sábado, 19 de mayo de 2012

eMdV: Kren



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 ―¿Vico?
La joven se dio la vuelta para poder ver a Emilio, quien le hablaba desde el umbral. Ella había ayudado a Eva a decorar la casa y se comportaba como si viviera ahí, con lo que entraba a habitaciones que parecían en desuso. Ahora mismo estaba buscando soledad para pensar, pero no tenía problema en atender a Emilio. Vico no era de las que se derrumbaban tan fácil, y ya había pasado el momento de llorar. Pero aún así... todo lo que estaba ocurriendo la superaba.

Los habitantes de la casa, incluida su tía, tenían alguna relación con Kren: familiares, amigos... o habían crecido ahí. Ese último era el caso de Emilio. Por eso, era de Kren su verdadero nombre: Emnaid. En Mar Verde había llevado otro nombre, y en poco tiempo había desarrollado una amistad con Victoria. Ahora, en la Tierra, llevaba un nombre terráneo y estudiaba como un local y hasta quería casarse con Tanya. Pero su lealtad seguía en Kren, bajo las leyes de Kren.
En cambio, Victoria y su madre no tenían más relación con aquel mundo que una matanza. Y aunque no lamentaba haber ayudado a su tía y los demás, habría deseado no atraer con ello la atención del dictador.
¿Estás bien? ―preguntó Emilio.
No del todo. Estoy odiando al tal Kamnaid. Extrañando a mi familia. Sintiéndome tan...
No tenía idea de cual era esa sensación, por eso estaba ahí sola, intentando descifrarlo. Emilio sabía:
¿Inútil y torpe? Yo también. No creo que debamos estar aquí, haciendo lo que hacemos... No creo que nada de esto tenga sentido pero... ellos saben los que hacen. Frak siempre sabe.
¿En serio? ―dijo ella con escepticismo― Querrás decir que a veces sabe. Yo creo que sólo está asustado.
Quizá se asuste, pero eso no cambia que hace lo mejor para nosotros.
Emilio creía eso ciegamente, pero las últimas decisiones de su tutor no eran evidencia de ello, si no de lo contrario.
*****
Invadir Kren no era tan sencillo como la Sociedad había esperado al principio. Tendrían que prepararse. Aunque las personas de Kren no querían a su líder, le tenían un profundo temor, y le apoyarían porque esa era la ley. Al ir a Kren deberían de enfrentar además a las personas que si apoyaban a Kamnaid, y luego, deberían vencerlo a él, cuya magia era casi equiparable a la que había tenido alguna vez la caja de cristal de estrella, que afortunadamente ahora estaba rota.
Estaba en la naturaleza de los Kreen robar. Así obtenían magia, energía y dones. No eran malas personas, pero tenían la capacidad de robar los dones de otros y la utilizaban para todas sus actividades cotidianas. Había un equilibrio en la forma en que cada cual sustraía determinadas cosas de los otros y toleraba que alguien tomara algo suyo. Por lo general, no pensaban en los efectos pero algún tipo de intuición los hacía controlarse. Kamnaid no debía tener esa cualidad, porque no había ningún equilibrio en sus hábitos, y había llegado más lejos. Había robado más que dosis pequeñas, como era habitual; había obtenido el don en su totalidad, no de una sino de varias personas. El método requería tener más energía, para manejar tales dones, y despojar del don y de la vida al propietario. Había matado a muchas personas para robar sus dones y ahora robaba energía en mundos no libres, particularmente La Tierra.
Enfrentarlo a él era difícil para una persona, era muy poderoso y estaría demasiado bien protegido para que un grupo lo alcanzara.
Por desgracia, en Kren siempre se había vivido bajo alguna dictadura y sabían bajar la cabeza por el bien de la nación y por confianza en la persona que por herencia o fuerza bruta gobernaba. Tenían una jerarquía muy específica en la que cada quién cumplía un rol de mayor o menor importancia, según sus capacidades, rango familiar y educación recibida.
En cada familia se preparaba a los niños para encajar en determinado rol, y nunca se descarriaban. Tal vez porque descarriarse era duramente castigado con la cárcel, la muerte... o el escarnio público. Tal vez por la profunda lealtad que desarrollaban todos hacia su mundo y el respeto que tenían por las normas establecidas. Su mundo había crecido de maravilla bajo la barrera que habían creado para alejar a los extraños hacía varios miles de años. Sólo que ahora no estaba funcionando así. El progreso se había detenido porque los Kreen no tenían la fuerza suficiente para sostener a su ambicioso dictador.
A veces ocurría y el mundo se estancaba hasta la muerte de un dictador inapropiado, aunque eso era algo con lo que no podían contar esta vez, pues hacía varios años que Kamnaid había adquirido inmortalidad. No habían estado tan mal en otros días, ni siquiera esa vez en que la hija de un dictador descarriado había sido aún peor que su padre. ¿Cómo había sobrevivido a eso aquel mundo? Pues, muy sencillo: destronando a la familia dictadora. Lo habían intentado con Kamnaid. Pero no había funcionado en lo más mínimo. Cada vez que alguien se atrevía a enfrentarlo, el dictador lo asesinaba. Aún guardaba sus armas en el punto en que ellos las habían soltado al ser derrotados. Además de esos trofeos solamente simbólicos, tenía las habilidades más valiosas de sus víctimas.
Ahora Kamnaid era temido más que respetado, pero en cualquier caso ―sin importar cuán hundido tuviera su mundo― ellos pelearían por él contra quien fuera necesario. Por miedo, sí, pero sobre todo porque al no haber logrado derrocarlo seguían siendo leales a él y él seguía siendo su cabeza y su representante. Así había funcionado Kren por generaciones. Y así estaba hundiéndose en esta ocasión. Ahora incluso La Sociedad estaría contra ellos.
Tanya no se había cuestionado los motivos para emprender una especie de guerra, si era sólo Kamnaid quien infringía la ley de la sociedad. Pero su hermano había obtenido la información y comprendía. Pensaba que era cruel que las propias víctimas de Kamnaid resultaran atrapadas en aquella guerra por algo que, según él, era una costumbre ridícula.
Tenía miedo de enfrentar a alguien tan poderoso y había muy poco que él deseara más que dejar todo en manos de La Sociedad. Pero no podía vivir con la idea de permitir una guerra solamente porque para él era más fácil. Al final, prevaleció el respeto a lo que su padre le hubiera enseñado de haber podido, y asumió su única responsabilidad: la de saber suficiente. Le dijo a su hermana lo que pensaba sobre la guerra, y que era mejor enfrentarlo solo a él, que se evitarían daños.
¿Por qué no llevan al ejercito a enfrentarlo a él? ―dijo Tanya, con inocencia.
Eso hasta yo lo sé ―intervino Soham―. Si una persona va a enfrentarlo, quizás podrá llegar hasta él. Pero un ejército no pasará desapercibido, y será una guerra cuando intenten detenerlos.
Un montón de inocentes morirán. Aunque caiga él, podrían causar más muertes en guerra de las que hubiera causado si se le deja continuar, ¿entienden? … Bueno, tal vez no tantas.
¡Pero…!.
¿Y quién, según tú, podría enfrentarlo solo? ―en el otro aspecto ya no había nada que discutir, pero Soham creía que Ángel estaba llevando muy lejos el asunto― ¿Tanya? ¿Por ser inmortal? Hay bastantes inmortales en el universo, en la Sociedad hay varios de esos, y no han hecho nada.
Primero ―dijo Ángel―, debes notar que la tierra es el planeta afectado, y al parecer no hay mas inmortales aquí. Segundo, no espero que Tanya lo enfrente. Espero hacer algo que permitirá que cualquiera pueda enfrentarlo.
Soham y Tanya intercambiaron una mirada de exasperación.
Tienes un plan, y le das vueltas al asunto para burlarte de nosotras ―Soham perdió la paciencia―. Ya te divertiste, ahora explícate.
Existe una flecha, de un material especial que es importante por la cultura que lo creó. No me interesa la historia. El punto es que la flecha le quitará los dones robados.
Con lo que le ha costado reunirlos, y es cuestión de una sola práctica de tiro al blanco para quitárselos ―rió Soham.
¿Y donde se consiguen esas flechas?
Esa. Es única. No se han creado más y al parecer ellos desaparecieron del Universo sin dejar mucho más que armas extrañas y libros que ni siquiera yo podría leer. Ese es y ha sido siempre el significado de “una sola oportunidad” ―dijo Ángel―. Si fallas, él destruirá la flecha y se acabó. Quizá incluso nos mate.
Por un segundo, Tanya creyó que era broma. Luego su mirada se ensombreció.
Tirará Soham, ¿cierto? ―dijo.
¿Qué? ¡Si tengo pésima puntería!
Pero… ¿los videojuegos…? ―dijo Tanya.
¡Es diferente! Y aún ahí no tengo puntería. ¡Siempre fallo mucho y atino por simple probabilidad! La probabilidad de que “alguna tiene que pegar en el blanco”.
Tú tirarás ―dijo Ángel, dirigiéndose a su hermana.
Pero…
Tienes buena vista, pulso firme y eres una perfeccionista. Eso te da la mejor puntería entre nosotros. Una vez aclarado eso, responderé a tu otra pregunta: tenemos que robar la flecha.
¿Robarla? ―dijo Soham, pensando que ella no había pedido un lío de esos― ¿De dónde?
Suena difícil.
Ni tanto. Entramos, siento decirlo, por la puerta principal. Un campo evita llegar ahí con magia o hechizos. Nos encerramos en donde está la flecha, la tomamos, a pesar de todo esa será la parte fácil; salir, en cambio...
¿Muy difícil?
Sí. Salir por la puerta principal… aunque, si logramos romper el campo desde adentro…
¿Por qué desde dentro? ―preguntó Soham.
Porque desde fuera no se puede ―dijo Ángel, como quien señala lo obvio― ¿Para qué se molestarían en poner un campo mágico si puedo pararme frente al edificio y romper el campo? Tal vez desde dentro… Pero con magia de D´hale, no creo. No hay que contar con eso.
Bueno, espero que la magia de D´hale y la telequinesia nos permitan llegar hasta la salida con una flecha robada ―dijo Tanya, con el alma en un hilo, pero sin cuestionar nada.
*****
Llevaban dos días preparándose para pelear o lo que fuera necesario, lo cuál sonaba muy bien, pero no significaba mucho: simplemente habían aprendido un par de hechizos y habían practicado diversas cuestiones. Habían obtenido un par de libros gracias a la Sociedad, y eso le facilitaba mucho la situación a Tanya, que ya no tenía que preguntar a Ángel para todo.
Soham no quería ir a ningún museo de otro mundo a robar flechas únicas, legendarias, mágicas o lo que fuera. Estaba molesta por no ser capaz de decirle a sus primos que no le daba la gana hacer nada de eso. Pero había estado practicando también, simplemente la telequinesia, su única habilidad.
Tanya estaba tan angustiada que no podía dejar de prepararse. Leía los libros de magia incluso cuando debía estar en clases. Emilio sabía perfectamente que algo pasaba y seguía pensando en una manera de averiguarlo en la tarde del Martes, en casa de Soham. Tenían algo parecido a una doble cita. Soham y su “pretendiente sin aceptar” estaban en la sala, y ellos dos en la cocina, supuestamente haciendo pastel de fresa... pero jugaban.
Mientras intentaba hacerle cosquillas, Tanya encontró el inicio de una cicatriz en el abdomen de Emilio. Esta vez no preguntó nada, pero perdió todo interés en los juegos.
No pasó demasiado antes de que él insistiera en saber porque ella estaba ansiosa ese día. Nuevamente no fue capaz de ocultarle la respuesta que pedía. La honestidad era una de las bases de los romances en Ogha, y eso era lo que ella quería de aquella relación: un romance como el que habían tenido sus padres.
Fue concisa: irían a Kren a buscar un arma para volver vulnerable al que hacía los Kamikazes turquesa.
Él recibió la noticia con una mirada de incredulidad que la incomodó.
Dijiste que no ibas a volver ―reclamó el muchacho―. Se suponía que estabas fuera de eso...
Lo sé. Pero... iban a empezar algo así como una guerra. Ya sabes, gente que nada tiene que ver, peleando contra un ejército de la Sociedad o algo por el estilo... Y luego los que sobrevivan de ese ejército, van a matar a Kamnaid, cuando no sea posible apresarlo. Y mi hermanito dice que no debemos permitir una guerra, y yo creo que es verdad. Eso es. Sé que suena raro pero...
¡Suena terrible, Tanya! ―sólo quería decirle que no tenía nada que hacer en Kren y que se quedara lejos de Kamnaid― Yo te entiendo, pero ¿por qué ustedes?
Eso piensa Sou. Ya no dice nada pero se le nota... El caso es que hay cosas que deben hacerse y ya. ¿Entiendes? Alguien las tiene que hacer.
No. Ni siquiera la Sociedad debería meterse en los asuntos internos de un mundo, ¿y tú sí?
¡Pero es La Tierra la que está en riesgo!
No tenía caso, Emilio estaba disgustado y eso lo hacía poco receptivo. Tanya acabó enojándose también, porque era imposible hacerle comprender que ella debía hacer lo necesario. Él no la quería por ahí desafiando a un dictador inmortal rodeado de guardias. Ella no era el tipo de persona que deja las cosas importantes en manos de "otros", y entre más él le decía que se arriesgaba, más convencida estaba de que ella era perfectamente capaz de hacer lo que hacía muy poco le parecía imposible.
Y por fin, decidió dejarlo hablando sólo. Se fue a su casa después de gritarle a su prima que tenía media hora para alcanzarla, pensando que era horrible viajar a Kren después de pelear con su novio unas horas antes.
Pero no fue eso lo que ocurrió. Ángel quería esperar otro día. Había estado muy preocupado respecto a la forma en que saldrían de aquel lugar, de modo que ellas pensaron que era un ataque de pánico. Incluso su prima intentó convencerlo de que no serviría de nada esperar más.
Tú sólo estás asustado ―suspiró Soham, que prefería hacer de una vez lo que no le gustaba para tener la mente despejada a la hora de jugar videojuegos.
Sólo porque Tanya cree que puede despreocuparse porque es inmortal, pero no tiene nada que ver con esto.
Pues, es que es cierto, es inmortal. Duh.
No hace mucho que un inmortal estuvo muy cerca, ¿saben? Pero él cometió ese mismo error, y no cuidó de sí mismo. Se concentró en atacar. Y murió por una herida que en otras circunstancias se hubiera cerrado antes de que él llegara a desmayarse. Al morir, su habilidad pasó a Kamnaid, ¿ven de lo que hablo? Lo que él hace es quitar habilidades, así que nuestras habilidades no son gran cosa si estamos demasiado cerca.
¡Y nos metemos con él! ―Soham por fin dijo lo que quería decir, y no intentó disimular su miedo― Esto es ridículo... ¿Por qué demonios lo hacemos?
Es que somos la gente correcta para hacerlo ―dijo Ángel, feliz como si aquello fuera digno de celebrarse.


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