sábado, 2 de junio de 2012

eMdV: El Museo

Mis disculpas por la demora, tuve problemillas técnicos. En fin, espero que no haya más de ello, pero por si acaso ahora intentaré llevar un capítulo programado :)  




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 ―Lo que digo es que yo no sé suficiente de él. Si no fuera por Ángel no sabría que su padre lo golpeaba ―explicó Tanya, y tras una pausa demasiado breve para que Soham dijera algo, agregó― No tengo idea siquiera de donde vivía antes, ¿saben?
Creí que te daba lo mismo... ―dijo Soham, sin cuidar el volumen de su voz, y luego, con voz ahogada y llena de entusiasmo:― ¡Te gusta en serio!
Ángel no estaba muy interesado en la conversación, le preocupaba más llegar al museo de Kren antes de las dos. Sus cálculos no habían incluido la charla de chicas y quizá estaban en la entrada menos apropiada.
El muro perimetral se veía café bajo la luz verdosa de Kren. Había cuatro entradas al museo. Solamente dos de ellas requerían subir escalones. Soham y sus primos estaban frente a la que sumaba veintidós gradas.
¿Nada más entramos? ―dijo Tanya, apresurada.
Claro, es un museo.
Los tres llevaban el cabello cubierto, pues eran las únicas personas cuyo cabello no se veía casi blanco. Habrían causado preguntas que no tenían tiempo de responder. Ángel había dado instrucciones muy específicas y había sido claro respecto a una cosa: cada segundo contaba. Últimamente parecía estar obsesionado con el tiempo y con la planificación. Ellas se habían puesto muy nerviosas con la actitud de él, pues hacía parecer que la más mínima distracción provocaría que los mataran a los tres.
Lo dejaron caminar delante para no perderse, aunque él había dibujado el croquis del lugar y les había explicado mil veces que ruta seguirían.
Subieron los escalones y cruzaron la amplia entrada para verse en una sala vacía, con muchas puertas, una de las cuales los llevó a un pasillo con lámparas de materiales extraños discordantes entre sí, con más puertas, todas a la izquierda y diferentes. Las lámparas en sí eran una valiosa exhibición, evidencia de la historia de Kren, que ninguno de ellos tres conocía muy bien. Las puertas llevaban a exposiciones de diferentes épocas y cada una de ellas correspondía con la más cercana de las lámparas..
La última puerta llevaba hacía el exterior del edificio, donde los esperaban más escaleras. Desde ahí podían ver el otro edificio que tenía puerta al exterior, pero no era el que buscaban. También podían ver la entrada principal, y parte de los jardines con ejemplares de plantas de diversos mundos.
Ángel respiró profundo. Tanto su prima como su hermana se detuvieron a su lado y lo miraron con preocupación. Les angustiaba ver que no estaba tan seguro de sí mismo como cuando habían visitado al dictador de Kren.
Soham fue la primera de ellas en inclinarse a estudiar el terreno... y vio lo más inesperado posible.
¿Qué hacen ellos aquí? ―dijo, sorprendida.
Acababa de ver a Emilio, Eva y otro individuo atravesando el patio. El hombre llevaba el cabello cubierto con un pañuelo que se veía completamente verde, y con el mismo se había atado una cola de caballo. Bajo aquella luz, tanto él como Emilio tenían el cabello exactamente del mismo color que todos los demás, y había sido Eva, completamente distinta, quien había llamado la atención de Soham, como un punto en una pizarra limpia.
¡Emilio! ―exclamó Tanya, con la voz muy baja y extraña, incapaz por un momento de organizar sus ideas. Luego, sacó una primera conclusión― Significa que puede viajar…
Él… ―consciente de que su hermana iba a explotar pronto, Ángel hubiera querido ser capaz de decir algo que la calmara, pero aquello ya estaba fastidiado―, no es de La Tierra.
Los tres se pusieron en movimiento; ahora Tanya iba adelante y no buscaba ninguna sala de exhibición extranjera con la exposición de la Feria Universal que tenía una famosa flecha mágica. Siguió a Emilio. Y su prima y su hermano la siguieron a ella.
Es peor; es de Kren ―dijo Soham, avanzando con dificultad tras sus primos―. Si no, ¿qué haría justo aquí? Y mírenlo, es como... los otros.
No hubo respuesta.
Para cuando lo alcanzaron, él y su grupo ya habían recorrido el amplio pasaje que atravesaba todo el patio. Estaban frente a una de las dos puertas del edificio central: la entrada de la sala de exhibición extranjera.
Tanya se disponía a hablarle a Emilio cuando las personas comenzaron a arrodillarse. Para cuando superó la confusión ante ese cambio, pocas personas seguían de pie. Ellos tres; Emilio y sus acompañantes y una mujer que caminaba hacia ellos. Los demás, apenas si levantaban la mirada para ver a los que debían arrodillarse y no lo hacían.
Su majestad ―dijo la mujer, con falsa cordialidad.
Tanya la conocía. Sólo que ahora tenía el cabello blanco en lugar de rubio, y no caminaba raro en lo más mínimo. Sus zapatos extraños eran cómodos aquí.
Delmian, no nos distraigas ―dijo el hombre que estaba de pie a la derecha de Emilio.
Pero, ¿es que yo te distraigo? ―inquirió la mujer con voz melosa― Sólo veía que el heredero de Kamnaid se dignó a volver a Kren. A todos nos hace felices.
Eva y Felix parecían contrariados. Emilio en cambio, se mostró sereno.
Me confundes. Al verte de pie, creí que no sabías a quien tenías enfrente ―le dijo a la mujer, con un tono de superioridad que Tanya jamás le había escuchado― Apártate y muestra algo de respeto.
Ángel prácticamente arrastró a sus compañeras hasta la puerta mientras Emilio entraba y la mujer se ponía de rodillas fuera de su camino.
Justo cuando los terráneos entraban, Delmian se levantó a toda prisa y entró, rebasándolos. Muchos se habían arrodillado pero no los ocho guardias de cabellos negros y piel pálida: gente de la Feria. Fue a ellos a quienes Delmian les dijo: “¡Están aquí para robar la flecha de J'haz!”
A Soham casi se le detuvo el corazón, pero no a sus primos. Tanya estaba muy ocupada siguiendo a Emilio, furiosa. Ángel sabía que la mujer no los estaba delatando a ellos.
La flecha estaba en una sala muy pequeña, sola y sin vigilancia ni sistemas de seguridad. Ni siquiera estaba cubierta por un cristal. Sólo estaba ahí, colocada sin mayores cuidados en una mesa sin decorados a doce pasos del umbral. Emilio, Eva y Félix entraron sin prisas.
Eva escuchó antes que los otros el movimiento de guardias, y luego pasos demasiado cercanos. Volteó hacia la puerta, preparada.
Ay no ―murmuró.
Emilio estaba examinando la flecha y no le había interesado la posibilidad de que los descubrieran, pues su trabajo era sacar la flecha y sólo en eso se concentraba. Eva sabría que hacer con los guardias si hacía falta, para eso la había mandado Franzisko. Pero la forma en que ella acababa de lamentarse lo sorprendió y tuvo que ver lo que ella veía: Tanya, roja de colera.
Con ella, aunque no tan importantes a los ojos de Emilio, estaban Ángel y Soham. Los tres terráneos se veían enfermos bajo la luz amarillenta de la sala.
Emilio palideció, abrió la boca para explicarle todo, absolutamente todo... pero se había quedado sin voz. Tanya, por su parte, estaba encolerizada, en unos minutos había pensado mucho sobre lo que podría decirle al muchacho, pero ahora ya no quería decirle nada. Se lo llevó de encuentro al entrar. Soham la siguió, sin mirarlo siquiera. Ángel, que por primera vez no lo miró con odio, siguió a su hermana en silencio.
Los guardias iban a entrar también.
¿Qué hacemos? ―susurró Soham.
Cerrar la puerta ―dijo Tanya.
Como si respondieran a su voz, aunque más bien obedecían a su telequinesia, las puertas de todas las salas se azotaron al cerrarse. Aquella brusquedad no había sido necesaria, excepto para desahogar su enojo. No sirvió de mucho.
Soham estaba tan nerviosa que eso el sonido de las puertas la hizo sobresaltarse casi al grado de perder el equilibrio y caer. Ángel no estaba impresionado en lo más mínimo por la reacción de su hermana porque la había visto hacer peores berrinches. Se limitó a mantener las puertas cerradas con magia de D'hale.
Él no era el único utilizando magia ahí dentro.
Félix, ¿cómo vas? ―Eva seguía tensa, más por el ambiente que la rodeaba que por los guardias de la Feria.
Casi termino ―Félix respondió con prisa, como quien quiere que se le deje trabajar.
Soham y Tanya no sabían de qué hablaban, pues aquel hombre no estaba haciendo nada que ellas pudieran ver y sin embargo debía ser importante. Quizá si se concentraba, Tanya podía descubrir lo que hacía Félix, pero tenía la cabeza llena con preguntas sobre Emilio. Él, por su parte, seguía paralizado, sin que los esfuerzos de Eva lo hicieran reaccionar. El tiempo corría y los guardias usaban sus propios métodos para abrir la puerta, pero sólo dos personas ahí dentro recordaban por qué estaban ahí. Félix hacía lo suyo y Ángel... sabía que había errado su cálculo del tiempo, que ahora Tanya no iba a concentrarse y que necesitaban la flecha, así que fue a tomarla antes de que Eva hiciera reaccionar a Emilio.
Se paró justo al lado del muchacho kreen, y sujetó la flecha, pero se hirió la palma de la mano; había olvidado la protección que había sobre ella. La soltó con un quejido de dolor, asustando a Tanya y a su prima.
No podrías romper esa barrera ―Eva se acercó a él y revisó la cortada como si el fuera uno de los suyos. Algo en este muchacho le causaba simpatía y le preocupaba que le herida fuera grave, pero pronto concluyó que podría haber sido peor, aunque no lo culpaba por estar al borde del llanto―. Se necesita cierto rango para tocar estas cosas y desactivar sus barreras.
A Ángel le fastidió que le dijeran lo que ya sabía, porque era una señal de cuan estúpido había sido aquel error. Y porque le recordaba que había lugares en donde Emilio tenía mayor rango que él.
Terminé ―anunció Félix.
Soham se preguntaba qué había terminado. Tanya, habiendo comprendido lo que implicaban las palabras de Eva, se preguntaba como iban a llevarse la flecha... y sí, todavía se preguntaba como había estado tan ciega respecto a Emilio.
―¡Emnaid! ¡Por la memoria de tu encantadora madre, toma esa cosa y nos vamos! ―gritó Eva, mientras la puerta cedía.
El muchacho tomó la flecha sin problemas. Y… desapareció junto a los otros dos.
¿Cómo…? ―casi gritó Soham.
Ella misma se sintió de pronto ajena a todo, sin suelo que la sostuviera ni aire que respirar... y luego estaba en el perfectamente organizado cuarto de Ángel.
Félix los hizo viajar ―dijo Ángel, sabiendo lo que ellas estaban a punto de preguntar―. Y yo... nos hice viajar.
Soham lo había oído, pero ese no era el mismo hechizo. Y Félix no había dicho una sola palabra; al parecer su magia no necesitaba de la voz.
Sí, pero, ¿cómo? ―dijo Tanya, mirando a su hermano con exasperación― Dijiste que no se podía.
No dije eso. Dije que era difícil romper el campo antirrobo y que debía ser imposible con magia de D´hale. Pero Félix es un hechicero de Ogha. Su madre es Kreen, pero a diferencia de nosotros él heredó la magia paterna y sabía suficiente como para poder romper el campo. Era el único que estaba haciendo bien su trabajo. Pero es que el hombre es obsesivo con su misión.
El muchacho hablaba con tranquilidad, como si no estuviera consciente del desastre que acababa de ocurrir. Su hermana había sido engañada respecto al origen y propósitos de Emilio, y ahora el arma con que contaban estaba en manos del hijo del dictador. Y él: sereno y con ganas de dar explicaciones. Por una vez, no podían ver lo decepcionado que estaba el muchacho, ni entendían que dar explicaciones era algo que le ayudaba a pensar, y ahora mismo, necesitaba pensar.
Lo sabías ―murmuró Tanya―. Es por eso que nunca te cayó bien.
Ángel no lo negó.
¿Por qué no me lo advertiste, idiota? ―agregó Tanya, que ahora enfocaba su enojo en él.
Porque ustedes se aman. Por desgracia ese tipo es tu otra mitad. Prioridades, hermanita, prioridades.
Precisamente por eso tenías que abrir la boca a tiempo, ¡no debían enamorarse si son enemigos! ―Soham volvía a estar fastidiada con el comportamiento de su primo.
Pues tendrían que trabajar en lo segundo, ¿no? ―Ángel suspiró― A veces siento que soy el único que entiende que no hay que sacrificar lo bueno para conservar lo inútil.
Lo dices como si hubiera algo que hacer ―se lamentó Tanya―. Tonto.





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