfermería del colegio. No la había visitado en cinco años y el sitio no había hecho más que perder el repello y adquirir humedad. Tenía mucho sueño y no hubiera sido capaz de levantar un dedo. Pero había una pregunta que necesitaba responder antes de ceder al cansancio.

¿Qué rayos acababa de ocurrir?

A veces una pregunta específica es lo que se requiere, lo sé. Pero entonces habría tenido que preguntarme primero cuál era la pregunta. Además, no tenía fuerzas para buscar respuestas específicas.

La respuesta general que obtuve, fue casi un pensamiento: “Más tarde, Ángel. Tienes tiempo. Duerme.”

¿Sofía?

¡Odiosa perceptiva absoluta! Había soportado lo mismo que yo y un poco más sin impresionarse. Ni siquiera había bastado para distraerla de contemplar a su amor platónico.

Supe una cosa más, aunque ya no tenía fuerzas para entender por el momento: la persistente, hábil y estúpida Sofía, acababa de destruir todo lo que yo conocía. Y celebraba como si no conociera las consecuencias de sus actos. Maldita su habilidad. Maldita su persistencia. Y maldito Rubén por nublar su juicio.

Pero era cierto que me convenía más dormir un rato. Y eso hice. Y seguí durmiendo hasta el siguiente día.

Mi mamá estaba asustada y, en secreto, feliz. Si yo estaba enfermo no me iría a ningún sitio. Yo estaba tan enojado porque cinco años de esfuerzo se habían ido a la basura, que me sentí tentado a decirle que ahora me quedaban unos cuantos días de vida. Desde luego, no era cierto. Me quedaban unos cuantos días para encontrar el objeto que llevaría la muchacha que iba a matarme: un artefacto formado por varios espirales que compartían origen; no podía tener más de cuatro centimetros de diametro y medio centímetro de grosor pero pesaba cerca de un kilogramo.

Un “adorno” que me parecía familiar, pero no conseguía ubicarlo. Hubiera pedido ayuda, pero no quería inquietar a mi papá. Él no estaba al tanto de aquella amenaza porque había demasiado que saber y él sólo había descubierto una parte. Entendía que algo había cambiado, al parecer cada perceptivo y adivino en el universo se había visto afectado. Miles de personas que tenían razones para conocerse tropezarían con novedades que les alejarían, amistades y enemistades imposibles se habían vuelto probables, los Ladrones de Esencias en Zohmi habían invertido su ruta; en las Cuevas de Luz, los Nidauvie habían comenzado un ritual que no habían llevado a cabo nunca antes... El universo era un sitio diferente.

Pero la mayor parte de la gente seguía sin notarlo. En eso consistía el Caos de Reorganización: una pila de cambios extremos o insignificantes, para que el universo se mantuviera estable aunque había cambiado todo.

El cambio provenía de Sofía. Había recorrido el universo y finalmente había obtenido la información para lograr lo imposible: traer a alguien de la muerte. Bueno, tal vez “imposible” no sea la forma de llamarlo entonces.

La reorganización venía de los cambios de ruta, de las vidas que habían sido devueltas junto a la del genio terráneo. De aquí en adelante, el orden y el caos volvían a bailar juntos. Sólo que, según yo lo veía, habían cambiado el ritmo por uno que me resultaba ajeno.

Las leyes de la magia y de la física permanecían inmutables, pero las posibilidades traídas por esas vidas nuevas, habían torcido todas las combinaciones posibles. Todos mis planes ya no tenían sentido; eso era fastidioso y un poco temible.

―¿Preferirías que me quede? ―propuso mi papá.

Me negué:

―Tú tienes mucho que hacer en Sthag.

―Otro podría...

―No. No lo que tú haces.

―¿Necesito saber algo sobre eso?

―Nah. Sólo ve y has tu trabajo, lo demás surge solo. Y no te preocupes tanto por mí. Sí más tarde haces falta por aquí, seguro te vas a dar cuenta. Míralo de éste modo: peor que la última vez no puede ser. Y ahora controlo mi futuro. Te diría que tengo más de que preocuparme, pero, ya vi que no.

En efecto, el futuro de mi padre en Stagh, no había cambiado en nada. Pero yo... no controlaba mi futuro. Sólo creía hacerlo.

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