domingo, 14 de octubre de 2012

De paso

Colección: La Ruta del Adivino


Fotografía de Dieter Baumann con efectos de http://pixlr.com/o-matic/

No había visto a Ameriev en seis años. La ocasión anterior había sido terrible... y afortunada. Él había decidido que ya no quería ser esclavo y se había presentado en mi solitaria casa para pedirme un favor extraño. Decía que no podía irse sin ser perseguido. Y me prometió pagarme si hacía una buena oferta por su cara cabeza. 
Le "presté" todo lo que pude y me presenté en el sitio al que había jurado no volver. El tipo aceptó el dinero sin decirme una palabra, entró a las celdas, y volvió con una mujer. 
—Pero yo... 
—Tú quieres al extranjero. Pero no hay otro contenedor como ese, ¿sabes? Nunca te ajustaría esa suma. Ten un buen día.
Abrí la boca para quejarme. 
—¡Sin devoluciones!
En todo caso yo no hubiera sido capaz de exigirla. Es decir, había arruinado mi trato con el pequeño adivino, pero no podía regresar a su celda a la desvalida mujer que me seguía mirando con aprensión. 
La recordaba, a pesar de que hacía un año que había hecho de Edecan para nosotros. Lucía muy maltratada pero seguía teniendo la belleza triste de aquella ocasión.
La llevé a mi mundo y le di su libertad. También le di albergue un tiempo, mientras organizaba su vida. Cuando estuvo en condiciones de rentar una casa, le pedí que no lo hiciera. Le pedí que se quedara conmigo.
No sabía ni por qué, pero estaba acostumbrado a ella. Además ahora que se le veía menos triste y más limpia, era toda belleza. 
Ni entonces, ni después de unirnos, hablamos sobre su esclavitud. A sus cuatro años, nuestra hija seguía sin saber que Zabie había sido esclava y que yo la había comprado prácticamente por error.
Pero, entonces, a la hora de la cena, apareció Ameriev. Nos saludó a los tres por nuestro nombre. Cuando comprendí que es muchacho era el adivino al que le había ofrecido prestarle lo necesario para ser libre, entendí que era normal que supiera quienes eran ellas. Sin embargo me tomó por sorpresa la inmediata respuesta de mi amada: 
—¡Ameriev! ¿Qué haces aquí? ¡Estas enorme!
—No realmente, pero no me vez desde hace años. ¡Estoy viejo!
Ya debía estar acerandose a los diecinueve. Quizá a los veinte. No era vejez en mi mundo.
—¿Ustedes se conocen? —pregunté, olvidando por completo responderle el saludo al inesperado visitante. 
—Eramos esclavos del mismo tipo, ¿no te acuerdas? Nos viste juntos cuando estuviste en las celdas.
No, no me acordaba. Por eso no se me había ocurrido siquiera advertirle que no lo mencionara frente a Ámide. No pensabamos contarle, y mucho menos ahora. ¿Acaso mi pequeña hija sabía siquiera lo que era un esclavo?
—¿Cómo... ? —no pude preguntarle como había logrado escapar sin mi ayuda, porque lo más apropiado era disculparme. Y, ¿que tipo de excusa era?
—¡Ah, eso de necesitarte para irme! Esperé unos días más. Como ya tenía otro contenedor él no estuvo tan eficiente a la hora de buscarme. 
No era posible que él no hubiera previsto eso. Sin embargo yo no iba a quejarme de como habían ido las cosas.
Además de soltar aquella pieza innecesaria de información, Ameriev fue a nuestro patio a cosechar las frutas del árbol que sembré por indicación suya. 
Luego desapareció de nuestras vidas una vez más. Al parecer sólo se había presentado ahí porque deseaba hacer un postre a base de Notal.

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