sábado, 8 de septiembre de 2012

Una muerte menos

Colección: La Ruta del Adivino

Imagen de Amir Darafsheh, con efectos agregados.


Poco tiempo después de la confrontación por los esclavos, yo era una joven enclenque y cobarde. Tenía pocas razones para seguir con vida, y una sola para desear morir. 
Una poderosa razón. 
A diferencia de los demás esclavos, yo no estaba conforme. No se trata de las ganas que pudiera tener de ser libre, que si he de ser honesta, no quería...  ¿Cómo que por qué no? Cuando pasen hambre y su hermano menor se muera en el frío y sientan envidia de él, porque al menos ya no sentirá ese dolor espantoso del clima gélido penetrando en sus huesos; entonces vengan a decirme para que querría ser libre.
En fin, estaba cansada. Mi amo era un tipo detestable y encontraba divertido lastimarnos sin motivo. Así que yo decidí terminar con todo de una vez. Cuando la oportunidad se presentó, me dispuse a tomarla. Mi amo me llevó con él para efectuar la compra de algunos esclavos, en uno de esos sitios a donde llevan a la gente de las calles, la seleccionan según sus cualidades, y la preparan para la esclavitud que les sea más apropiada. A mi no me obtuvo de ese modo, pero ahora esa era la mejor manera.
Me dejó en el balcón, un sitio amplio que servía para hacer esperar a los esclavos. Ahí fue donde vi mi oportunidad.
Pero entonces también apareció el pequeño. Un adolescente adorable, de hecho. 
—No saltes de aquí —me dijo—. Es muy bajo. Si saltas desde aquí, sientes mucho dolor antes de morir. Busca un punto más alto. 
—Ya esperé bastante.
—Pero aún puedes esperar más. Saltar de la media luna de Girexovi, tienes... 22 oportunidades. Y volverás aquí, esas son 14 posibilidades más de saltar de éste mismo punto... aunque en realidad no eliges el mismo punto ni una sola vez... Puedes dispararte con el arma de un guardia... 19 veces estás en la posición correcta, pero en dos de ellas cometes un error y pasas como vegetal hasta que mueres de hambre... 122 veces...
—¡Cállate! —logré gritar, por fin. Ante el último horror que había escuchado había salido de mi sorpresa.
Al instante sentí culpa; él era prácticamente un niño y por la forma en que hablaba se trataba de uno de esos oráculos, incapaces de guardarse las desgracias que ven contra su voluntad.
—Perdona. No debí gritarte.
—Tal vez no, pero yo estoy acostumbrado. Todos los que no me gritan así, me suplican que me detenga. Excepto una persona a la que iba a conocer... Él entendía, como yo, que se trata de buscar el mejor resultado posible, aunque debamos cargar con las posibilidades. Claro, para él se trataba de como vivir, para mí, se trata de buscar el final perfecto. Yo haré de la mía una muerte envidiable.
—¿Quien envidiaría la muerte?
—Cualquiera que entienda que alguna va a tener, así que mejor que sea buena.
Cuando lo decía así, hasta sonaba lógico. Pero eso no cambiaba que el pequeño debía estar transtornado por algún motivo.
—¿Quieres oír tu final feliz, Zabie?
—¿Acaso tengo uno? —dije, escéptica. 
—Varios, de hecho. Mi favorito es en el que tu pareja sostiene tu mano y tus hijos y nietos están. Pero es muy difícil que todos lleguen... yo no contaría con que ocurra. Sin embargo, es muy tierno. 
—Las esclavas no se casan. No conocen a sus hijos.
—¿Y eso qué? —preguntó.
No fui capaz de responder. 
Por favor, no te suicides —pidió, sin demasiado sentimiento
Cuando se marchó, yo ya no pude saltar.
Admito que fue una locura, un arrebato infantil, pero la posibilidad de vivir la libertad de los privilegiados me fascinó tanto que recuperé el miedo a la muerte. 

Esto cada vez parece más una historia y menos un grupo de relatos... Así que hice uno en el que no sale Áled.

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