lunes, 13 de mayo de 2013

Un desorden eterno llamado porvenir

Cául, mi segunda madre, que a diferencia de las otras era muy jovencita, decía que mi don era bueno para contar historias o para sorprender a la gente, si lo hacía bien. Pero todos los demás creían que mi habilidad nos iba a hacer muy ricos y poderosos... Yo siempre tuve miedo de acabar justo aquí: en el cadalzo. Y no es que lo hubiera visto en mi futuro.

Cául pensó siempre que el futuro está escrito y que todos los esfuerzos por cambiarlo sirven sólo para retrasarlo o modificar la ruta que tarde o temprano llevará al mismo destino. Una forma de pensar qué no tiene demasiado sentido, porque la ruta en sí es parte del futuro.


No es fácil ver en dónde acaba el presente y comienza el porvenir... no cuando se conoce de antemano.


Como toda segunda madre, Cául me dejó cuando entré a la juventud y abandoné la infancia, más pronto de lo normal porque tuve que aprender cosas de mayores para entender tanto futuro.


Olvidé que una vez creí sus enseñanzas, y tal vez sea mejor, porque el futuro nunca fue uno, jamás estaba preescrito. La última duda al respecto se despejó cuando conocí a la joven que se convertiría en mi pareja y me confundí de saludo. Que la tratara con tal familiaridad, la hizo indignarse y me trajo su mala voluntad. Nunca llegamos a relacionarnos, menos aún a firmar el contrato.


Y en el otro extremo, como si fuera necesario para compensar los futuros que se pierden, otros solo cambian de forma. Como el golpe del mazo que evadí ayer, sólo para estrellame contra un árbol con los mismos resultados que si no me hubiera apartado.


Me desperté en una jaula de madera, donde pude lamentarme largo rato por ese absurdo incidente en el que me vi envuelto.


Por un error tuve que huir durante horas tras las cuales me vi con la soga al cuello... en un sentido demasiado literal para mi gusto.


Ese incidente, ese error del que les hablo, se debió a que me dejé convencer por mi familia con esa locura de que yo haría cosas grandes, nobles, memorables.


Cuando supe que el viejo puente se colapsaría cuando la comitiva del Gran Guía pasara sobre él, intenté explicarles que debían detenerse. Pero la gente no entiende nunca, y yo tomé una medida desesperada, cuyo resultado no vi hasta que estaba ocurriendo.


Destruí el puente con ayuda de una miserable antorcha. La comitiva se detuvo. Investigaron. Y se me condenó por atentar contra el Gran Guía, dañar directamente a la civilización y simpatizar con los salvajes.


¡Qué situación!


Ahora, de la nada, aparecen estas personas que no he visto; reclaman mis servicios de inmediato y como La Sociedad de Mundos Libres sólo pide y obtiene, debo partir con ellos.


¡No es que me queje! Si puede que sea mejor que la horca. Sólo estoy un poco confundido. Muy confundido.


Veo un futuro prometedor, y tengo miedo de que se le ocurra cambiar una vez más. A veces me gustaría no saber.

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