domingo, 10 de junio de 2012

eMdV: ¿El mejor viaje posible?





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Faltaba menos de veinte minutos para las cuatro de la madrugada. Mirtala solía tomar algo (leche, agua... limocello) a esas horas y se quedaba dormida en la cocina un rato. Pero, está vez, cuando entró a la cocina encontró a Ángel durmiendo con brazos y cabeza apoyados en el desayunador. Lo miró con preocupación y lo despertó para preguntar que había pasado.
No es nada, mamá ―respondió él, demasiado despejado dado que apenas despertaba, y con tono distante.
Mirtala apenas si podía creer que ese fuera su hijo.
¡No empieces a comportarte como un adolescente común! Háblame.
Ángel ya no se hizo rogar.
¿Recuerdas esa vez que soñé que habían matado a papá en una sala enorme y llena de armas? Me desperté seguro de que era un hecho y T me convenció de que otra vez estaba confundido.
Me acuerdo.
He madurado. Ya sé distinguir entre pesadilla y una realidad que descubro cuando duermo. Y eso no lo soñé mamá. Lo supe.
Mirtala palideció, pero no se dejó dominar por el miedo.
Ángel, ha pasado tiempo y...
Te lo digo, estoy seguro. Lo sé. Y “saber” es lo único para lo que sirvo.
Cómo el sonaba más bien resignado, la mujer no intentó convencerlo de nada. No se dedicó mucho a tratar de hacerlo sentir mejor. Ella misma no se sentía muy bien. Mirtala salió por la puerta de la cocina, a las cuatro de la madrugada más o menos, para despertar a su hermano y pedirle un favor.

*****
Eran las cinco de la mañana con cuarenta y dos minutos cuando Ángel entró a la habitación de Tanya sin pedir permiso porque ella estaba dormida como una roca. Después de una semana de dormir mal, ahora había pasado su segunda noche tranquila. Ángel había aprendido lo que varios investigadores de todo el universo consideraban una de las primeras manifestaciones de magia: hipnosis. Había hecho falta eso para que su hermana durmiera. ¡Y vaya que necesitaba dormir!
Pero ahora no parecía tan agotada. Por eso... o porque estaba tan exaltado que no le importaba mucho, Ángel no tuvo ningún inconveniente en sacudir la cama donde su hermana mayor descansaba hasta que ella despertó.
Cinco cuarenta y tres:
Maldición, E.T. ¿Me hiciste dormir para poder despertarme antes de que salga el sol?
No. Lo hice para que pudieras mantenerte alerta y todo eso. Vístete, voy a invitarte al mejor viaje de nuestras vidas. ¡No te demores!
Y en un segundo la dejó sola.
Minutos después de las seis, Tanya estaba lista y preguntando si su mamá había salido. Ángel no le dijo nada de lo que habían hablado, pero le dio una respuesta sincera:
Sí. Se fue con la intención de golpear a alguien... y ojalá lo haga, porque odio a ese tipo.
Justo cuando ellos dejaban su casa, en otra, distante y con aire de mudanza reciente, desayunaban Emilio, Eva y Félix.
Preferiría no ir... Odio los discursos del dictador. ¡Puede hablar para siempre! ―rezongaba Eva entre un bocado y otro, luego se dirigió al más joven― Prométeme que cuando heredes serás más conciso.
Seguramente ni dará discursos. No se le da mucho eso de hablar... Como ahora ―y venido de Félix, ese comentario pesaba―. ¿Emnaid, estás en tu cuerpo ahora?
Sí ―no se necesitó mucho para obtener su atención―. Sólo pensaba que yo tampoco quiero ir a su discurso. Ahora mismo lo detesto con todas mis fuerzas y lo que menos quiero es oírlo hablar.
Franzisko escuchaba, un poco apartado. Comentó, no por primera vez, que todo era una prueba de paciencia.
*****
Veinte minutos pasadas las seis, Ángel sacaba de casa a Soham, sin importarle si importunaba a sus tíos. No había encontrado mejor forma de despertar a su prima que sacudiéndola en persona.
Pudiste avisar con un poquito más de anticipación, genio ―se quejó ella.
Tanya esperaba enfrente, comiéndose una segunda barra de granola.
Faltaban unos diez minutos para las siete cuando Tanya rompió la delgada capa que protegía Kren de intrusos que ignoraban todo sobre aquel mundo. Ángel había dicho que el hechizo que funcionaba para salir de forma directa no servía para entrar, y ella no lo había cuestionado.
Se encaminaron hacia el mismo edificio en donde habían estado la primera vez.
Bueno, no hay tiempo de saber, así que, haremos las cosas a la antigua ―anunció Ángel.
¿Qué significa eso? ―preguntó Soham.
Ya sabes: ensayo y error. Iremos y… veremos.
¿Iremos… a hacer qué? ―preguntó Soham, tratando de comprender mientras elegía sus palabras.
A recuperar la flecha, para empezar. Tanya, ¿practicaste como te pedí?
Sí. Pero ese plan tuyo no me parece muy… planificado.
No importa… Está mejor… ―Ángel se interrumpió.
Soham y Tanya lo vieron, extrañadas.
¿Mejor? ¿Comparado con qué? ―Tanya se detuvo, como si no pensara seguir hasta tener una respuesta.
Sólo fue una forma de decirlo ―mintió Ángel, consiguiendo sonar tan seguro y tajante como siempre.
*****
Eran las siete y media en la tierra. En Kren era la hora más luminosa del día y no se le asignaba un número ni nada parecido. No podían medir el tiempo en horas, pues era bastante inconsistente.
El dictador hablaba para su pueblo, y no era nada alentador... ni interesante. Nadie quería escucharlo; ningún habitante de la región había faltado. Casi todos los asistentes tenían miedo de ser asesinados si los descubrían haciendo otra cosa, de modo que fingían prestar atención. Otros no podían pasar tanto tiempo fingiendo y el discurso ya llevaba un tiempo.
En su lugar en la torre de vigilancia, que no era más que un plataforma que salía del muro principal con inseguras escaleras hasta el suelo, Emilio y los demás no escuchaban tampoco. Tampoco vigilaban sobre el muro de cuatro metros, tal era la función original de aquel punto que ahora servía como palco.
Todos estaban cerca del muro excepto por Franzisko, que se encontraba más cerca de las escaleras y justo en la orilla como si la caída no le intimidara ni un poco. Ni veía la altura, perdido en sus pensamientos como estaba.
Félix jugaba con su única flecha, era relajante.
Eva y Emilio habían optado por conversar.
La lleva en el cuello. Cuando la vi, no podía creerlo. ¡Y como atrae esa cosa! Estuve cerca de ir y quitársela... ¿Qué se supone que haga ahora? ―comentaba Emilio.
Vico te diría que se la arrebates ―Eva se encontraba muy divertida― Siempre…
La interrumpió el sonido de madera golpeando el suelo de roca. Emilio escuchó cómo Kamnaid seguía enumerando “las deficiencias de los guardianes de su familia”, en el segundo que Eva tardaba en comprender que había sido ese ruido. Para ese momento, Félix ya había recogido su flecha del suelo de roca de la plataforma.
¿Nervioso? ―dijo Eva, con tono de burla.
Félix sólo sonrió. Sí parecía nervioso. Tal vez hubiera dicho algo de no ser porque los distrajeron los pasos de alguien subiendo las escaleras con más cuidado del que hacía falta. Estaban en el único punto que era ligeramente más alto que el sitio desde el cual Kamnaid aburría a los kreen.
Al dictador no le importaba que hubiera gente ocupando aquel sitio tan estratégico. Nadie se atrevería a intentar meterse con él ahora. Lo rodeaba un pequeño y, según él innecesario, campo protector. Él era más fuerte que cualquiera y no podía ser asesinado. No había amenaza posible. Ni siquiera se fijó en los jóvenes de cabellos extraños que subían las escaleras a las siete treinta y cinco.
Es un excelente punto para tirar ―comentó Soham con ironía―; pero, ¿no sería necesario tener la flecha?
Ángel no respondió. Esa era la parte de la improvisación, si es que podía llamársele así. Y ya estaban en ese punto, porque habían terminado de subir y él estaba a sólo dos pasos de Franzisko y se dio cuenta de que no podía pronunciar una palabra. Su corazón estaba latiendo de forma irregular y se detuvo a preguntarse si él “sabría” si estaba sufriendo un paro cardiaco o algo parecido. Se fijó en Emilio, cerca del muro como si nada, contando siempre con que su tutor lo mantendría a salvo cuando fracasara... ¡Cómo detestaba a ese muchacho!
¿Qué hacen ustedes aquí? ―preguntó Emilio, sorprendido para mal por verlos ahí.
Era un momento decisivo, y Ángel sabía que no podía arruinarlo. Sin embargo, nunca había tenido menos de ganas de hacer lo que le correspondía.
Algunas personas sólo reaccionaban si se les trataba con la firmeza suficiente, y él, de todas formas, no tenía más tacto que el estrictamente necesario; pero, por primera vez en su vida, no quería ser pesado.
Lo haría de todos modos.
Se dirigió a Franzisko como si sus edades estuvieran invertidas.
En unos minutos, hay una oportunidad perfecta. Y tú no sabes todo lo que está a punto de pasar. Un perceptivo no debería bloquear su habilidad; menos en momentos como este ―le recriminó.
Todos los demás se quedaron tan confundidos que ni siquiera pudieron formular una pregunta.
Ser un perceptivo no es igual que ser adivino ―dijo Franzisko, más curioso que otra cosa frente a ese muchachito que venía a darle lecciones―; de todas formas yo no podría saber lo que va a pasar.
Lo sé. Pero yo no hablo de ver el futuro. Hablo de fijarte en lo que tienes. Si lo hicieras, no lo habrías traído en un comienzo.
¿De qué hablas? ―dijo Franzisko, ahora con una nota de miedo en la voz. Ya se había equivocado antes, ¿que sucedía esta vez?
Félix, no sé como se te ocurrió ponerlo a tan poca distancia. Fue una estupidez gigante. Sé que eres listo, no entiendo como rayos no usas la cabeza. Es el mejor tirador que conoces, pero no es el único... ―se detuvo, sorprendido al notar que ya no se sentía tan incomodo con eso de ser pesado. Miró a los ojos al otro perceptivo y suspiró―: Complicas mi vida.
Franzisko no respondió. Se fue directamente hacia Félix y le preguntó si estaba bien. Una pregunta que no parecía tener sentido pero que él rubio captó perfectamente.
Lo siento, Frak, el terráneo dice la verdad. No podré hacerlo. Yo también pensé que si tú rompías su escudo y él no se fijaba en mí... Pero sí se fijó.
Todos los guardias que habían servido a Kamnaid tenían un vínculo con él y eran incapaces de desobedecerle. Por supuesto, mientras él no le diera ninguna orden, Félix podía hacer lo que quería, que irónicamente, era cumplir la tarea que hacía mucho tiempo le había dado el dictador: proteger al heredero.
¿Félix no puede tirar? ―dijo Emilio― ¿Y entonces...?
¡Momento! ―Tanya por fin logró hablar― ¿No robaron la flecha para dársela a Kamnaid?
Yo iba a explicártelo ―dijo Ángel, encogiéndose de hombros―, pero eres terca como una mula. No me dejaste hablar y luego cambié de opinión.
Emilio, recordando que en un arranque de cólera había insultado a Ángel, se ruborizó levemente.
Ya establecido eso, y como soy el único aquí que sabe lo que pasa, me tomaré la libertad de dar las órdenes ―Ángel podía no tener mucho de líder y todo aquello de dar órdenes no le interesaba mucho, como probablemente poco les interesaba a los demás lo que él quisiera, pero ahora estaba en su elemento: disfrutando saber más que los demás―. Tú te haces cargo de romper su escudo; no es gran cosa. Eva y Emilio evitan que Felix mate a Tanya... Emilio, dale la flecha a mi hermana; y, Tanya: no falles.
¿Y yo? ―soltó Soham.
Ni tú ni yo hacemos nada ―con todo, Ángel aún estaba un tanto preocupado, pero ni se le notaba.
Emilio y Eva miraron a Franzisko, y él les indicó que Ángel tenía razón. Así que Emilio le entregó la flecha a Tanya. Al recibirla, ella no fue capaz de mirarlo a los ojos. Ni siquiera podía recordar cuantas cosas le había dicho, y él era justo lo que ella había pensado en el mejor momento: el tipo de persona que se enfrenta a su propio padre por una razón correcta... O simplemente tenía prisa por heredar. Pero ella no creía eso.
Luego Félix le dejó su arco, que a diferencia de su flecha de madera, no tenía ninguna magia. No representaba mayor complicación y aunque a Tanya no le gustaba, era lo que había. Ya no había escudo alrededor de Kamnaid y ella no tenía razones para esperar. Apuntó. Respiró profundo intentando calmarse. Sus manos habían dejado de temblar al tensar el arco, pero seguía nerviosa.
Tanya no se dio cuenta cuando Félix abandonó su actitud avergonzada y el puesto cerca del muro, para lanzarse a atacarla. No era un hombre fuerte pero sólo necesitaba empujarla para hacerla fallar y si aplicaba un poco más de fuerza, podría hacerla caer al vacío. Su fuerza de voluntad bastaba para que su magia no funcionara, así que el dictador debía conformarse con eso.
Eva noqueó a su compañero de un puñetazo justo a tiempo para evitar que alcanzara a la terránea.
En ese momento la flecha atravesó el corazón de Kamnaid; el déspota cayó al suelo mientras la flecha seguía su trayectoria, atravesando el emblema de Kren y clavándose en una pared.
Furioso, Kamnaid se puso en pie mientras la flecha vibraba en el sitio donde se había clavado. Lo habían despojado de los dones robados, pero aún era rey y sus súbditos no sabían lo que había ocurrido. No se asombraron al verlo levantarse, pues todos sabían que había robado la inmortalidad de la última persona que había intentado asesinarlo... hasta ahora.
En su ubicación, Tanya recuperaba el aliento, sin haberse dado cuenta siquiera de lo ocurrido con Félix, pues había estado concentrada en su blanco.
Bueno ―dijo Soham, satisfecha―, vámonos. Lo demás que lo haga otro, porque ya no quiero volver a tenerlo tan cerca...
Había otra persona con ellos. Delmian, la mujer que Tanya todavía recordaba haber visto en un café de La Tierra, acababa de subir las escaleras y arremetió contra Emilio antes de que la mayoría de ellos notaran su presencia. Incluso pasó rozando a Tanya. El muchacho no vio venir el ataque, pero Ángel y Francisko sí. El mayor estaba más cerca y protegió a Emilio con su cuerpo, recibiendo una herida letal.
Antes de que él cayera de rodillas, cayó con un tintineo metálico un objeto pequeño, un dije en forma de delfín, verde... sujeto a una cadena rota. Tanya se fijó a tal grado en la cadena, que apenas si pudo ver otra cosa. Pero la situación exigía que ella actuara, así que acertó a poner su atención en Delmian.
Ángel se había quedado paralizado. Quería acercarse a revisar la herida de Franzisko pero no podía por dos razones: que sus piernas no le respondían y que Eva y Delmian estaban peleando en el camino que él debía recorrer. 





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