sábado, 9 de junio de 2012

eMdV: Prioridades



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Franzisko recibió al grupo con entusiasmo, tomó la flecha de manos de Emilio antes de percatarse de que él estaba pálido y ausente.
¿Pasó algo malo? ―preguntó, atento a la reacción de Emilio pero esperando que la respuesta viniera de Eva.
Sin embargo, el muchacho contestó.
Tanya está jugando a cuidar la Tierra, dando vueltas por ahí. Viajando entre los mundos, acusando a mi padre con La Sociedad ―interrumpió la explicación bruscamente, para preguntar con aire pensativo―. Dime una cosa, Franzisko: si yo te hubiera dicho eso, ¿tú habrías sabido que ella estaría hoy en Kren?
Tú sabías que ella iría, ¿verdad? ―intervino Félix― Por eso antes tenías tanta prisa por ir, y hoy te sorprendió que Franzisko dijera que la flecha seguía en el museo. No deberías hacer eso. No puedo protegerte cuando mientes. Por lo que sabemos, esa terránea podría ser una amenaza.
No creo que ellos sean terráneos, para empezar ―comentó Eva.
Ella no me mintió ―aclaró él―. Fui yo quien le mintió a ella. No tiene ningún sentido que cuestionemos sus origen o sus capacidades. No creo que nada tenga mucho sentido porque seguramente no estará más en mi camino... ―y ahí estaba, el tonito de autocompasión, seguido por la enésima proclamación de renuncia― No sé si puedo seguir haciendo esto.
No hay más remedio ―Eva no tenía la menor intención de consentir a nadie―. Tu padre...
¿Por él debo perder todo? ―se quejó Emilio― ¿Y si no quiero?
Lo siento Emnaid. Sé que es una molestia ―dijo Franzisko―. Pero créeme que perder la paciencia no ayudará. Es injusto que yo te lo diga, pero es porque lo sé...
No empieces, Frak ―dijo Eva irritada por todo ese ambiente depresivo―. Ya pasó. Y no pasará otra vez.
*****
Era el segundo día después de el fracaso en el museo de Kren, Tanya seguía más furiosa con Emilio que preocupada por la flecha o los Kamikazes. Soham pensaba mucho en el asunto pero seguía estancada en las mismas dos ideas: lo que había pasado era malo, y lo que pasaría era incierto.
Esta vez Ángel las había esperado después de clases y estaban en La Rosa comiendo golosinas en lugar de un almuerzo decente. Ángel había ordenado por Tanya, quien de todas formas no había probado bocado. Soham tampoco estaba tan hambrienta como de costumbre, pero Ángel estaba empezando a devorar la parte de su hermana, y si la otra se descuidaba seguiría con su plato.
Él había estado molesto y confundido durante largas horas, pero a esta alturas estaba hambriento, tranquilo y pensando con claridad. Las cosas no habían ido como el esperaba, pero ya había superado eso y había conservado la experiencia. Ser puntual no era todo, anotado.
¡Y perdimos la flecha! ―dijo Soham, que al parecer creía que cambiaría la situación por seguir repitiendo aquella frase.
La pelirroja asintió, ausente.
Tanya, no me gusta verte así ―dijo Ángel―. Y la verdad, no…
¿Así? ―Tanya lo interrumpió con ira, consiguió modular la voz después, pero seguía enojada―. Como dijo Soham, estamos fregados. ¡Él sabía de la flecha por culpa mía! Le di demasiada información, y ahora no tenemos más opción que la guerra.
Sólo le faltó decir: “fue culpa tuya por no advertirme”. Ya había agotado ese tema de conversación, aunque a él no le afectaba demasiado.
Al menos ya sabes cuál es su lugar de origen ―comentó Ángel, risueño―. Ahora deberías preguntarle sobre sus cicatrices.
Soham pensó que era la broma más estúpida que había escuchado en su vida.
¿Para que va a querer saberlo ahora, tonto? ―soltó de una vez― ¿Y tú por qué demonios estás tan tranquilo?
Exacto: ya no me interesa. ¡Ya me veo buscándolo para preguntarle sobre...! Es cierto, ¿por qué te lo tomas tan bien?
Ángel tenía toda la buena intención de responder por qué estaba tan tranquilo, pero la conversación cambió de tema demasiado pronto, cuando Soham señaló una cosa que le parecía extraña:
¿Por qué creen que sigue viniendo al colegio?
¿Hoy? ―preguntó Ángel, serio.
Estuvo en clases.
Como si nada. Al inicio me confundió mucho, pero luego entendí ―dijo Tanya―. No sé por qué vino en un comienzo, pero no fue ni para espiarnos ni para arruinar nuestros planes. Supongo que eso fue un golpe de suerte. Lo que sea que vino a hacer, todavía está en eso.
Cierto... Aunque ahora no estoy seguro de que tan afortunado haya sido todo esto. Como sea, es rescatable.
Estás un poco más incomprensible últimamente ―acusó su prima.
Él se limitó a sonreír. Sabía que era cierto.
Tanya ―dijo Emilio, a manera de saludo.
Los tres miraron a la vez al muchacho que había entrado al local directamente para hablar con la muchacha. Ella y su prima estaban sorprendidas. Ángel un poco preocupado.
Escúchame sólo un segundo. Yo...
No me molestes ―dijo ella, con desidia fingida―. Tal vez debo formalizar de algún modo el hecho de que no quiero tener nada que ver contigo porque eres un mentiroso y el hijo, el espía, de Kamnaid. Creí que siendo tan listo ya lo habías supuesto. ¡Ahora lo sabes!
Yo no quise… ―murmuró Emilio.
Qué amable al venir a disculparte ―dijo, con ironía―, pero no te preocupes tanto por mí, estoy acostumbrada al rompimiento. Aunque debo admitir que eres el primero que logra engañarme. Eres como los otros, pero peor. Y yo no me lo esperaba... pensándolo bien, me siento un poco tonta. Pero ya pasará.
Sacudió su mano indicándole que se marchara.
¿Un rompimiento... como cualquier otro?
Eres lindo, pero no es para hacer tanto drama ―tras una breve pausa, dejó de fingir desinterés y mostró curiosidad―. ¿Por qué sigues aquí? Seguro que no esperabas seguir conmigo y seguir tu trabajo de espía. Es decir.... No tiene sentido que lo pienses, no soy tan tonta... y aunque lo fuera, mi hermano es perceptivo. Algo hubiéramos sabido...
¡No creo que él sea un perceptivo tan bueno, de todas formas! ―dijo Emilio, mirando con desagrado a Ángel― Debí suponerlo; después de todo, fue el único que no supo que su novia sólo lo usaba para que hiciera su tarea.
Un arranque inmaduro que volvió más que personal el asunto.
¡Oh! Sabes eso ―intervino Ángel, en tono de burla―. Espero que conozcas tan bien a tu grupo como al de Tanya, heredero de Kamnaid. No sabes lo que te espera.
Fue todo lo que dijo, aunque no lo único que pensó. Bastante le costó contenerse para no empezar una pelea que tendría que terminar su hermana.
Sólo aléjense de mi padre ―dijo Emilio, en voz mucho más baja que la que habían mantenido hasta entonces.
¡Ya quisieras! ―dijo Soham, desafiante.
Lo mataremos ―dijo Tanya―, y tal vez a ti también.
*****
La rabia de Tanya parecía volverla eficiente, así que Ángel decidió no hacer nada para calmarla. De todas formas, ella no estaba dispuesta a escuchar nada. Las cosas, según él, se veían bien; pero eso no cambiaba que era una situación muy delicada.
Hoy estas apagado, hermanito ―dijo Tanya, mientras perfeccionaba el uso de hechizos de ataque de magia de D´hale.
No te preocupes, sólo pienso... Tanya, no es necesario que ustedes dos practiquen tan... en serio.
Soham usó telequinesia para lanzarle a su prima el juego de cuchillos que le habían regalado a su madre el mes anterior. Aún distraída con su hermano, Tanya logró esquivar la mayoría, pero uno rozó su brazo y el otro le alcanzó el cabello, cortando una parte al chocar con la pared.
¡Cuidado, Soham! ―reclamó Ángel, con el alma en un hilo.
No te angusties tanto, Angelito, que ella se recupera.
Pero Tanya no se recuperó. Ángel iba a explicar que la reciente ruptura había herido a Tanya lo suficiente para que ella no tuviera verdaderos deseos de sanar, pero ella lo hizo callar antes de que le diera tantos detalles a su prima.
Digamos que no soy inmortal por ahora. Y ellos no deben saberlo.
¿Ellos? ¿Hablas de Emilio? ―adivinó Soham.
Claro ―dijo Ángel―. Él y Kamnaid.
Son la misma cosa ―Soham se encogió de hombros―. Entonces, Ángel, ¿ahora qué haremos? ¿Volver a la idea de la… guerra?
Estoy considerando otra opción. Pero antes debo estar seguro de un par de cosas ―dijo Ángel―. Ustedes tranquilas que todo está bien.
Tal vez era hora de dudar de su cordura, pero ellas estaban acostumbradas a que él les ocultara información y luego alardeara.
*****
Victoria observaba la cicatriz en la cabeza de Félix. Al entrar había dicho que deseaba aprender, y era cierto, pero ahora estaba concentrada en reconstruir mentalmente la enorme herida que debía haber sido aquella. Mientras tanto, escuchaba sin interés la respiración agitada de Emilio... Emnaid, y los golpes de las armas. Ya había visto bastante de su entrenamiento y la verdad es que a ella no le interesaba demasiado eso. La forma en que una herida tan grande había sanado, en cambio, la hacía pensar.
¿Era muy profunda? ―inquirió.
Félix no podía tener idea de a que se refería. Se lo preguntó sin quitar la vista del sitio donde Franzisko estaba venciendo de nuevo a Emnaid.
La herida en tu cabeza. ¿Con que la hicieron? El material, digo; porque se ve de lejos que era algún tipo de hacha.
Es la primera vez que alguien me pregunta algo así ―tampoco ahora apartó la mirada de la lucha―. Una vez, alguien entró a la casa del dictador... logró quitarle su arma pero tuvo que correr para evitar que le asesinara. Y de pronto, ahí estaba, en un pasillo solitario con una sola persona entre él y la salida...
¿Tú?
Félix negó con la cabeza.
Emnaid. Era un niñito, sin ningún entrenamiento porque aún no llegaba Franzisko y él no le hacía el menor caso a sus tutores de entonces, y a su padre le tenía mucho miedo así que no aprendió nada con él.
¡Te hirieron defendiéndolo!
Así es. No sé como tuve la suerte de resistir hasta que llegó el dictador. Por supuesto, yo hubiera muerto entonces, a él le daba lo mismo. Pero en esa época Emnaid era muy caprichoso y yo le importé lo suficiente. Su madre aún vivía y me salvó para complacerlo.
¿Con medicina o con magia?
Ella perdió su magia de algún modo... Quizá por Kamnaid, pero quien sabe. Fue medicina.
Victoria no podía expresar lo maravillada que estaba ante eso.
Lo interrogó sobre los detalles del material y del proceso de curación, y él respondió de buena gana hasta que algo lo distrajo. Victoria no vio el golpe con que Franzisko había derribado a Emnaid por tercera vez. No lo vio evitar que se pusiera de pie, y tampoco el golpe brutal que al parecer estaba por asestarle, así que la reacción repentina de Félix la sorprendió por completo.
El rubio se disponía a intervenir, pero Franzisko no llegó a golpear al muchacho, se detuvo sin necesidad de que él lo obligara.
Estás distraído ―dijo, tirando al suelo el arma con que lo había vencido, un hacha de doble hoja que, irónicamente, pertenecía al muchacho.
Esperas demasiado de mí ―respondió Emnaid, levantando el arma que había sido su favorita desde el primer momento―. Me superas en fuerza, en experiencia y en...
No te supero en habilidades. Deja de lloriquear. Sólo estás distraído.
Lo atacó de nuevo, y el otro se limitó a esquivar. Era rápido, pero su tutor siempre lo sorprendía. Para cuando entendía lo que enfrentaba, ya no tenía tiempo. Y sin embargo, lograba sostener la pelea. Hasta que Franzisko consiguió arrebatarle su arma y volvió a realizar exactamente el mismo movimiento que antes.
¡Tú sabías que iba a hacer eso! ¡Puedes evitarlo, Emilio! ¿Por qué no lo haces? ― dijo el tutor, tirando al suelo el hacha con fuerza desahogando su frustración.
No lo sé ―admitió Emnaid, poniendose de pie.
¡No sé lo que te pasa! Eres más fuerte que esto...
―“No sabes lo que me pasa” ―repitió el muchacho, que volvía a levantar su arma―. Es demasiado lo que no sabes, Frak. Keva, por ejemplo. Debiste saberlo, y en cambio dejaste que todo saliera mal en Mar Verde. ¿Cuanto tiempo te tomó saber que había un objeto que ponía en riesgo a mi padre...? ¡No supiste sobre Tanya!
Eso también te distrae ―dijo Félix― La chica estará bien.
Sólo si haces bien tu trabajo, Emilio: Si ella no entra de nuevo a la sala donde toda esa gente ha muerto ―especificó Franzisko.
No sé lo que hago... ―se lamentó, y luego gritó― ¡Mi padre no vale todo esto!
Aún Eva, en otra habitación, se estremeció brevemente. Cuando hacía esas rabietas, Emnaid se parecía a su padre, y ella escuchó perfectamente el sonido del hacha contra las otras armas que probablemente seguían en su rincón... Félix y Victoria consideraron mejor dejarlo por un momento.
Termina tu trabajo y podrás hacer lo que quieras ―dijo Franzisko―. Continuemos.
Está vez el muchacho inició el ataque, tenía mucha más energía e incluso estaba más concentrado. Estaba desarmado y en un instante su tutor había desenvainado su espada. Ningún arma era tan útil como esa en manos de Franzisko y tan inútil en las manos de otro. Era el material más fuerte e inmanejable que habían visto jamás en Kren, y el propietario no había dicho jamás que era. Ni siquiera a Eva, a quien conocía desde mucho antes de llegar al mundo de Emnaid.
El muchacho le tenía un poco de miedo con esa espada en las manos, pero no se arredró. Era cuestión de no dejar que lo alcanzara con la espada. Pero lo hizo. No lo hirió pero hubiera podido. Varias veces. No necesitaba decirle que en otras circunstancias estaría bien muerto.
Finalmente lo derribó y puso el extremo de la espada sobre su corazón. Emnaid estaba más enojado ahora. ¿Cómo es que para eso era tan eficiente y no para saber cosas, lo cual era SU trabajo?
Sigues sin ser capaz de manejarlo ―regañó Franzisko―. Sé que puedes, pero estás asustado.
Dejálo ya ―dijo Victoria―. Presionas demasiado.
Sin cambiar de postura, Franzisko le dedicó una mirada fija, y le dijo que volviera a sus asuntos. Luego se volvió a Félix para exigirle que comprendiera: él era duro porque hacía falta.
Entonces un sonido llamó su atención. Era como frágil cristal rompiéndose, Vico pensó que era eso, pero Félix vio que era otra cosa y Franzisko ya conocía el sonido. Era la espada.
La mitad se había hecho añicos y el resto tenía una sola rajadura que subía hasta la empuñadura. Emilio sostenía lo que quedaba del otro extremo en su mano derecha y seguía teniendo la izquierda a la altura en que había golpeado. Félix pensó inmediatamente que eso era imposible.
¿Usaste magia para eso? ―preguntó Victoria.
Él asintió.
Aún así, este es el material más duro posible―comentó Franzisko―. Irrompible según casi todas las culturas...
Pues fue la cosa irrompible que con más facilidad he roto en la vida.
Y eso es lo único que esperamos de ti ―sentenció su tutor.
¿Qué cosa? ―dijo Victoria, perpleja.
Romper lo irrompible ―fue Félix quien respondió.
La espada simplemente desapareció. Emilió hubiera querido hacer eso mismo.


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