sábado, 14 de abril de 2012

eMdV: Kamikazes Turquesa



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 ―¿Mi madre? Ella... es adorable. Solía cantarme, aún cuando yo ya era demasiado mayor para eso ―Emilio adquirió de pronto un tono de voz soñador y no pudo evitar sonreír― Me ayuda en mis tareas y me conoce más de lo que se considera normal. ¿Y la tuya?
Trabaja todo el día, pero tan pronto como llega a casa…
¿Por qué hablaban de eso? No llevaban una relación como las que Tanya acostumbraba. Él era una especie de príncipe de cuento, siempre dulce, gentil y... enamorado. Estaba fascinada con él y entre más lo conocía, más adorable lo encontraba. Nunca había funcionado así.

Él estaba ahí para ella cuando sufría, cuando quería divertirse, cuando estudiaba o cuando veía la televisión; estaba siempre que ella lo necesitara. Y parecía saber cuando ella deseaba estar sola, entonces, desaparecía con cualquier excusa.
Cuando aquello terminara, comenzaba a sospechar Tanya, iba a dolerle mucho. Pero, hasta entonces, lo disfrutaba al máximo.
Aún en medio de su romance Tanya seguía preocupada por otro tema. Después de unos días de prestar atención a señales que al principio apenas había notado, ahora tenía que aceptar que había más sombras de las que había imaginado, y estaba decidida a descubrir que eran y que hacían.
Concentración y paciencia rindieron frutos y pudo ver con relativa claridad a los espectros color magenta que acompañaban a las personas enfadadas o deprimidas. Eso confirmaba las sospechas de Tanya en más de un sentido: algo andaba mal, y ¡las personas enfadadas y deprimidas son muchas!
A lo largo de aquel proceso de descubrimiento, había seguido hablando del asunto con su prima, cuyo interés se basaba más en la curiosidad que en la responsabilidad. Soham carecía de la capacidad de concentración necesaria para intentar verlos, pero no le hacía falta para dar respuesta a sus preguntas.
Es muy raro. Al principio creí que los… envenenaban. Tú entiendes. Pero resulta que esa tristeza no la causan esos bichos, sólo es más fácil para ellos afectar a la gente así. Supongo que es porque su voluntad está dañada.
¿Pero estás segura que esa cosa no la causan ellos mismos?
Sí. Porque siempre ha habido gente deprimida y antes no tenían eso... Además, sé que no pertenecen ni a ellos ni a la Tierra.... se puede sentir.
Una niña de Ogha puede sentirlo, querrás decir.
Soham, a diferencia de su prima, era hija de terráneos. Su tía, la madre de Tanya, era terránea también. No eran precisamente comunes, con dos generaciones seguidas de psícoquinéticos que incluían a Tanya y Soham, pero no había más que eso. Soham estaba en desventaja frente a sus primos con sangre de Ogha, pero eso no tenía demasiada importancia, y ella también sabía un poco sobre los otros mundos y los peligros en ellos.
Tanya tuvo que aceptar que su condición era diferente.
Bueno, dilo así ―cedió, para luego continuar contando―. Y está esa muchacha de último año, la sombra se apareció de pronto cuando ella ya estaba triste de hacía como dos días... Y estaba triste pero estaba bien y ahora que esa cosa la sigue está.... enferma. Es otra cosa que no puedo explicar, sólo... lo sé. Y eso no es una cosa que vea sólo yo: ¿Te fijaste que cansada y que pálida pasa?
Soham miraba a su prima, esforzándose por entender lo que esta le decía, pero sin preocuparse por nada de ello. En cambio Tanya suponía que, por saber que algo pasaba, ellas eran responsables de comprenderlo y evitarlo. Tenían una sola forma de averiguar, y no era divertida. Ni siquiera lo mencionó por un tiempo, pero al final tuvo que admitir que era necesario. A Soham la idea le pareció absurda.
De mala gana, fueron en busca de la ayuda de Ángel un lunes por la tarde. No estaba en casa, así que tendrían que buscarlo en la biblioteca o en el café que frecuentaba.
Por lo general, Ángel era insoportable cuando se le pedía ayuda. Una vez había obligado a Soham a arrodillarse como condición para ayudarle con una tarea de historia. Y lo peor era que la habían calificado mal porque la versión que Ángel conocía, no era la que aparecía en los libros. La cuestión era que Ángel simplemente sabía lo que sabía, por lo general información que le resultaba útil a él o a alguien cercano. A veces la información llegaba justo cuando la necesitaba, a veces la había obtenido con tanta antelación que le costaba recordarla. No era algo que pudiera elegir, y no había errores, pero como su habilidad era desconocida y no estaba deseoso de comentarla y dar pruebas sobre ella ante ningún maestro, desde el asunto con la tarea de su prima verificaba que los hechos se hubieran registrado en la historia además de haber ocurrido.
Aunque sus demás aportes habían sido bastante más útiles, exigía demasiado como pago. Tanya no hubiera ido con él si hubiera tenido otra opción. Su padre era, como Ángel, un perceptivo, y bastante más preciso; de haber estado ahí, él se habría hecho cargo. Pensar en eso le causaba tristeza, pero debía mantenerse tranquila si no quería terminar con una nube de humo magenta flotando a su lado.
Como Ángel. Cuando lo encontraron, solo, en una mesa de la Biblioteca Nacional, Tanya hubiera podido decirle que había una criatura extraña succionándole la vida, de no ser por que antes de que ellas lo saludaran siquiera, él alzó la mirada y les dijo que no era buen día para molestarlo.
La “sombra magenta” tenía las mismas proporciones del muchacho, y lo imitaba en algunas de sus acciones. Se dispersó como si hubiera viento contra ella cuando el muchacho se movió de forma repentina, y se “armó” de nuevo en un instante.
Soham, apenas consciente de la presencia de la criatura, sólo pudo concluir que Ángel se veía muy apagado. Tanya podía ser más específica. Era su mirada. Los ojos de Ángel, apenas visibles porque siempre los entrecerraba como si le molestara la luz, eran bastante expresivos y Tanya sabía interpretarlos a la perfección. Era la mirada negra e intensa de siempre, pero llena de tristeza, como la vez en que la chica a la que él ya había considerado la adecuada lo había dejado para salir con un muchacho mayor; pero... estaba más triste ahora. No tenía punto de comparación para esto, de modo que Tanya se preocupó. Pero, sabía perfectamente como distraer a su hermano y se puso a ello.
No vinimos a molestarte E.T. ―explicó―, vinimos a pedirte un favor. Uno grande. Pero es urgente así que debes poner un precio que podamos pagar rápido.
Justo ahora, no me siento como alguien que ayuda, T. Lo siento.
¡Debes dejar de estar deprimido! ―dijo Tanya.
Lo sé... ¡Tengo un kamikaze turquesa drenándome! Pero no sé como dejar de estar así después de lo que... antes... ―la expresión de inseguridad y duda no era habitual en Ángel, así que ni siquiera Tanya se dio cuenta; al final, con tono resignado, suspiró:― Olvídalo.
¿Un “qué” turquesa? ―preguntó Soham.
¿Rompiste con la bailarina? ―dijo Tanya, a la vez, y luego, sin la interrupción de la otra― ¿Te pones así por eso?
Kamikaze. Creo que el origen del término es terráneo, tiene que ver con que desaparecen al acabar con su misión… pero es difícil saber cosas cuando uno está medio drenado… ―era sincero hasta ese punto, luego, se limitó a no contarles lo que no quería que Tanya supiera―Y, no. Esmeralda rompió conmigo, resulta que pasados los exámenes no necesita un cerebrito. Pero...
Tanya se mordió la lengua para no decir “Te lo dije”; esa frase no es famosa por su utilidad para curar la depresión. Pero Soham si habló, sin ser nada gentil:
Olvídate de esa tonta. Tenemos cosas serias de que ocuparnos.
¿Dónde estabas cuando dije que no seré útil?
No importa que estés depre, drenado, y que siempre te gusten niñas fuera de tu alcance. Igual eres un perceptivo y lo poco que puedas decirnos tendrá que bastar ―respondió Soham.
Al menos sabes qué son estás cosas ―dijo Tanya―, y algo tendremos que hacer con ellas, no se las puede dejar por ahí, comiéndose a la gente. Y, ¿qué son?
Algo cambió en el muchacho, de pronto parecía estar mucho más sereno y lució perfectamente normal cuando se llevó la mano derecha a la nuca, pasando el brazo por sobre su cabeza, miró hacia el suelo y tras un segundo, con esa mirada de “yo lo sé todo” que hubiera molestado a Tanya en otras circunstancias, comentó:
¿Los Kamikazes turquesa? Podríamos hacer algo. Para empezar, invítenme un café.
Para que rezongar.
Tienes trece años, Ángel; no es normal tu adicción por el café ―dijo Soham mientras ambas avanzaban junto al chico.
No nos sigue ―mencionó Tanya, señalando al Kamikaze.
¡Oh, sí! Ya saben, mi ego: lo inflas un poco y no deja espacio ni para una depresión ni para nada ―sonrió Ángel. Podía ser cierto, pero no era el motivo para que el Kamikaze lo abandonara.
Caminaron dos cuadras hasta La Tacita, un establecimiento pequeño, en el que podían disfrutar de sus vicios por los dulces, café, música y lecturas. El pequeño estante con libros viejos pero valiosos era la razón por la que Tanya había llevado ahí a su hermano y a su prima en un principio, pero Ángel se había enamorado del café y Soham de los postres. Ahora era uno de los pocos espacios que compartían los tres.
Ahí, en la mesa que ocupaban casi siempre, Ángel comenzó a explicar, con su habitual tono seguro, la naturaleza de las criaturas magenta.
Son una habilidad, en cierto modo. Propiedad de los Kreen, que si uno lo piensa son de un mundo relativamente cercano. Aunque claro, eso no significa que allá relación entre La Tierra y Kren. Cualquier kreen puede crear kamikazes, para diferentes propósitos. Los turquesa absorben energía para el fabricante. Otras le permiten a su creador hacer más fuerte alguna cualidad. Las usan menos porque los Kreen rara vez tienen dones, aunque sí pueden robarlos, asesinando al dueño original... pero eso ahora no nos interesa. Los Kamikazes mueren cuando acaba su función… en el caso de los Turquesa, eso es cuando los abandona la persona a la que drenan, o cuando muere el fabricante, ¿vieron palidecer al que me seguía? Empezaba a morirse.
¿Y cómo se les mata? ―dijo Tanya, quien a diferencia de los otros tenía llena su taza.
Ángel tuvo tiempo para reír antes de contestar.
T, siempre con prisa ―luego, dio las malas noticias―. Para matarlos necesitaríamos magia… Además, ¿tienen idea de cuantos son?
Tanya dice que un montón… ―observó Soham, jugando con su taza vacía.
Pues no podemos matar Turquesas por siempre ―señaló Ángel―. Por ese lado no hay nada que hacer, aunque tuviéramos magia.
¿Cuál es la opción? ―dijo Tanya, impaciente.
Recurrir a La Sociedad ―dijo Angel, sin dudar―. Ellos pueden poner en su lugar a Kamnaid, gobernante por herencia de Kren. Es un abusivo en su mundo y ahora envía Kamikazes Turquesa a La Tierra. Ellos tienen razones para involucrarse. Antes La Sociedad no podía intervenir porque era un asunto interno, pero ya no más.
Pero La Sociedad no tiene sede en La Tierra. ¿Cómo se supone que llegaremos….? Para viajar desde aquí, siempre hace falta magia...
Ustedes dicen que magia de D´hale puede ser aprendida ―el aire pensativo de Soham perdió todo impacto porque en ese momento estuvo a punto de dejar caer la taza y soltó una carcajada breve.
No lo puede aprender gente de la Tierra ―dijo Tanya.
A mí no me importa que ustedes vayan solos ―Soham se encogió de hombros.
Ángel y Tanya se miraron. Nunca habían intentado hacer uso de su naturaleza Oghense. Si bien cada uno había heredado una habilidad de su padre, nada tenían que ver con la magia ni eran exclusivas de aquel mundo. No tenían idea de si funcionaría, pero eso no era motivo para no intentar.
Buscaré algo que podamos estudiar entre las cosas de papá―dijo Ángel.
Empieza por los… ―comenzó Tanya.
Magia para viajar. Ya lo sé.
Sí, pero eres mi hermanito bebé, y necesito que quede claro que yo mando aquí ―rió Tanya.
Ángel lo dejó pasar. El café estaba bien y su día acababa de pasar de terrible a interesante con una facilidad inesperada. Nada que hiciera su hermana podía molestarlo.
*****
Era un enorme edificio. Una mujer y un muchacho, rubios, altos, y con vestimenta de una piel similar a la de oso en tonos diferentes de gris, corrían descalzos hacia la puerta principal. Los demás no lo habían logrado.
Ella iba adelante, así que fue quien se estrelló contra una pared invisible que se interponía entre ella y la puerta metálica. El impacto hizo que toda la pared fuera visible, como si estuviese hecha de un líquido incoloro que caía. La pared era parte de un cerco de al menos dos metros cuadrados, con lo que una de sus esquinas rosaba una de las paredes que si pertenecían al edificio. Se había formado alrededor de ella en algún momento, pero el muchacho no había quedado dentro, pues al ir atrás había notado el cambio y se había detenido tan rápido que había caído al suelo.
El muchacho se levantó de inmediato, rodeando la pared para dirigirse hacia la puerta. Estaba trancada, y él, desesperado, se estrelló contra ella haciéndola temblar y resquebrajarse hasta que cedió y él tuvo la vía libre para escapar. No vio hacia atrás, donde las paredes que habían aparecido alrededor de su compañera se cerraban y volvían lentamente a ser invisibles. Apenas si escuchó el sonido de la flecha que lo alcanzaba. Cayó sobre sus rodillas, llevó su mano a su pecho como si pensara sacar aquel objeto incrustado en él... y luego, se desplomó.
Alrededor de la mujer, volvió a ser visible la cortina líquida: había vuelto a tocarla. Está vez había sido un accidente, estaba a menos de un centímetro de cualquiera de los lados.
A pocos pasos de distancia, estaba el hombre que había lanzado la flecha. Era bajo, delgado y de muy poca presencia, hubiera parecido incapaz de matar una mosca, lo único de él que evocaba dureza, era la cicatriz que se extendía en línea recta de su ceja izquierda hasta la coronilla, rodeada por un área sin cabello, aunque algunas hebras del cabello largo y rubio se cruzaban sobre esa cicatriz. El vestía ropa más común que los que intentaban huir, pero no había nada de común en el arco que sostenía, todo negro y pesado, ni en la flecha única que sostenía, y que había lanzado tantas veces a lo largo de su vida. Le había puesto un conjuro para que se duplicara cada vez. Tras él apareció un hombre que resultaba ser su opuesto: muy alto y fornido, con el cabello negro, rizado, muy corto. Tenía una cana aquí y otra allá, y en la frente las arrugas propias de quien ha fruncido el ceño durante un largo tiempo, pero por lo demás lucía joven y fuerte. Sobre todo fuerte. Había obtenido en un solo combate casi todas sus cicatrices, unas visibles en sus brazos y otras ocultas por sus ropas.
Ese hombre caminó con parsimonia hacia las escaleras. Once pasos después, se encontró frente al muchacho sentado en el segundo escalón.
¿Ves su forma? ―inquirió.
El muchacho rubio asintió, sin dudas.
Entonces, hazlo.
La expresión de concentración del muchacho se endureció. Las paredes se cerraron aún más y luego la cárcel que capturaba a la mujer implosionó. Un tintineo advirtió la caída de un objeto metálico. Era una lámpara de aceite.
El hombre musculoso la levantó y la miró por todos lados. El murmullo dentro de ella no era pista suficiente sobre su habitante.
Uhm... Has estado leyendo demasiado en la Tierra ―concluyó el hombre.
El muchacho de las escaleras hubiera respondido, pero estaba con la mente en otro asunto: el cuerpo inerte cerca de la puerta.
¿Está muerto? ―preguntó.
El arquero no necesitaba revisar para responder con un conciso “Sí”.
No lo hagas de nuevo ―dijo el muchacho, con firmeza.
No hubo una sola palabra de objeción.


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