domingo, 21 de octubre de 2012

Respuesta inevitable

Colección: La Ruta del Adivino

Fotografía tomda de sxc.hu; con efectos.


—Sólo dice una respuesta verdadera —me advirtió el caballero elegante. 
—Así es —respondí.
—Sí ambos nos quedamos, le mentirá a uno de los dos. 
—Así es. 
—¿No te preocupa que te mienta?
—No. Ella querrá darme la respuesta correcta. 
—¿Así de influyente te crees?
No escuchamos los pasos de la mujer que entraba, descalza, a aquellos restos de edificio;
así que no nos percatamos de su presencia a nuestras espaladas hasta que nos saludó, con una voz vieja pero feliz. Al darnos la vuelta para responder, ella vio directamente a mis ojos y se desentendió casi por completo del resto del universo.
Por ahí no había nadie con este color de ojos. 
—Márchese —le ordenó al otro. 
—Pero... —él intento argumentar en su favor, pese a que la voz le temblaba frente a la desagradable vieja.
—Él sabrá la respuesta a su pregunta de una forma u otra. Así que no puedo decirle la verdad a usted. Márchese.
No podía ocultar el tono de ansiedad. Se moría por quedarse conmigo. Tragué grueso: las probabilidades de morir así eran pocas, pero lo más probable era que acabara tuerto.
"Un ojo menos no cambiará mi final", me dije, para vencer las ganas de salir corriendo. 
Llevé una mano a mi bolsillo y encontré el pequeño objeto del que dependía mi final. Estaba demasiado cerca como para espantarme ahora.
—Cómo te mueres por saber en donde vivo —su jovial y enronquecida voz me regresó a la realidad, cuando ya él tipo se había ido—, acompáñame. 
Mientras recorríamos una muy larga distancia, me pregunté que tanto sabía ella. Después de todo, no habría corrido el riesgo de que yo escapara con aquella información, ¿o sí? No había una sola muerte para ella que no fuera en el sitio en que vivía, así que no iba a marcharse una vez que yo supiera.
Caminé a su lado por un par de horas. No dijo una palabra y yo lo agradecí: el amor por su colección y la ausencia de sensatez vibraban en cada sílaba, y eso me espantaba más todavía. 
De pronto se detuvo. 
—No sé que quieres, pero sospecho que huirás tan pronto sepas... —sujetó mi muñeca, segura de que yo no tenía más medio de escapar que una veloz carrera.
Al verme sin más remedio que sacar la mano del bolsillo, solté de mala gana mi pequeño tesoro y me resigné a entrar a la casa: el agarre que tenía la vieja era una cosa pero su capacidad de noquear a un fugitivo era mayor.
No pasó mucho tiempo antes de que llegáramos a la casa que no podía ser encontrada si no era con la guía de su propietaria. Se veía pequeña y agradable desde fuera y momentos después descubrí, sorprendido, que en el interior era cálida y ordenada.
 El líquido viscoso e incoloro que tanto me preocupaba ya estaba servido.
—¿Lo tomarás por las buenas?
Lo tomaría de un modo u otro, así que... 
Cuatro tragos mas tarde, me quitó el vaso. Al hacerlo soltó mi muñeca, pero yo ya no era capaz de llevar la mano a mi bolsillo con la soltura de siempre. Lo intenté de todos modos, mientras ella me hacía beber el resto del líquido. Para los últimos tragos yo ya no podía sostenerme de pie, y finalmente a ella sólo le quedó arrastrarme al único sitio de la casa que no conseguía limpiar apropiadamente. 
En el camino, tomó la pequeña navaja. 
Ya estaba sobre mí, usando una mano para abrir mi ojo izquierdo y la otra para darle la posición correcta a su navaja, cuando yo conseguí asir el Localizador. 
No sé por qué con estos artefactos uno siempre está de pie cuando aparece frente al objetivo. El caso es que a Áled le tocó sostenerme, pues yo no podía.
Su vecina, en ese momento de visita, le preguntó quien era yo. Él no respondió: estaba ocupado intentando averiguar que me pasaba. Sólo pude pedirle "algo dulce". 
—Yo voy —anunció una vocecita que en aquel momento confundí con la de otra persona. 
Fue la primera y última vez que Ámide me consiguió un notal, cuidadosamente dividido en dos partes desiguales.

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