lunes, 30 de julio de 2012

Viejos Conocidos

Colección: La Ruta del Adivino


Imágen: Nature in fury II 1, de Jesuino Souza

Ese día salió todo mal. Todo. 

Primero, nos perdimos. Mi nuevo compañero de viaje era más torpe que el anterior. Yo ya había empezado a trabajar en un instrumento que me permitiera viajar sin ayuda, pero no es fácil hacer objetos desde cero. Tenía mucho que entender sobre distancias y superposición. Así que no tenía más remedio que soportar al tipo éste. 

Llegamos a nuestro destino demasiado tarde. El objeto que debíamos recuperar estaba en terreno peligroso para entonces. Sugerí volver y fui tratado de cobarde.

—Bien, pero debemos quedarnos lejos de la cuidadora —tuve que ceder.

Amavdia.

Mi peor enemiga. Experta en el uso de todas las armas existentes en su mundo. No había forma de sorprenderla. Pero yo lo había hecho ya en dos ocasiones. ¿El truco? Yo no tomaba armas de su mundo, ni tenía que llevar ninguna desde el mío. Todo lo que uso lo construyo cuando lo necesito. De ahí que la cuidadora del anciano que tenía lo que buscábamos, tuviera tantas ganas de matarme. 

No pensaba darle el gusto, pero esas cosas no dependen por completo de uno, ¿o sí?
Pero la cadena de errores no se detenía, y mi compañero de viaje —empiezo a pensar que esto fue todo su culpa— dijo mi verdadero nombre frente al anciano. Todos los nombres de los locales son en español. El anciano y su servidumbre son los únicos extranjeros, y nosotros estábamos pretendiendo ser de aquel mundo no libre. 

Así que, el mafioso no tuvo un segundo de duda: llamó a sus vigilantes, mientras mi compañero trataba de arreglar el desastre tomando el objeto tan pronto como pudo. Para hacer eso, tuvo que alejarse de mí. Me interpuse entre los guardias y él. Fue todo bien por cosa de cuatro minutos. Luego llegó ella. 

Atractiva, amenazante y llevando un par de espadas desiguales. Odio esas espadas desiguales. No sé como pero vuelve a llevarlas cada vez que la veo, pese a que cada vez que he podido las he roto. 

Ese día no se pudo, era el día de que todo saliera mal, después de todo. 

Me venció, rompió un ventanal con mi peso, me persiguió, y me acorraló en la orilla de la terraza. ¿Y mi compañero? Seguro que en las oficinas, entregando el objeto que había llevado, dejándome atrás a mí. De pronto se había puesto eficiente el muy traidor. No confío en los viajeros, pero eso ni yo me lo esperé. 

El caso es que me vi sólo en la orilla de una terraza.... en un edificio ubicado en la orilla de un risco lo bastante alto para saber bien que estaría muerto antes de llegar al distante suelo. Pero, tenía una oportunidad: sorprender a mi rival. 

Un arma compleja, que había sido inventada por personas distintas en mundos diferentes cuando cada uno ellos ignoraba la existencia del universo. Hay uno en el que todavía no saben nada, pero sobre armas de fuego, bien que han evolucionado. 

La cuestión con las armas de fuego, es que yo no sabía muy bien como funcionaban por dentro. Pero estaba a punto de conseguir mi objetivo (y de que me alcanzara mi atacante, dándose el gusto de lanzarme al vacío), cuando alguien me sujetó por la muñeca. 

En el instante que me tomó dirigir mi vista a quien recién llegaba, creí que se trataba de mi traidor compañero, pasando por alto que esa mano era bastante más pequeña de lo que podrían ser las suyas. 

Era un niño. No pude evitar perder un poco la noción de todo cuando miré en sus ojos. No sabía a que distancia estaba Amavdia.

—¿Recuerdas los paracaídas, Áled? —preguntó el niño, risueño, mientras daba un paso hacia atras. Y otro. 

En mucho menos tiempo del que me toma describirlo, mi tobillo golpeó contra el borde y me precipité al vacío, mientras la artista de las armas cortaba el aire con su espada donde había estado mi cuello un momento antes. 

Por fortuna, yo sí recordaba los paracaídas. Salí de aquel día malo con sólo un golpe en el tobillo y una pregunta: 

—¿Dónde te he visto antes?

No saqué ninguna respuesta, porque el niño corrió sin decir palabra y... en mi defensa sólo puedo decir que los niños son rápidos y yo estaba cansado.

Sin embargo, recordé mucho más tarde. Logré recordar donde había visto aquellos ojos bicolor: una vez, hacía no tanto tiempo, yo había salvado su vida. Al recordarlo comprendí: el niño había decidido pagar su deuda.

Buen chico.

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