domingo, 18 de noviembre de 2012

Sí, pero no lo hice

Colección: La Ruta del Adivino

La divinidad, ley o causalidad que rige el universo puede hacerse la graciosa algunas veces. Nunca se siente divertido cuando la broma se la hacen a uno.
Imagen de sxc.hu, con efectos.
Definitivamente no me dio risa que aquella loca se llevara a mi pequeña hija con un motivo desconocido para mí.
El peor enemigo de cualquier actividad, incluidos los rescates de niñas pequeñas, es la ignorancia. Cuando los niños vinieron y dijeron que una mujer se había llevado a Ámide, pero callaron ante cada pregunta nuestra, estuve cerca de entrar en la desesperación: no sabía quien, para qué o a dónde se la había llevado.
Pero, tengo mis contactos.
El enemigo natural de la ignorancia es un buen perceptivo, y cuento a un par de ellos como amigos míos.
¿Y tenías que venir aquí? —como que andaba descortés el muchacho.
Es que...
Se a que viniste. Es una cuestión de lógica, si viniste aquí precisamente porque yo puedo saber ese tipo de cosas.
Bien, entonces...
No puedo ayudarte —quien entiende a los perceptivos: ¡si acababa de decir que "sabe ese tipo de cosas"!—. Si te digo quien se la llevó, o para qué, sólo te dará un infarto. Y dónde están no lo sé. Pero conoces a alguien que sí sabe. Vete, ¿quieres?
¿Quién...?
Ameriev. ¿Qué tal si vas a tu casa y lo esperás allá?
Ah... sí —comprendí, pero todavía me sentía confundido.
En casa, mi compañera esperaba que yo volviera. Ya le habían contado lo ocurrido.
¿Sabes algo? —me preguntó.
Parece que debo esperar a Ameriev.
No entiend... —en lugar de expresar su preocupación, Zabie soltó un grito de sorpresa cuando el adivino apareció frente a mí, tan cerca de ella que prácticamente la empujó.
Vamos a las ruinas.
¿Ruinas? —pregunté, horrorizado al considerar que la coleccionista de miradas se hubiera llevado a mi pequeña.
¡No hay cientos por aquí! A donde llega la mujer que mató a su enamorado, ¡date prisa que ya me atrasé bastante esperando a que estuvieras lejos de ese problematico!
¿Ahora él lo consideraba problemático? Aunque he descubierto que los adivinos que realmente usan su habilidad consideran un problema a todo aquel que los hace cambiar de planes.
Como fuera, utilicé el instrumento de transporte que logré desarrollar con años de investigación y experimentos fallidos. Nos vimos frente a las ruinas de la leyenda, y Ameriev empezó a correr. Le seguí; en pocos minutos me di cuenta de que él seguía siendo más rápido que yo.
Lo perdí de vista y corrí sin cambiar de dirección por un momento, seguro de que me había perdido, pero de inmediato vi la casa. Al entrar a aquel lugar que parecía lo que fuera menos peligroso, escuché a la mujer que prometía lo más inverósimil posible:
... no te haré daño, sólo ven a...
¡Ay, por favor! —mi corazón dio un salto, ¡era ella!... sonaba muy molesta— Le sacas los ojos a todo el que conoces, y llevas una cosa que corta; ¡y quieres que yo te crea eso!
Oh, la asesina serial había insultado su inteligencia. Me hubiera detenido a sonreír de no ser por el grito histérico de la mujer.
¡Baja ahora mismo niña insoportable!
¡NO!— pobrecilla, estaba asustada pero intentaba ser firme.
Siguiendo los gritos, y el sonido de cristales rompiéndose y cajas cayendo, llegué al sitio en donde estaban justo cuando la demente intentaba sujetar a mi hija por la muñeca. Con la gracia de siempre, Ámide se resbaló entre sus manos y se perdió por la puerta más cercana. La mujer corrió trás ella y yo las seguí a las dos.
¡Zabita! —llamé, por el sobrenombre que ella misma se había puesto.
Un grito me advirtió que algo la había sorprendido. Comprendí que me había equivocado al llamarla, seguramente se había detenido y... No importaba, yo debía ir a buscarla: eso era todo.
De algún modo aquel pasillo llevaba a la misma sala hogareña por la cual ingresé. Ameriev estaba con Ámide, intentando calmarla, mientras la mujer le preguntaba a quién le había dicho sobre su casa. Me inventé algo simple y funcional: una navaja tan fina como una aguja. La lancé directo al cuello de la mujer y supongo que no fue coincidencia que Ameriev se interpusiera entre mi hija y aquella desagradable escena.
Zabita.
¡Papi!
Estaba tan acostumbrado a las salidas repentinas de Ameriev, que incluso me despedí de él. Pero se quedó. Me acompañó a casa y se quedó con mi familia mientras yo hablaba con las personas necesarias para que revisaran la casa de la coleccionista.
Cuando regresé, mi hija dormía en brazos de Zabie.
¿Ameriev se fue?
Está en el comedor.
Ameriev estaba preparando algún tipo de postre. Era bastante desordenado.
¡Hace meses que podrías haberme dicho donde vivía esa mujer!
Sí, pero no lo hice.
¿Acaso no secuestró a nadie desde entonces?
No me fijé —respondió, sorprendido—. Y ahora ya no puedo saberlo...
¿Cómo no revisaste...!
Pero el cortó mi regaño desde el inicio, argumentando que no podía controlarlo todo y que bastante le costaba asegurar su propio final. No dijo como encajaba en eso dejar que aquella loca secuestrara a mi hija, y no le pregunté.
Me dejó con la palabra en la boca y se dirigió a la sala. Cuando me animé a acompañarlo, lo encontré conversando con mi familia.
¿Cómo es que sabías de su casa...?
Mamá, eso es obvio, ¡sí tiene los ojos más bonitos del universo! Seguro ella lo llevó, como a mí.
Ameriev sonrió.
Creo que... mejor ya me voy.
¡Pero siempre te vas! —reclamó mi pequeña— ¿Por qué? ¡Si aquí todos te amamos!
Bien, a mí nadie me había pedido mi voto; Ameriev me caía bien, pero de ahí a tenerle aprecio... No lo conocía mucho. Zabie lo quería, eso sí.
El muchacho no fue capaz de responder a eso. Intentó decir algo un par de veces, y luego, derrotado, murmuró una sola palabra antes de salir por el frente:
Adiós.
Ámide estaba muy extrañada, pero Zabie le explicó que Ameriev debía ser muy solitario para saber como reaccionar a tanto afecto.
Bien, me temo que ya sólo resta una parada en este viaje. ¿Alguien se interesó alguna vez? Eso permanece oculto para mí.Es una lástima que no quedaran historias tan individuales como yo hubiera querido, pero los pasos para lograr un objetivo siempre están conectados, fue ilógico esperar algo distinto.