viernes, 21 de septiembre de 2012

¿El final que yo quiera?

Colección: La Ruta del Adivino

imagen de E. Hernandez

Ameriev era un niño afortunado, pero no lo sabía. 
Su madre, sobreprotectora y un poco demente, había decidido que su hijo no tenía porque tratar con las amenazas del mundo, en tanto ella viviera. Así que el pequeño niño conocía exactamente cuatro personas: Su padre, su madre y dos de sus hermanos. A la mayor no la conocía, porque su madre la contaba como un riesgo.
Ella no sabía de qué lo salvaba. Quería alejarlo del riesgo que corrían otros niños en las Cuevas de Luz, pero el observador de muertes no se parecía a ninguno de ellos. Existen un par de mundos en los que fácilmente habría pasado por enfermo: autismo en La Tierra, Madurez acelerada en el noveno mundo.... Su padre consideró que era sólo el signo de la rebeldía. Empezó a temer que alguna obsesión lo sacaría de su casa. Y luego dicen que la adivinación no es hereditaria. No. Es una broma, él hombre no era realmente adivino, pero acertó, durante cinco años, en cada suposición que hizo sobre su hijo, y sobre todo en esas dos.
Cuando la sobreprotectora madre falleció, sus hijos quedaron completamente huérfanos, porque su pareja se obsesionó con la idea de devolverle la vida. Sabía que era imposible, pero como no pensaba en otra cosa, se le declaró ambicioso y le dijeron que se fuera. Los tres niños quedaron bajo el cuidado de su hermana mayor. El día en que Isabaer llegó a la casa para despedirse de su padre y saludar a sus hermanos, él buen hombre hizo su última suposición sobre Ameriev. 
Cuando la joven mujer se le acercó. Ameriev lloró como si le lastimaran, y huyó de ella tan pronto como pudo.
—La gente tenía razón —supuso el padre del niño, recordando que éste había hecho tales rabietas que las personas que le habían ido a entregar un obsequio tras la muerte de su madre, según la tradición, se habían asustado—; ahora que ella no está y él puede ver a quien quiera, ya no es capaz de tratar con la gente. Ha estado aislado demasiado tiempo.
Su última suposición era, además, equivocada. 
Ameriev no había llorado porque no quisiera tratar con una persona nueva. Sus temibles berrinches no eran nada personal en contra de quienes le habían saludado tan amablemente. Sólo estaba asustado. 
Nunca antes había tenido consciencia de su habilidad. Sabía todas las formas en que podían morir sus cuatro conocidos, y había llorado a su madre varios meses antes que cualquiera. Pero como lo había sabido desde siempre, no creía que fuera nada especial. Ahora, que tenía que conocer de golpe todas las posibles muertes de cada persona con la que hablaba, daba miedo. No sabía que no era lo usual, así que no lo comentó con nadie. Pero le asustaba. 
Con el tiempo, se acostumbró a ver gente en el lecho rodeada por sus hijos al mismo tiempo que les veía tropezar y romperse el cuello; de vez en cuando, veía a un ambicioso morir fuera de las Cuevas de Luz y extrañaba a su padre. 
Un día, cuando el adivino casi alcanzaba los 8 años, llamó a la puerta una extranjera. Había conocido al padre distante. No les dijo que ella buscaba lo mismo que él, y que había venido a investigar la leyenda del oceáno sin fondo, en donde se suponía había magia que podía ser usada para lo que fuera; incluyendo revivir a los muertos. 
Sólo dijo que él estaba bien, que los extrañaba y enviaba saludos. 
—No tengas miedo, Ameriev —dijo, en algún momento de su breve visita—. Seguro que te sobran razones, pero lo que tienes es el poder de tomar la decisión más apropiada, sólo debes aprender a relacionar el presente con esos futuros que puedes ver. Para que tus actos sólo provoquen el futuro que quieres. 
—Entonces... ¿Puedo elegir lo que yo quiera?
—Sí.
—Pero va a disgustar a mucha gente. 
—Siempre se disgusta alguien. Como no puedes conformarlos a todos, tendrás que conformar sólo a uno. Te sugiero que ese seas tú.
—Entonces... quédate un día.
—¿Por qué? —interrogó ella, sin ver que relación tenían ambas cosas.
Se suponía que ella podía saber lo que quisiera, incluso las predicciones que otros hacían sobre el futuro. Pero no con éste niño. Los ojos de él veían más allá de la realidad en que vivían, y ella sólo podía conocer la realidad que habitaba. 
Por fortuna, no hacía falta, porque el niño quería decirle.
—Si te vas ahora te van a detener. Ni tú ni yo tendremos lo que queremos.
La chica sonrió. 

viernes, 14 de septiembre de 2012

El contenedor

Colección: La Ruta del Adivino


Toxic Smoke, de dknudsen

Otro día en el trabajo. Y en este caso, el trabajo volvía a efectuarse en Gehi. No era mi lugar favorito, pero hay que reconocerle que tienen una infraestructura preciosa. Supongo que, contando con esclavos, sólo falta creatividad para hacer maravillas en todos los materiales posibles. 
Además, sabían hacer negocios. No sólo intercambiaban esclavos, también vendían de todo un poco. 
Por eso estábamos ahí; íbamos a comprar un activo muy valioso: magia. 
Sí, ya sé, hay magia en muchos sitios y suena lamentable que haya que comprarla, pero es que algunos niveles de magia son bastante cotizados debido a que rara vez aparecen. No hablo de un don único, sólo de magia poderosa. Una que preferimos lejos de conquistadores, belicosos o problemáticos. Así pues, teníamos que participar en la subasta. Y ganar.
No es tan raro que la mayor parte de los involucrados fueran del décimo tercer mundo. Pero había cierta gente ahí, que no parecía tener motivos para querer magia de ningún tipo. La mayoría se jugó todo con las primeras piezas; habilidades contenidas en cajas mágicas, libros invaluables, e incluso un mago. 
"La siguiente maravilla del evento, no puede ser contenida ni por objetos ni por palabras, señores", anunció el anfitrión, un déspota que maltrataba a sus esclavos y estafaba a quien se dejara. Sus palabras provocaron en mí una muy natural curiosidad: ¿y entonces, como nos la entregarían? A juzgar por el código, esa era la magia que no podíamos perder. "Sólo pueden participar quienes tengan su propio contenedor, puesto que el nuestro no está a la venta. Es nuestro mejor contenedor, después de todo."
Miré al negociador, como en busca de explicaciones. Yo sólo venía por protección, y antes no había sentido curiosidad por los detalles de la compra. Pero nuestro experto ya estaba haciendo ofertas, y pronto se vio enzarzado en dura competencia con unos tipos de origen desconocido que parecían tener recursos ilimitados.
Tomó media hora antes de que el rival se viera rebasado por La Sociedad. Se le veía muy enojado. 
Cuando acabó la subasta, mientras todos retiraban sus piezas, una mujer se acercó a nosotros. 
—Su pieza está en otro sitio, acompáñenme. 
Sí su voz me dejó frío, más frío me dejaron sus ojos; ambos rasgos estaban llenos de tanta belleza como sufrimiento. Iba descalza. Nuestra "edecán" era una esclava y nos llevó a las habitaciones que toda su clase ocupaba. Las paredes eran de vidrio lila. El material más fuerte de aquel mundo, según dicen. Permitía que viéramos el hacinamiento y supongo que facilitaba las vigilancias o algo así. No es que aquellas personas sin voluntad necesitaran ser vigiladas. 
En la más pequeña sólo habían dos personas. Una anciana y un niño gravemente enfermo. 
Nuestra guía se detuvo justo al lado de la puerta, como dándonos espacio para entrar. En ese momento la anciana nos miró con terror. Al parecer era la emoción que les quedaba a los esclavos. Al menos había algo. En ella, en nuestra guía. Los demás eran cuerpos sin alma. 
—El amo vendrá en un momento —anunció la esclava mientras abría la puerta—. Pueden ejecutar una evaluación si gustan. Es el muchacho. 
Desde luego, no entendí. Pero el negociador al que acompañaba seguramente lo tenía muy claro, porque se acercó al niño enfermo y le dijo algo así como "A ver, ¿sabes lo que tienes?".
Él no reaccionó, y mi compañero no parecía necesitarlo. Lo obligó a incorporarse entre las mantas que le habían dejado en el suelo, ignorando un quejido de dolor emitido por el chico. 
Yo seguía en el umbral, pasmado. No tenía nada que hacer ahí dentro, y ojalá no hubiera tenido nada que hacer en aquella prisión. 
De pronto mi compañero de trabajo golpeó al niño en el rostro. Estuve cerca de intervenir, pero la esclava me detuvo con sólo su voz al preguntar: 
—¿Nunca ha visto una evaluación?
—No —respondí.
—Él estará mucho mejor cuando termine. Eso es un consuelo. 
La voz le temblaba. No creo que yo la tuviera tan impresionada como ella a mí, así que probablemente se trataba de miedo: supongo que no era apropiado que me estuviera hablando. La llegada del "amo" confirmó mis sospechas, porque ella apartó la vista de mí tan pronto como él apareció.
Vendedor y cliente intercambiaron palabras, todas compresibles por si mismas, pero el diálogo fue ajeno para mí. Luego mi compañero volvió a inclinarse sobre el enfermo. Y entonces, se quejó de algo. Un momento de confusión siguió, y luego el amo zarandeó al niño, lo levantó con fuerza y le golpeó, no con la "efectividad" que había mostrado mi compañero, sino con genuina ira. A mi lado, aún más horrorizada que yo, la esclava retrocedió y sollozó. 
En la habitación, donde la anciana veía la golpiza con apatía, mi compañero intentaba calmar la ira del anfitrión y me hacía señas para que no me metiera en el problema. Ya le habían advertido de mis "arranques de nobleza", supongo. 
La esclava triste no recibió ningún consejo parecido al que me ofrecía mi compañero, y trató de intervenir: 
—Amo, por favor... no lo lastime. 
—No te metas — la rabia se centró en ella por un momento, y fue un poco extraño ver que ella se quedaba firme mientras el se acercaba con el claro propósito de hacerle daño. 
—Señor, ¿será que ella puede convencerlo? —preguntó mi compañero.
El amo sujetó a su esclava por el cabello y la hizo caer al suelo, frente al muchacho que no podía mantenerse en pie por su cuenta. 
—Puede —sonrió—. Y si no, voy a matarla. 
—¿Por qué haces esto? Dijiste que ibas a quedarte quieto y hacer lo que te dijeran —la esclava se dirigió al niño con ternura maternal.  
Si no me hubiera conmocionado eso, de nada me hubiera servido enumerar mentalmente todas las armas que conocía para mantener la calma. 
El niño murmuró una respuesta.
—¡EXIGENCIAS! ¡DE UN ESCLAVO! —bramó el amo— ¡NO LAS TOLERARÉ!
—Señor. Tiene que cumplir con nuestro trato —comentó el negociante—, y la verdad es que no es cosa difícil... 
—¡LOS ESCLAVOS NO EXIGEN NADA! ¡NUNCA! 
Y dispuesto a enseñarle su lugar al pequeño, volvió a ponerlo de pie. 
El golpe siguiente me hartó. Tal como el niño, olvidé mi posición en aquel sitio y entre a la celda, a tiempo para sujetar el brazo de su amo antes de que le golpeara nuevamente. No soy una persona fuerte, de modo que lo que realmente le detuvo fue la sorpresa. Me miró, confundido. Yo era un cliente, pero le estaba faltando al respeto. No sabía manejar esa combinación. 
No me fijé más en él una vez que vi al niño sonreír aliviado. 
Con el cabello sobre el rostro, la piel en tono verdoso y la sangre en la barbilla, aquella sonrisa debía ser lamentable. Pero no. Él niño estaba "feliz de verme". Suspiró, agotado, y me habló tan alto como podía, es decir en un murmullo apenas audible: 
—Como te demoraste.
Reunió fuerzas para alzar la mirada, y entonces me di cuenta de dos cosas: que sus ojos estaban llenos de la voluntad que ningún otro esclavo ahí tenía, y que yo lo conocía. 
Esos ojos bicolor brillaban con el fuego de siempre. Yo no podía creer que él estuviera ahí, pero menos aún comprendía como es que nadie había notado que aún en tan malas condiciones, tenía todo bajo su control. ¡Si sus ojos lo gritaban! Como siempre. 
—¿Tienes algo dulce, Áled? Llevo como trece meses sin comer algo dulce.
—¿Ameriev, cómo acabaste aquí? —pregunté, mientras cerraba mi mano, sosteniendo una inexistente fruta.
El amo se mostró preocupado. A diferencia de la mayoría de las personas de su mundo, este hombre conocía bien las leyes de La Sociedad y sus negocios funcionaban bajo las leyes de la misma. Eso significaba que aquel pequeño esclavo era una afrenta que le podía traer problemas. 
—Una estrella sin magia hace buen contenedor —respondió el niño, con sencillez. 
—No tienes que quedarte —dije, abriendo mi mano para entregarle una fruta que ahora si estaba ahí.
Por si no lo sabían, no sólo puedo inventar armas. 
—¡No por favor! —dijo él, con voz triste, mientras tomaba la fruta— No puedo irme. No me lo pidas porque creeré que lo deseo más que nada, y no es así. Yo... —sollozó— voy a estar bien. Se trata de poco tiempo, muy poco tiempo, en comparación con lo que he pasado... No me lo pidas. 
—¿Es que a ti también te quebraron, niño? Porque recuerdo que dijiste que tomarías el camino que quisieras.
Sonrió. 
—Eso hago. Esta fruta.... no hay arboles de esto, ¿verdad? La inventaste sin modelo. 
—Sí. 
—Con razón no había podido encontrarla.... Deberías hacer una con semillas. El universo necesita árboles de Notal.
Y con el entusiasmo de quien tiene enfrente su comida favorita, él niño mordió aquella fruta para luego suspirar de gusto.
Sólo después de terminarla se dignó a hacer lo que se le había ordenado: entregarle la magia a mi compañero de trabajo, quien no venía de las Cuevas de Luz, pero también podía servir de contenedor. 
Para cuando mi compañero se dio por satisfecho, Ameriev se veía saludable, aunque cansado... y lastimado debido al coraje que había hecho pasar al tirano. La magia que no podía usar, lo había puesto enfermo. Para mi compañero, desde luego, era distinto. 
Antes de marcharnos, vi que la esclava de ojos azules me sonreía. Y le devolví la sonrisa sin pensar. 

sábado, 8 de septiembre de 2012

Una muerte menos

Colección: La Ruta del Adivino

Imagen de Amir Darafsheh, con efectos agregados.


Poco tiempo después de la confrontación por los esclavos, yo era una joven enclenque y cobarde. Tenía pocas razones para seguir con vida, y una sola para desear morir. 
Una poderosa razón. 
A diferencia de los demás esclavos, yo no estaba conforme. No se trata de las ganas que pudiera tener de ser libre, que si he de ser honesta, no quería...  ¿Cómo que por qué no? Cuando pasen hambre y su hermano menor se muera en el frío y sientan envidia de él, porque al menos ya no sentirá ese dolor espantoso del clima gélido penetrando en sus huesos; entonces vengan a decirme para que querría ser libre.