sábado, 21 de abril de 2012

eMdV: En representación de La Tierra.



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 ―¿Qué es? ―dijo Emilio, abrazando a Tanya y refiriéndose al libro que ella tenía.
Tanya se sobresaltó, había estado sola en el salón por un rato y su silenciosa llegada la sorprendía un poco.
Yo… leo ―respondió, nerviosa.
¿Qué lees? ―dijo él, arrastrando una silla para sentarse cerca de ella y hablar antes del inicio de las clases.
Un… eh… Nada. No es interesante ―mintió.
Sabes que no te creo, ¿verdad? ―Emilio sonrió.
Tanya no pudo reprimir el deseo de contárselo todo.
¿Qué dirías si te digo que…? ―comenzó, pero luego imaginó que no le creería, o peor, podría asustarse― ¡Olvídalo!
Quiero saber ―alentó él.
Yo… ―las hojas del libro comenzaron a moverse sin que Tanya se diera cuenta siquiera.
¿Tú estás haciendo eso? ―murmuró Emilio, que sí se daba cuenta.
Al notarlo Tanya, las páginas dejaron de moverse, pero varias se quedaron flotando, sujetas al lomo del libro. Qué rápido se le había ocurrido al muchacho que aquello era cosa de ella, ¿no debía pensar que era el viento o algo así? Sí, y ella debía decir alguna excusa como esa; él tendría que creerlo.
Tengo telequinesia.
¿Tú...? Nah. No puede ser ―dijo él, buscando otra explicación para las páginas flotando y un motivo para que ella le mintiera, sí nunca habían hablado de esos temas, pero después de buscar alguna respuesta fácil como una corriente de aire, tuvo que ceder―. Vaya.
Tanya esperaba oír más que un “vaya” que tenía más de resignación que de sorpresa. Pero él seguía ahí, mirándola con expresión pensativa. Cerró el libro sin ayuda de telequinesia, preguntándose si él estaba por salir corriendo, y ansiosa por romper el silencio pero asustada ante las posibilidades.
Telequinesia ―dijo él, por fin, adelantándose a ella por segundos, para guardar silencio de nuevo, pero está vez fue un silencio más breve―. Es algo bueno, ¿verdad?
Emilio era de los que creía que había personas capaces de hacer eso, pero... ¿justo ella?
Muy útil. Ahora estoy aprendiendo magia ―confesó ella, dejando ver tanto entusiasmo que él casi no llegó a percatarse de lo raro que era ese tema de conversación.
¿Puedes… aprender magia? ―inquirió, incapaz de controlar la sorpresa en su voz.
Sí. No. Lo que pasa es que aún no estoy segura, pero eso espero. Así que estoy intentando.
Buena suerte ―¿Acaso podía decir otra cosa?―. Entonces, ¿para eso es el libro?
Sí. Mi hermano pequeño lo consiguió.
Tanya no estaba muy segura de que tan normal podía ser que una conversación como esa se sintiera tan casual. Una cosa era que no pudiera ocultarle algo a un muchacho al que había conocido mucho en muy poco tiempo, y otra muy distinta era que todo fuera una platica serena sin más sobresaltos que la sorpresa inicial. No entendía como se volvía todo tan fácil con Emilio.
Tiene largos trece años, tu hermano pequeño ―Emilio se concentró en eso; no se atrevía a preguntar sobre el origen del libro, para él no era tan casual la conversación.
Supongo que siempre será pequeño para mí…
Pareces la madre.
Gracias, creo. Pero, deja eso, ¿cómo estuvo tu fin de semana?
Aburrido ―suspiró Emilio.
Un hombre moreno, alto y fuerte, con arrugas visibles solamente en la frente, abrió la puerta del salón, miró a Tanya con extrañeza como si fuera ella la que no pertenecía a aquel lugar, y se dirigió al muchacho.
Nos vamos, Emilio ―. Fue conciso.
Sin fijarse en la expresión de asombro que soltó el muchacho, Tanya sonrió; ella había pensado que él no tenía a su padre, pero aparentemente era este hombre.
¿Justo ahora? ―rezongó Emilio― ¿No pueden esperar… no sé, media hora?
¿Qué no puedes despedirte en dos minutos?
No de ella ―dijo el muchacho, como si fuera de lo más evidente.
¡Jovencitos! ―suspiró el otro― Ya no los hacen tan fuertes. ¡La verás mañana!
Sí, pero…
Vámonos Emilio ―insistió el hombre, con firmeza.
Emilio puso los ojos en blanco, se despidió de su novia con un beso en la mejilla y se marchó. Sólo unos minutos después a Tanya se le ocurriría preguntarse a donde había ido justo antes de iniciar las clases.
*****
Un beso en la mejilla… ¿Para eso querías media hora? ―Francisco aún reía cuando salían por el portón 1.
¡Basta! ―gruñó el muchacho.
Ahí los esperaba Eva, una mujer de estatura media y aspecto más bien varonil, vestida con jeans y una camiseta de algodón. En un brazo llevaba un tatuaje extraño, algo parecido a tentáculos o raíces. Tenía el cabello de color cobre, corto (lo cual no contribuía a hacerla ver más femenina), y llevaba unas gafas oscuras que... se unían al tatuaje para darle pinta de delincuente. Saludó al muchacho con un gesto, y él le respondió con una sonrisa.
En mis tiempos no nos avergonzábamos por demostrar afecto ―insistió Francisco.
A veces eres más insoportable que mi padre.
Creí que tu padre te había dejado a dormir en la intemperie para... ¿como dijo?.... ¡Para templar tu carácter! ―terció Eva, con malicia― A ver, ¿qué los retrasó?
Este Romeo que necesitaba una hora para despedirse ―comentó Francisco, mientras daba un codazo amistoso al aludido .
¿Qué es un Romeo? ― preguntó la mujer.
*****
La magia de D'hale era de uso sencillo pero la mayoría de los conjuros eran frases largas o palabras difíciles de lenguas muertas de mundos distintos. Ángel y su hermana no podían quejarse: funcionaba de maravilla con ellos una vez que lograban pronunciar todo bien. De modo que estaban en un mundo totalmente desconocido, cuyos edificios eran mucho más parecidos a los de lo pueblos Terráneos de lo que Tanya y su prima esperaban. No obstante, las vestimentas iban desde las demasiado sencillas hasta lo inverosímil; muchos se asistían con magia de diferentes naturalezas, telequinesia o habilidades físicas variadas para realizar sus respectivas tareas; se trataba de un mundo bastante multicultural, probablemente a causa de la presencia de la Sociedad... O quizá era justo lo contrario, tal vez la sociedad tenía sede en ese mundo porque ahí no había una cultura única que su presencia pudiera dañar.
Odio ser vista como si fuera de otro planeta, ¿porqué tanta miradita? ―se quejó Tanya.
Ángel negó con la cabeza, como si su hermana estuviera probando su paciencia.
Porque eres de otro planeta―contestó―. También de otra capa. De un mundo del que no han tenido visitas nunca. Nos ven a los tres, si eso te consuela. Para ellos, nosotros vestimos raro, y no saben que significan las manchas en los párpados...
¿Qué manchas?
Creo que habla de nuestro maquillaje, Tanya ―dijo Soham, y de pronto se detuvo y señaló una casa que ocupaba una cuadra y tenía dos plantas―. ¿Es esa?
Había sido la primera en ver que el edificio resaltaba incluso ahí, aunque ignoraba el significado de la simbología extraña en las puertas.
La encontraste rápido ―dijo Ángel―. Si yo no hubiera sabido ya cual era la casa, tú nos habrías resuelto el día.
Los videojuegos al fin rinden sus frutos ―rió Soham quien, como muchos adolescentes, seguía dando a sus padres el argumento de que estos ayudaban a desarrollar concentración y capacidad de observación entre otras destrezas.
Entraron a la casa. Tanya y Soham habían supuesto que sería difícil entrar, que al menos requeriría un largo protocolo. Ángel no había explicado que la entrada era pública, porque las quería dejar sorprenderse.
Les gusta la gente, podría decirse ―explicó ahora―. No les preocupan los agresores. La Sociedad no es este local, ni las personas en él. La Sociedad es... grande como el universo. Este lugar es para reuniones y para escuchar lo que cualquiera tenga para decir. Luego, si hace falta pasan el asunto a quien tenga la jurisdicción.
La junta los recibió. Eran solamente cuatro representantes de la sociedad, todos ellos con larga experiencia. A uno de ellos, Ángel le conocía la vida y obra, porque había sido amigo de su padre. Un amigo corto de memoria, por lo que Ángel le tenía rabia, pero consiguió no pensar en ello mientras explicaba la situación. Los cuatro escucharon con atención, y finalmente uno de ellos habló, en nombre de toda la Sociedad de los Mundos Libres.
Un representante de la Tierra debe advertirle que comete una transgresión. Tienen el derecho de que se les permita detenerse en paz. Pero sí el líder dictador del mundo conocido como Kren, insiste en sus acciones, La Sociedad intervendrá. Personalmente, no tengo dudas de que él no se corregirá con un simple aviso. Hasta entonces, ¿quién de ustedes representará a su mundo?
¿Ángel? ―propuso Soham.
No ―dijo el chico―. Tanya. Es un puesto importante, en relaciones hostiles como ésta, intentan asesinar al representante de un mundo, por si acaso eso basta para callar a todos los suyos. Tanya no tendrá problema para mantenerse viva.
Mientras salían del edificio, Tanya le revolvió el cabello a Ángel, riendo:
Aún eres el cerebro.
Gracias ―dijo él, también riendo.
No era un elogio. El cerebro es un músculo que no tiene traslación, ni ningún movimiento funcional.
Bah. Eres una bruja.
¡Ahora lo soy! Y ya que puedo hacer magia, quiero hacer hechizos que sirvan para lastimar a mi oponente.
Soham, que caminaba cerca de ellos en silencio, pensó que a su prima le estaba gustando demasiado ese asunto.
Solo quiero aclarar que en todo cuerpo manda el cerebro ―dijo Ángel―. Su función es más importante que los que tu llamas movimientos funcionales.
Entonces no eres tú ―dijo Tanya―. Me retracto.
Estaban ansiosos por ir a Kren, pero debían ocuparse de asuntos personales. Sobre todo asuntos académicos. Hasta hacía muy poco, eso era prioridad para Tanya, pero ahora lo encontraba muy aburrido, pues tenía mejores perspectivas, y en ellas estaba pensando en lugar de atender la clase. Cuando asignaron un trabajo de grupo, fue necesario prestar atención para elegir un tercer compañero, porque claro, el otro sería Emilio.
Paz, ¿puedo trabajar con usted? ―preguntó una compañera que, como la mayoría, la llamaba por el apellido.
Tanya dijo que sí, ya sabía que era fácil trabajar con ella.
¿Y usted tiene libro del tema? ―cuestionó la chica.
Sí, claro ―respondió Tanya, sin escuchar la pregunta de Alba.
Intentaba hacer contacto visual con Emilio, para invitarlo al grupo. No tenía idea de donde estaba él. En su lugar no, eso era un hecho.
¿Puedo estar en tu grupo? ―preguntó Emilio, a espaldas de las chicas.
¡Hombre, ya sabes que sí! ―dijo Tanya― ¿Te levantaste a preguntar? Yo apenas pensaba hacerte señas.
Aunque todo parecía muy bien planeado, Tanya enfrentó una dificultad: en realidad no tenía un libro sobre el tema; había dicho que sí, pero no había escuchado la pregunta. Apenas se dio cuenta de ello después de clases, en la cafetería frente al colegio, acompañada por Emilio, quien dijo que podía hacerse cargo, pues conocía a alguien que sabía del tema. En la mesa de al lado Soham y su grupo intentaban ponerse de acuerdo respecto a la próxima reunión y la distribución de tareas. Tanya detestaba ese aspecto del trabajo en equipo, pero por ahora no se preocupaba de eso. Emilio y ella tenían sus diferencias, pero siempre que hacía falta se ayudaban uno al otro.
De todas formas tú vas a... ir a otro planeta esta tarde, ¿verdad? ―Emilio sonaba preocupado.
Pues... sí. Entonces, gracias. ¡Eh! Allá está tu papá.
¿Qué…? ―Emilio no podía estar más confundido, pero luego lo vio― ¡Frak! ¿Te refieres a él? No es mi padre. Es más como mi tutor, y mi mejor amigo.
¡Oh…! Lo siento. No…
Es que tú no sabes nada de mi padre. Lo sé. Eh… no es... Ni lo menciono porque es un tema deprimente.
Yo siempre te aburro con mis cosas deprimentes. Podría soportar si… no sé, si necesitas mi hombro ―dijo ella, sin darle demasiada importancia.
¿Deprimentes? No creo que…
Sobre mi padre.
Ella siempre hablaba de su padre y se quejaba de su ausencia, aunque nunca había mencionado los motivos. Ni siquiera ahora que le había dicho a su novio sobre los otros mundos. En cierto modo, esa parte no le parecía importante.
Es diferente. Muy diferente.
Francisco los interrumpió, saludando, y le pidió a Emilio que partieran.
Te dije que… ―Emilio intentó librarse de eso, no le entusiasmaba en lo más mínimo.
Sí, sí, eres un muchacho ocupado. Lo sé. Pero primero lo primero.
De mala gana, Emilio acompañó a Francisco. Mientras caminaban, le pidió ayuda con la tarea.
Pues sí, si lo sé ―dijo Francisco―. Pero...¿no te estás tomando muy en serio el colegio?
La verdad, lo hago por Tanya.
¡El amor ya no es lo que era! ―suspiró Francisco― ¿Haces su tarea?
No… Esta vez sí, pero yo me ofrecí. Además, es trabajo en equipo. Ella suele hacerlo todo. ¡Yo siempre estoy ocupado en otra cosa! … ¿Y para qué me llamaste?
La feria llegó a Kren.
¡No, Frak! Se suponía que yo no tenía nada que hacer allá.
En la feria hay un objeto en particular que nos interesa. Necesito que lo veas.
¡Ni que lo tuvieran a la venta!
Tenemos que saber si es real o si son sólo cuentos. Si algo así realmente existe…
¿No deberías saber eso?
No puedo saber todo, Emilio. Sé la leyenda. No sé si es real. ¡Pero sí puedo ayudar con tu tarea!



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