domingo, 21 de octubre de 2012

Respuesta inevitable

Colección: La Ruta del Adivino

Fotografía tomda de sxc.hu; con efectos.


—Sólo dice una respuesta verdadera —me advirtió el caballero elegante. 
—Así es —respondí.
—Sí ambos nos quedamos, le mentirá a uno de los dos. 
—Así es. 
—¿No te preocupa que te mienta?
—No. Ella querrá darme la respuesta correcta. 
—¿Así de influyente te crees?
No escuchamos los pasos de la mujer que entraba, descalza, a aquellos restos de edificio;

domingo, 14 de octubre de 2012

De paso

Colección: La Ruta del Adivino


Fotografía de Dieter Baumann con efectos de http://pixlr.com/o-matic/

No había visto a Ameriev en seis años. La ocasión anterior había sido terrible... y afortunada. Él había decidido que ya no quería ser esclavo y se había presentado en mi solitaria casa para pedirme un favor extraño. Decía que no podía irse sin ser perseguido. Y me prometió pagarme si hacía una buena oferta por su cara cabeza. 
Le "presté" todo lo que pude y me presenté en el sitio al que había jurado no volver. El tipo aceptó el dinero sin decirme una palabra, entró a las celdas, y volvió con una mujer. 
—Pero yo... 
—Tú quieres al extranjero. Pero no hay otro contenedor como ese, ¿sabes? Nunca te ajustaría esa suma. Ten un buen día.
Abrí la boca para quejarme. 
—¡Sin devoluciones!
En todo caso yo no hubiera sido capaz de exigirla. Es decir, había arruinado mi trato con el pequeño adivino, pero no podía regresar a su celda a la desvalida mujer que me seguía mirando con aprensión. 
La recordaba, a pesar de que hacía un año que había hecho de Edecan para nosotros. Lucía muy maltratada pero seguía teniendo la belleza triste de aquella ocasión.
La llevé a mi mundo y le di su libertad. También le di albergue un tiempo, mientras organizaba su vida. Cuando estuvo en condiciones de rentar una casa, le pedí que no lo hiciera. Le pedí que se quedara conmigo.
No sabía ni por qué, pero estaba acostumbrado a ella. Además ahora que se le veía menos triste y más limpia, era toda belleza. 
Ni entonces, ni después de unirnos, hablamos sobre su esclavitud. A sus cuatro años, nuestra hija seguía sin saber que Zabie había sido esclava y que yo la había comprado prácticamente por error.
Pero, entonces, a la hora de la cena, apareció Ameriev. Nos saludó a los tres por nuestro nombre. Cuando comprendí que es muchacho era el adivino al que le había ofrecido prestarle lo necesario para ser libre, entendí que era normal que supiera quienes eran ellas. Sin embargo me tomó por sorpresa la inmediata respuesta de mi amada: 
—¡Ameriev! ¿Qué haces aquí? ¡Estas enorme!
—No realmente, pero no me vez desde hace años. ¡Estoy viejo!
Ya debía estar acerandose a los diecinueve. Quizá a los veinte. No era vejez en mi mundo.
—¿Ustedes se conocen? —pregunté, olvidando por completo responderle el saludo al inesperado visitante. 
—Eramos esclavos del mismo tipo, ¿no te acuerdas? Nos viste juntos cuando estuviste en las celdas.
No, no me acordaba. Por eso no se me había ocurrido siquiera advertirle que no lo mencionara frente a Ámide. No pensabamos contarle, y mucho menos ahora. ¿Acaso mi pequeña hija sabía siquiera lo que era un esclavo?
—¿Cómo... ? —no pude preguntarle como había logrado escapar sin mi ayuda, porque lo más apropiado era disculparme. Y, ¿que tipo de excusa era?
—¡Ah, eso de necesitarte para irme! Esperé unos días más. Como ya tenía otro contenedor él no estuvo tan eficiente a la hora de buscarme. 
No era posible que él no hubiera previsto eso. Sin embargo yo no iba a quejarme de como habían ido las cosas.
Además de soltar aquella pieza innecesaria de información, Ameriev fue a nuestro patio a cosechar las frutas del árbol que sembré por indicación suya. 
Luego desapareció de nuestras vidas una vez más. Al parecer sólo se había presentado ahí porque deseaba hacer un postre a base de Notal.

lunes, 8 de octubre de 2012

Azul Sangre

Colección: La Ruta del Adivino



Imagen de Matt Benson
Cuenta la leyenda que una mujer ronda estas ruinas por las noches. La gente más sensata supone que la leyenda fue causada por alguna joven desamparada que encontró refugio en este sitio hace tanto tiempo abandonado. Tienen razón, en parte.
Cuenta la leyenda que esa mujer le dice la verdad a quien se atreva a hacerle una pregunta. No importa cuál, recibirá respuesta. Eso sí, sólo a uno. Sí llegan más personas no contesta. Sí llegan personas diferentes, cada quien con su pregunta, le dirá la verdad sólo a uno. La gente más sensata piensa que esas son reglas que usa una vendedora de verdades, para darse importancia. Tienen razón, en parte. 
Cuenta la leyenda que esa persona que llega sola a hacer una pregunta, nunca vuelve a ser vista. La gente más sensata piensa que si se sabe que dice la verdad es porque sus clientes han vuelto a ser vistos, así que tal aseveración debe ser falsa. Tienen razón, en parte. 
Hace como quince años, cuando yo no nacía todavía, esta mujer era una jovencita, una niña que empezaba a crecer. Tenía un enamorado; un niño poco agraciado, tartamudo y medio inútil, que la conquistó con una sola mirada. 
Porque tenía los ojos muy bonitos.
Pero entonces comenzaron a burlarse de ella. Sus compañeros de estudios le ponían apodos y empezaron a hacerle los desplantes y bromas pesadas que antes dirigían al muchachito. No podía seguir siendo la novia del tartamudo, la compañera de el torpe... No lo soportaba. Pero tampoco podía dejarlo.
Un día como cualquier otro, él la llevó a las ruinas, y ahí conversaron largo y tendido, mientras ella se perdía en esos ojos. 
La primera vez que ella entró a las ruinas al atardecer. 
Unas dos horas después, aunque ya debían volver a sus casas, él se vio en la necesidad de preguntar:
—¿Cómo podría alejarme de sus burlas para siempre?
"Para siempre" es mucho tiempo. Y la posición de él... 
—No querrías oírlo. 
—Sí, dime. 
—Tendrás que morir. 
La primera verdad de las ruinas. 
Una verdad que a él le causó miedo por un instante, pero la puso a un lado con facilidad; no significaba mucho porque no pensaba morir pronto. Sin embargo fue una revelación para la chica. ¿Acaso no sería más fácil para ambos que él muriera de una vez? La tentación de ir tras esos ojos también iba a desaparecer. 
—Nos vamos ya, ¿verdad?
Ella simplemente asintió. Incluso caminó tras él por un momento. Parecería un arranque de inspiración que levantara esa bonita roca, pero no: el final del muchachito había sido decidido desde que hizo esa pregunta.
Dando saltitos que la hacían ver más como una niña y menos como una adolescente, lo alcanzó cerca de la puerta, y sin detener su paso lanzó un golpe más bien descuidado contra la cabeza de él, justo cuando lo rebasaba por la izquierda.
Así se desencadenó un torrente rubí, un dolor de cabeza, un grito de sorpresa y una mirada de confusión absoluta. ¿Que podía haber hecho para merecer un golpe repentino? ¿Si ella estaba enojada, porque mostraba su más dulce sonrisa?
Ella reflexionó sobre los resultados; necesitaba un golpe más intenso. 
Mientras ella pensaba, él se llevó una mano a la herida abierta, sólo para descubrir la sangre furtiva. La duda se convirtió en miedo entonces; y el miedo en terror cuando vio la roca acercándose de nuevo, ahora con más fuerza.
―¡Qué haces! ―se quejó, interponiendo su brazo en la trayectoria, con pobres resultados.
Aún cuando fue más débil que el anterior, el impacto sobre el área ya resentida causó más dolor. 
Atontado como estaba en este punto, intentó empujarla con la intención de largarse. Pero ella estaba más alerta y decidida. 
―Es lo mejor ―intentó explicar la jovencita que obtenía respuestas, mientras evadía el empujón y lanzaba un nuevo golpe.
Uno más acertado.
El tercer grito de dolor vino acompañado por el lamento del cráneo al romperse, y fue seguido por el golpe sordo de un muchacho que caía sobre su costado izquierdo. Sabía que todo estaba terminando, y cedió ante aquella verdad tan perturbadora como la que le había revelado su amada. Tendido como estaba, parecía dormir y estar preso en una pesadilla; pero el manantial de sangre ―ahora acompañada por la sustancia del pensamiento― desmentía aquella posibilidad.
La chiquilla sostuvo el aliento. Sorprendida por las sustancias que se mezclaban en tan rara manera. Sintió curiosidad suficiente para intentar tocar aquella masa, pero cuando lo hizo descubrió con terror que su admirador estaba consciente: él le obsequió una de esas miradas que la habían hecho aceptar lo inaceptable. Nunca había dolido tanto ver aquellos ojos, porque sabía que era la última vez.
Esa mujercita manchada de sangre ajena fue incapaz de controlar el llanto frente a la nueva verdad que descubría. 
Se abandonó a las lágrimas por largo rato, sentada en un rincón e incapaz de observar su obra. Pensando en lo injusto que resultaba todo aquello. ¿Acaso no había renunciado a su independencia, incluso a su dignidad, para poder ver esa mirada a diario? Y un momento de cobardía lo cambiaba todo. Ella había creído que era lo mejor, y no lo dudaba aún ahora, pero... ¿y su tesoro, su obsesión?
De pronto, ahora sí por inspiración, entendió que no tenía que ser así.  Corrió a  buscar, entre sus cosas, una lo bastante afilada. Tuvo que conformarse con su pluma.
Se acercó al individuo que no tenía coordinación para moverse pero se había arrastrado casi un metro desde que ella se apartara de él momentos antes.
Lo empujó para que quedará boca arriba y se sentó sobre su pecho por comodidad, pero con el efecto de que ahora él se quedaría quieto. 
Se concentró tanto y necesitó tanto esfuerzo, que llegó ha morderse la lengua hasta que un sabor metálico inundó su boca... pasando completamente desapercibido. Es comprensible que tampoco escuchara los quejidos débiles del individuo que no tenía fuerzas para apartarla y menos aún para escapar como hubiera querido. Aunque sí la molestó bastante ese movimiento involuntario de sus párpados.
Cuando creía que ya lo tenía, la inadecuada herramienta se enterró en donde no debía. La chica soltó un grito de disgusto. Se tomó un momento antes de atreverse a hacer nada más. Pero, ¿acaso debía resignarse a que se lo quedarán los gusanos? No, ella se había ganado esta joya con humillaciones y esfuerzo.
Pero antes de continuar, para evitar molestias innecesarias, terminó de conceder el deseo de su enamorado: nunca más volvería a recibir las burlas de esas personas. Sólo hizo falta golpear una vez más la parte izquierda de aquella poco agraciada frente.
Fue más precisa esta vez. Sus manos habían dejado de temblar y también aquella cortina destinada a  mantener a salvo aquel tesoro había dejado de moverse. 
Finalmente pudo sostener el záfiro incrustado en una esfera ensangrentada, y cuando se cansó de verlo lo colocó en la caja de su almuerzo que todavía guardaba algo de frío.
Supuso que debía seguir la tradición y entregarle el cuerpo a la naturaleza; pero ya era media noche y ella se había esforzado bastante, así que no tuvo ganas. Lo arrastró hasta el bosque, y ahí que la naturaleza lo recuperara a su manera. Lo hizo, sí: por medio de las alimañas.
El primer desaparecido en las ruinas.
Nadie pudo comprobar que ella tenía algo que ver. Pero lo sospechaban, así que tuvo que marcharse. Sólo la entristecía que su trofeo se hubiera echado a perder, así que aprendió a conservar los siguientes. 
Desde entonces ha estado creando una leyenda y coleccionando ojos negros, azules, rojizos, castaños... 
Sí me descuido tendrá unos ojos bicolores en su armario.