martes, 15 de mayo de 2012

eMdV: Sólo Personas




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Emilio estaba contando pétalos de rosa por pasar el tiempo, cuando se le ocurrió que a Tanya de seguro no le gustaría el ramo. Se sobresaltó cuando se abrió la puerta y supuso que debía ser su cita... pero no. Era el hermano. Debía ser un muchacho terriblemente celoso, porque en un par de ocasiones que se habían encontrado había percibido absoluta hostilidad.
Mientras la puerta se cerraba a sus espaldas, Ángel miró de reojo al otro, para luego seguir su camino como si nada. Dos segundos después salió Tanya, de jeans, camiseta y sandalias bajas, conversando con su prima, quien parecía muy disgustada por algo. Sin embargo, lo saludó amablemente antes de irse a su casa, dejando a los tortolitos en el portal.

¡Lo siento muchísimo! ―se disculpó Tanya― Al volver tuve que ducharme porque estaba llena de... ―se interrumpió, pensativa, para luego admitir:― Bueno, no es que realmente tuviera restos, pero sí era como... No importa ―una vez que abandonó aquel desagradable tema, puso atención a la expresión preocupada de su novio―. Uhm... ¿Por qué esa cara? ¿Qué estás pensando?
No, nada ―Emilio comenzó a caminar hacia la parada de autobús.
Ella, lo miró con escepticismo justo antes de comenzar a andar también, y él tuvo que ser sincero:
Tu hermano... me odia. Espero que enojarlo no sea tan malo como enojarte...
Tanya soltó a reir.
¡Para nada! Ángel no hace honor a su nombre, pero es inofensivo... ―le tranquilizó, antes de pensar en la causa de su preocupación― ¡Hey! ¡Te dijo algo! ¿Qué te dijo?
No, no es eso. Él no me habla, sólo... me ve como...
No entiendo porque no le caes bien... ―tampoco se lo preguntaba, hacía un par de años ella había dejado de comprender a su hermano, y por lo general se conformaba con aceptar su conducta y quererlo tal cual.
Pues... salgo con su única hermana ―Emilio mencionó la razón evidente.
No... eso no es ―comentó Tanya, pensativa, quedandose de pie cerca del unico asiento libre en la estación―. Nunca se ha fijado en eso, y tú eres mejor que cualquier novio o pretendiente que haya tenido.
Si Emilio fuera malo para ella, Ángel ya se hubiera asegurado de que dejaran de salir. Podía hacer eso aún contra la voluntad de la joven. Debía haber algún otro asunto.
Pero no te preocupes ―continuó―. Mi hermanito no mataría a una cucaracha... Y te lo digo yo, que soy a quien llama para que las mate.
El rió un momento antes de comprender que ella hablaba en serio hasta cierto punto.
Y aún así, cuando pone esos ojos...
No niego que mi hermanito es asunto serio. Podría hacer que decidas suicidarte, sólo con un comentario. Entre las cosas que sabe, va el como causar daño. Pero ya lo amenacé y dijo que no va a molestarte.
Así que ya sabías que me odia.
Siempre sé lo que siente mi hermanito. Que rara vez lo entiendo y nunca sé lo que piensa, es otro asunto. Pero ya te dije, no pienses en eso.
Ya no lo pensaba cuando paso el autobús que debían tomar para ir al centro de la ciudad.
Cuando llegaron al cine, ya era tarde para la película que planeaban ver, así que decidieron cenar primero y regresar a la siguiente tanda. Entraron a un escandaloso y pequeño restaurante donde ninguno de los dos había estado antes, y ocuparon una mesa solitaria cerca de la puerta lateral.
¿Cómo estuvo? ¿Fue como esperaban? ―preguntó Emilio cuando el mesero se fue tras tomar la orden― ¿No los amenazó, verdad?
Los dos habían estado pensando que tarde o temprano tendrían que hablar del viaje que ella había hecho esa tarde, así que entendió de inmediato a que se refería. Él había insistido en verla esa noche justamente para asegurarse de que estaba bien, y Tanya lo suponía, pero ninguno hablaba de esa motivación.
No, nada de amenazas... Sólo que... creo que nosotros… Yo, lo amenacé a él ―Tanya todavía suponía que eso había sido un error, pero no lo cambiaría si pudiera.
¿Tú amenazaste a…? ―Emilio casi gritó, sorprendido; luego bajó la voz, carraspeó y concluyó― a… ese… tipo. ¿Lo amenazaste?
Mientras las personas que habían volteado para curiosear regresaban a sus asuntos, Tanya respondió:
No pude controlarme, ¡ese tipo se cree que nadie puede con él! Yo no lo amenacé realmente… sólo le hablé como si… como si pensara ponerlo en su lugar. Más o menos lo amenacé.
Quizá por la imagen que se formó ante esa explicación, Emilio superó el susto inicial, y preguntó sonriente:
¿Qué cara puso?
Pues imagínalo. ¡Una jovencita amenazándolo! Supongo que le hizo gracia, pero al principio se sorprendió. Y nos echó de ahí.
Emilio supuso que no podría haber sido de otro modo.
Y esa… Sociedad hará el resto, ¿verdad? Tú volverás a tus estudios ahora, ¿cierto?
Algo así. Ángel dice que alguien… tú sabes, de La Tierra, debe involucrarse. Aunque es un territorio confuso porque no se supone que gente de mundos no libres denuncie nada porque no sabemos nada... Es aburrido, ¿verdad? Lo siento, estoy dando cátedra como lo haría mi hermano. El caso es que estamos invitados a participar... No estaríamos propiamente en batalla... en la invasión… o lo que sea.
¿Vas a ir? ―se preocupó Emilio.
Tranquilo, no va a pasarme nada. Yo soy lo que llaman una inmortal. Él término es inexacto, pero así se les dice ―sonrió y rectificó―. Así se nos dice. El caso es que mis heridas sanan por si solas.
La mención de aquella habilidad interesó a Emilio. Al parecer, Tanya tenía sorpresas ilimitadas.
¡Vaya! Eso es… ¡mucho! ―no pudo pensar en otro calificativo.
Pero no consigo que Soham y Ángel comprendan que ellos no pueden ir.
¿Tu hermano no es inmortal también?
No. Él tiene el otro don de mi padre. Es lo más genial del mundo… más bien, del universo.
La puerta lateral se abrió emitiendo un chirrido, y no volvió a cerrarse como hubiera hecho la del frente. Entraba una mujer cuya complexión y corte de cabello por poco confundieron a Tanya respecto a su género. La mujer llevaba unos horrorosos lentes oscuros y una vestimenta tan poco femenina como todo lo demás en ella. Llamó la atención de quienes la vieron, pero en realidad pocos repararon en su llegada.
Para sorpresa de Tanya, la mujer se sentó justo al lado de ella.
¡Eva! ―se sorprendió Emilio.
¡Emilio! ―dijo ella, fingiendo un tono similar al que había usado él, pero casi en un susurro.
Esto causó curiosidad en Tanya, pero por lo mismo no dijo nada.
¿Ahora qué? ―dijo Emilio, disgustado.
Nada. No tienes que salir corriendo conmigo. Sólo que no debes hacer planes para el martes.
¿Qué haremos el martes?... Olvídalo, no me lo digas.
¡En fin! Ya que estoy aquí, probaré el café.
Mientras Eva esperaba su café y ellos seguían sin ver la cena, Emilio y Tanya comentaron los progresos de la tarea de grupo, hasta que se presentó alguien más en el local.
¿Qué rayos hace ella aquí? ―preguntó Emilio, de pronto, observando hacia el mostrador.
¿Quién?―quiso saber Tanya.
¡Que horror! ―Eva había tomado un trago de su café sin azucar― No me explico porque a él le gusta esta cosa amarga.
Emilio no le prestó la menor atención, estaba tratando de señalarle a Tanya donde estaba la mujer que había aparecido por sorpresa.
La del abrigo. Ojalá esté de paso.
Tanya identificó a la mujer de inmediato porque su abrigo parecía de verdadera piel de lobo. Caminaba extraño por alguna razón. Eva se dio la vuelta para ver de quien se trataba y de inmediato su expresión divertida cambió.
¿“De paso” dices, inútil? ―murmuró― ¡Camina, muchacho!
Para sorpresa de Tanya, Emilio obedeció y le hizo una señal a ella para que los acompañara. Los tres salieron por la puerta lateral en el más completo silencio. Mientras salía, Tanya le dedicó otra mirada a la mujer, y entendió por qué caminaba con dificultad: sus zapatos tenían algo así como clavos en la suela.
Se trataba de una mujer que rondaba los treinta. Bonita, según la definición de Tanya, que no era muy exigente. Pero había algo demasiado desagradable en su expresión. Tal vez se había dejado llevar por el tono con que Emilio hablaba de ella.
Eva insistió mil veces en que debían irse, pero el muchacho no se dejó convencer. Al final, ella se fue cuando ellos entraron al cine. Tanya no sabía si se lo imaginaba, pero veía muy inquieta a la amiga de Emilio. Durante la película, se removía en su asiento, como atenta a algo. Seguramente no estaba viendo la pantalla, y la verdad no se perdía de nada. La película era mala, y la última hora la dedicaron burlarse del argumento y continuaron con esa tarea mientras esperaban el autobús.
Había mucha gente, porque a esta hora ya escaseaba el transporte, y cuando por fin llegó un vehículo intentaron subir todos a la vez. En ese desorden, ocurrió una cosa insignificante que desencadenaría la primera pelea de la pareja. Alguien tironeó la manga de Emilio, en un intento por subir antes, y para cuando se vieron sentados en el fondo, él seguía sin notar que se habia roto la costura del cuello de su camiseta de manga larga.
Tanya, en un arranque de novia promedio, fue quien lo notó primero, y claro, luego vio la cicatriz que iniciaba en su hombro, con lo que desapareció su impulso de comentar algo sobre la camiseta e intentar acomodarla.
¡Emilio! ¿Cómo te hiciste eso? ―ni se dio cuenta de lo alarmada que sonaba.
¿Qué cosa? ―preguntó él, confuso.
¡Esto!
Por fin, Emilio la vio señalar el área donde era visible lo que alguna vez había sido una herida de cuidado. Reaccionó como quien tiene algo que ocultar: cubrió la cicatriz y tartamudeó antes de dar una respuesta sin sentido con voz poco sincera:
No me acuerdo.
Al principio, ella no lo tomó tan mal, pero no se dejaba engañar.
Ya te voy a creer que no recuerdas semejante leñazo. ¿Cómo te lo hiciste?
Yo... eh... Tuve una infancia... arriesgada.
¡Sou tuvo una infancia arriesgada siguiendome a todos lados! Y no tiene nada como eso. ¿Qué tan larga es? Una marca como esa, tuvo que ser una herida profunda...
No... ―intentó mentir, pero desistió de inmediato― Sí.
¿Y cómo te la...? ¡Alguien más...!
Tanya, no preguntes.
Lo dijo tan serio, que ella estuvo cerca de hacerle caso. Pero sólo cerca.
Quieres que no te pregunte ―acusó.
Es que...
Ella esperó pacientemente, pero él nunca terminó de hablar.
¿Qué?
Después de un silencio inquietante, el dijo las únicas palabras que eran peores que quedarse callado.
¿Y si no quiero decirte?
Bueno, no me lo digas ―respondió ella de inmediato, furiosa, mientras miraba hacia cualquier parte para no verlo a él.
Tanya ―él intentó en vano pensar en algo que le quitara el enojo.
Ya. No me digas nada.
Es una cicatriz vieja. No es...
Ese no es el punto ―seguía enojada, pero al menos podía volver a mirarlo―. ¿A la hora de la hora no nos decimos todo?
No es eso.
Pero sólo decirlo, le hizo sentir culpable.
¿Y entonces?
Ya te dije, ahora mismo eso no es importante.
Si no lo fuera, me hubieras contestado. Que te calles importa.
No había caso, ahora mismo, ni la verdad la hubiera conformado. Y no es que él fuera a decírselo. Más bien deseaba quejarse y decirle que no tenía porque exigirle que le dijera lo que él no quería. Pero no podía, porque ella se lo decía todo.
Así que ambos seguían callados y sin mirarse cuando llegaron a la parada en que se quedaba Tanya.
Hasta mañana ―se despidió la joven, con frialdad. 
*****
 ―¡Por qué no te mueres de una maldita v... ! ¡NO! ¡No.No.NOoooo! ¡No es justo! ¡Estaba tan cerca!
El sonido de algo siendo golpeado preocupó un poco a Mirtala, quien redactaba un informe en la pequeña sala de estudio.
¿Soham se queda a cenar, o a dormir? ―preguntó, como quien no quiere la cosa.
Sólo a jugar, mamá ―explicó Ángel, sin dejar de dibujar lineas rectas en una hoja de papel blanco―. Mis tíos le prohibieron los videojuegos cuando reprobó el parcial pasado, así que juega cuando ellos no están o en otras casas.
Un portazo anunció la llegada de Tanya.
Ángel suspiró. Era la hora del día en que tenía que hacer algo que no quería. Siguió a su madre a la cocina. Ahí estaba Tanya golpeando la cerámica del desayunador.
La cocina era un santuario en aquella casa, porque había sido el sitio favorito del padre que no estaba. Eso significaba que ahí comían juntos, como familia. Era el sitio en el que celebraban sus alegrías. Y sí, era en donde se refugiaban cuando algo salía mal. Ahí se había curado las heridas Ángel cuando perdía el juego de escondidas con los bravucones, y en ese mismo sitio hacía sus berrinches la mayor. Incluso Mirtala tenía días en que simplemente se quedaba ahí, pensando en su amado. Era tan natural, que no se daban cuenta del significado de aquel sitio.
¿Tanya, que pasó? ―inquirió Mirtala, paciente.
Como tenía compañía, Tanya dejó de dar golpes, respiró profundo y se sentó frente al desayunador.
Una tontería, no es nada.
Está enojada porque Emilio no le quiso contar que su padre tiene un concepto muy peculiar sobre como criar a un muchacho fuerte ―Ángel lo comentó como de paso, como si no tuviera nada mejor que hacer de modo que conversaba sobre eso.
Ya decía yo que parecía eso ―Tanya lamentaba tener razón.
No lo culpo por querer olvidarse del asunto. Ahora... tendrá pesadillas por culpa tuya, desenterradora de malos recuerdos.
Pero... un padre que...
¿Qué importa? No vive con él.
Ángel... para ser que te cae mal...
Ya te lo dije, que yo lo odie, no tiene nada que ver con lo que tu sientas por él. No me cuestionas, no te cuestiono. Sólo te digo esto por tu bien. Por mí, él podría amanecer muerto...
Algo en sus propias palabras lo hizo poner mala cara. Decidió que ya había hecho bastante por un día.
Mujeres, me voy a dormir ―anunció antes de abandonar la cocina.
En la sala, le reveló a su prima el secreto para derrotar al oponente.
... Pero... Eso no tiene sentido...
Tú hazme caso. Perdón por quitarle la emoción, pero si no lo hago, no me dejas dormir. Saluda a mis tíos de parte mía.
*****
Habían pasado casi veinticuatro horas desde que Tanya soltara una amenaza a medias y bastante menos desde que Ángel explicara lo ocurrido frente a La Sociedad (había ido solo, porque su hermana tenía un cita y Soham se había tenido que poner finalmente a hacer tareas). Tanya entró a casa buscando a su hermano, aunque hubiera querido no confrontarlo, algo debía decirle.
¿Ángel? ―llamó, entrando a la cocina.
T ―fue la respuesta del muchacho.
Por hacer berrinche te perdiste de conocer al amigo de Emilio. Él sí te caería bien.
No, gracias.
A ver, ¿por qué te enojaste?
Ya te lo dije cuando me vine: tenía que...
A mí no me mientas, sé cuando andas de malas. ¡Y hoy hasta Sou se dio cuenta! A lo mejor ella tiene razón: estás celoso.
¿De ese bueno para nada? Están locas las dos ―y además tenían razón.
Ángel ―Tanya estaba muy seria―, los romances empiezan y terminan. Tú siempre serás mi único hermanito. Nos cuidamos, no importa que, ¿cierto? Nada cambia, por ningún motivo.
Sí, sí. Ya lo sé. No te pongas cursi ―y agregó, de mala gana―. Y sé que amas a ese tipo. Ya te dije que lo toleraré, pero eso no quita que lo detesto.
Eso basta. Sólo por eso, siempre sí te acompañaré a la presentación.
No hubiera dicho eso de tener idea de lo largo y aburrido que sería el musical. Pero Ángel la hubiera convencido de cualquier modo; llevaba todo el día insistiendo en que si se presentaba ahí solo sería humillante.
Y para evitar eso, Tanya tuvo que faltar a su promesa de nunca ir al colegio fuera de horas. Y una vez ahí, no podía hacer nada más que arrepentirse. En menos de media hora, ya estaba lamentándose, aburrida en una silla de la fila de atrás del salón de actos,incapaz de recordar como se había dejado llevar hasta ahí.
¿Por qué estamos aquí? Dijiste que la odiabas ―se quejaba.
La odio. Pero baila bien y…―Ángel negó con la cabeza y confesó― No la odio, Tanya. Lo que pasa es que ya no estoy enamorado de ella. Y estamos aquí porque me gusta esta obra.
¿La viste antes? La obra, quiero decir ―dudó Tanya.
No, conozco la historia. Quiero ver como se verá en un baile.
Ah, bueno, no estamos aquí por “la bailarina”.
En parte sí. Ella tiene el papel principal.
Tanya no estaba muy convencida con eso de que Ángel ya no estaba enamorado de la bailarina. Sin embargo él estaba siendo relativamente honesto. No había dejado de atraerle la muchacha pero eso no era importante para él. Ya no era una opción para compartir su vida.
A fin de cuentas, se trataba de eso: Ángel sabía lo enorme que era el universo y estaba completamente seguro de que todo ser humano tenía a su verdadero amor en su camino. Era una creencia de Ogha que nadie antes de él había analizado con tal paranoia: Ángel tenía pánico de perderse ese encuentro por una distracción, y mucho más, de ver el lado incorrecto de la persona correcta y desperdiciar una de las más valiosas oportunidades de la vida humana.
Por eso, hasta la chica más improbable tenía una oportunidad de comprobar que era “ella”. Su método estaba lleno de defectos, empezando por las muchas maneras en que cada chica incorrecta le rompería el corazón. Pero, según él, valía la pena. Nunca se había presentado la oportunidad de que él rompiera el corazón a nadie, y al parecer no la había considerado.
Jamás en la vida pensaba darle explicaciones sobre eso a nadie, ni siquiera se lo decía a su hermana y su prima para que dejaran de llamarlo “mujeriego”. Era el peor adjetivo que alguien había usado en su contra jamás, pero tenía bastante de justo.
En cualquier caso, su presencia en aquel salón de actos ya no tenía mucho que ver con eso. Sólo se divertía. Tanya no, y poco tardaría en convencerlo de salir de ahí.
*****
Mientras tanto, Emilio y una chica de su edad con ojos azul océano y cabello color cobre distribuido en cinco trenzas de diferentes longitudes, entraban a hurtadillas a la dirección.
Estás loca, Vico ―murmuró Emilio, en las penumbras.
Tú estás demasiado cómodo en La Tierra, por eso no tienes prisa ―dijo la joven―. Pero, piénsalo de este modo: cuando acabemos con esto, puedes llevarte a esa chica a Kren. Si tu padre no la echa...
No digas locuras.
La muchacha sacudió una mano en señal de que no le interesaba demasiado, y se ocuparon de lo que les había llevado ahí. Pero registraron todo en la oficina sin encontrar lo que buscaban.
Emilio se empeñó en dejar todo en orden antes de salir. A Victoria le hizo mucha gracia aquella actitud.
No, Vico, no entiendes, la directora querrá saber que pasó, si ve algo fuera de su sitio.
Ya habían dejado la puerta como la habían encontrado y se disponían a dejar la escuela.
Como quieras. ¡Cómo te importa mantener tu posición! ¿Es por la misión, o por la terránea? Creo que… ¡Ay no!
Victoria había visto a Tanya y Ángel al final del pasillo. Y ellos la habían visto a ella. Victoria imaginó que podían conocer a Emilio, después de todo ella suponía que todas las escuelas de todos los mundos eran pequeñas como las del que ella era originaria. Esta era bastante más grande, pero aún así todos se conocían de vista.
¿Qué pasó? ―dijo Emilio, viendo en la misma dirección que ella justo a tiempo para ver a Tanya caminando hacia ellos con una gran sonrisa.
¿Qué hacen aquí? ―preguntó, curiosa.
Eh… ―Emilio no sabía que inventar.
Estoy robándome un libro, ¡pero lo devolveré! ―dijo Victoria.
Se llama “tomar prestado” ―dijo Ángel.
Tanya y Ángel decidieron cubrirlos. Ángel no estaba conforme con la explicación de Victoria, pero no quería arruinar la relación de su hermana con Emilio. Ella siempre había sido pesimista, pero no desdichada; sin embargo, Ángel sabía que ella nunca había sido tan feliz y que sería justo lo opuesto cuando aquello se rompiera. Ojalá no hubiera sido justo este tipo, pero si Tanya lo quería... era cosa de resignarse.
De modo que Emilio y su amiga se fueron tranquilos.
Llegaron a la casa de él a las nueve de la noche porque se habían equivocado de autobús, se suponía que llamarían de ahí a la madre de ella, para avisarle que se quedaría a dormir, pero no hacía falta, pues ella estaba ahí... discutiendo acaloradamente con la tía de la joven, en un dialecto que ella comprendía y él prácticamente no.
Inés, tranquilízate... ―insistió Francisco.
¡No puedo! ―gritó la madre de Victoria― Ustedes han causado que se muera prácticamente toda mi familia, y ahora quieren que Uedia se les una... ―miró fijamente a su hermana, con mirada suplicante― Ai: Zafai dyae Mirá sefe diaxew de Aid...
¡Nosotros no mandamos a tu hija a hacer nada! Y ese par seguramente anda por ahí recorriendo discotecas.
Inés... ―Francisco volvió a intentar hablar.
Eo ain da jat se lid eod ―exclamó la menor de las mujeres de cabello cobre, luego lo repitió en español, aunque con menos rabia― No es mi nombre ―guardó silencio un instante y agregó― Y este no es mi mundo.
Rompió en llanto y Eva casi se atrevió a intentar consolarla.
Ella está aquí ―dijo Francisco, entendiendo por fin que si no lo decía de golpe no lo dejarían acabar de hablar nunca.
Del otro lado de la puerta cerrada, Emilio sintió como si lo hubieran descubierto espiando. No era el caso. Victoria simplemente se había quedado congelada en la entrada al oír la discusión.
Félix, con su cabeza envuelta en un pañuelo, como de costumbre, abrió la puerta y ellos entraron. La muchacha lloraba. Nunca había visto pelear a dos miembros de su familia y, sobre todo, lo que habían estado diciendo le había recordado lo ocurrido cuando su pequeña aldea flotante en Mar Verde había tenido el primer contacto con Kren.
Kamnaid no había drenado a esas personas, había ido directo a matarlos. Incluidos su hermano menor, sus primos y su padre. Muchos de sus amigos... probablemente todos.
A su madre no le importaba que llorara. Le preguntó a gritos donde habían estado. Una respuesta pedante se le ocurrió a la chica, pero no tuvo ganas de hablar. La mujer insistió, está vez con más calma. Eva también preguntó. La muchacha contestó para que la dejaran tranquila.
Entramos a donde esa mujer trabaja.
¿Cuál mujer? ―preguntó su madre, confundida.
¿Estás loca, Vico? ―gritó Eva, disgustada― ¡Pudieron verlos!
Los vieron, Pinky ―dijo Francisko.
¿Como es que hace un segundo no sabías donde estaban? ―preguntó Inés, furiosa.
Pues simplemente no pude saberlo. Lo intenté, pero... no puedo saber todo.
Las cosas fueron enfriándose muy lentamente. Los gritos y el llanto cedieron. Llegó el momento de hablar sobre lo ocurrido. Casi todos estaban muy serios, pero Victoria no podía permanecer seria demasiado tiempo.
¿Por qué le dices Pinky a Eva? ―preguntó la joven, de pronto, justo cuando los mayores intentaban hacerlos entender que no era necesario tomar riesgos.
Ese chico no te creyó del todo, Victoria ―dijo Francisko, ignorando la pregunta de la chica.
¿Nos va a delatar? ―preguntó Emilio, preocupado.
No. Tiene motivos que desconozco...
¿No deberías saber todas esas cosas, Frak? ―dijo Victoria, casi en tono de burla.
Nadie sabe todo ―dijo Francisko, por segunda vez en minutos.
A diferencia de los demás, Eva sabía tan bien como Francisko que en realidad si estaba perdiendo eficiencia, y sabía los motivos. Así que cooperó con él para cambiar de tema, antes de que Victoria insistiera más de la cuenta. No es que tuviera mucho tiempo para hacerlo, pues pronto su madre se la llevo a casa.
Después de despedirlas, el silencio reinó en la casa pese a que nadie dormía.





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