sábado, 7 de abril de 2012

eMdV: Algo anda mal.





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Eran las 10 de la mañana, en segundos acabaría el receso, con lo que el salón de clases estaba casi vacío. En la primera fila una sola silla estaba ocupada. Se trataba de una joven con el aire serio de alguien que hace mucho superó la adolescencia pero las facciones inconfundibles de sus diecisiete años. Llevaba el cabello teñido de rojo y cortado a la altura de la barbilla. No le venía tan mal. El corte quedaba bien con la forma de su cara y resaltaba sus enormes ojos negros. Ella insistía en que siendo tan alta seguro ese corte la hacía ver como un extraterrestre de película y no estaba del todo equivocada, pero ―como le había dicho su hermano― todavía no era “lo bastante delgada” para afirmar eso.
Desde que empezó con las clases de defensa personal, a eso de los 10 años, Tanya había logrado su peso ideal y una subida de autoestima (la cual había estado por los suelos desde la desaparición de su padre) así que las bromas sobre peso ya eran permitidas tanto por la misma chica como por su madre.
Con peso y autoestima medias, sin poner demasiado empeño era considerada bonita por una cantidad aceptable de muchachos, pero pocos habían intentado salir con ella. No era muy amistosa, no esperaban que fuera coqueta, y sobre todo, existía la posibilidad de que los pateara si la ofendían en algún momento.
Su mayor admirador, un extranjero tan alto como ella pero al parecer un poco mayor, había llegado a la ciudad hacía menos de un mes. Desde su llegada había causado estragos en el colegio, porque todas las muchachas comenzaron a desear que sus respectivos enamorados fueran tan caballerosos como él. Disfrutaba cederle el paso a los demás, dejarle el asiento a una joven y ayudar. No era particularmente atractivo, tenía ojos pequeños en un tono café bastante común, el cabello rubio era inmanejable, y ya venía siendo hora de que se lo cortara, tenía pésimo gusto para la ropa y para colmo tenía un acento un poco extraño, pero nada de eso evitaba que las jovencitas suspiraran por él.
Desde luego, eso no parecía incluir a Tanya. Siempre la encontraba atrapada por algún libro o haciendo payasadas con su prima. La lógica le decía que era mejor que ella ni se fijara en su existencia.
Pero en ese tema no había lógica que valiera: decidió acercarse.
Lo hizo.
Tanya no le prestó atención.
Tuvo que dirigirle la palabra.
Ella respondió... y luego siguió ignorándolo.
No en vano era reconocida como “desastre social”. Pero seguía siendo deslumbrante. Y él seguía hablándole cada vez que podía... pero agradeciendo que ella no le hiciera caso.
Te quedó muy bien ese corte ―dijo, sin poder pensar en otra cosa. De inmediato, casi a gritos, agregó― No es que antes no estuviera bien, sólo digo que... es único.
Ajá. Perdí una apuesta. Mi prima es la más perversa cuando de castigos se trata.
Pero... te queda bien.
Me quedaría bien si fuera liso, pero es un semejante desorden y así es imposible recogerlo, siempre se suelta... Que importa, ya crecerá.
Disfrútalo mientras dure ―dijo Emilio, amable.
Si es que puedo ―y sin más, volvió a la lectura.
Emilio no estaba interesado en su apariencia, sólo había intentado hacerla sentir mejor. Tampoco le hablaba por su coeficiente intelectual. Estaba interesado en un “algo” sin nombre: una faceta de la joven que no hubiera podido definir jamás.
Tanya no tenía nada en contra del muchacho, ni lo tenía en contra de nadie, pero tampoco tenía interés en hacer nuevos amigos pues no le agradaba recibir ayuda y en cuanto a diversión, con su querida prima bastaba.
De hecho, recibía todo el apoyo necesario de tres personas: su prima, su hermano y su madre. Estaban ahí para ella y no habría poder humano que los distanciara. Ella no necesitaba ser responsable de otras relaciones.
En lo referente al romance, un par de amigos de su prima la habían llenado de atenciones, pero al verse en una relación demasiado exigente, se retiraban cuando ella les daba una salida fácil. Se enorgullecía de su capacidad de dar esas alternativas cuando hacían falta, y de su habilidad para no dejar nada a medias; el pasado era mejor completo y almacenado fuera de la vista.
Emilio hubiera coincidido con aquella forma de pensar. Y en parte quería hacer justo eso con sus sentimientos por Tanya, pues sabía que no estaría por siempre en la ciudad. Una parte de él seguía gritando “Retrocede, no estarás con ella y te vas a estancar en el recuerdo”, pero ya no era el niño que retrocedía por sensatez o por miedo. Ahora sabía pedir por favor, comprar o tomar por fuerza según correspondiera. Y sabía perfectamente que el afecto se ganaba. Intentó ser discreto, ser amable, ser sólo un poco indiferente. Sacó lados de su personalidad que no sabía que tenía. Se metió a la biblioteca para devorar cuanto título hubiera visto en manos de la joven, cuando se suponía que estuviera en casa con el tutor que su padre le había conseguido hacía años. Se dejo ver leyendo libros relacionados, y con ello logró que ella preguntara sobre estos... Pero luego ella volvía a sus asuntos y lo dejaba sólo.
Cuando aceptó que ella no presentaba interés y que la única estrategia restante era ser agresivo, reunió el valor para dirigirse a ella... tres o cuatro veces durante la mañana. Ella vio que él iba a decir algo difícil, pero la chica que daba salidas fáciles no facilitaba las entradas. Lo dejo tartamudear, y cada vez que él tomó impulso para hablar pero no fue capaz, ella fingió no darse cuenta.
Al acabar las clases, Tanya atravesaba el patio del frente hablando de la serie de televisión nueva con Soham, su única prima, que aún siendo un año máyor era como cinco centímetros más baja. A diferencia de la menor, ella tenía una figura muy cuidada y se esmeraba mucho en lucir atractiva.
Tanya no se molestaba en morderse la lengua cuando recordaba algún detalle del libro que la serie televisiva aún no abordaba. Si arruinaba la sorpresa, no era su culpa, si no de Soham por esperar a que las cosas salieran en televisión en lugar de leer el original, y todo por simple pereza. Conversaban distraidas, de banalidades que les parecían muy importantes, hasta que uno de los aspectos comentados le recordó a Tanya ese algo que había estado inquietándola y sacó el tema de inmediato:
Eso que dices de una sensación mala... Sou, ya hablando de la vida real y no de la tele, ¿tú no has tenido como la impresión de que hay algo... diferente?
Pues... ―Soham se detuvo para pensarlo, pero en realidad no pensó, sólo estuvo un instante con la mente en blanco― No, yo no veo nada.
Pues yo tampoco veo nada pero... ―el problema era que no sabía describirlo, porque le resultaba desconocido― hay algo. Y no me gusta; pero no sé si es porque es nuevo o porque es malo...
Mientras no sea que al final se están colapsando los universos ―era un chiste viejo para ellas, Soham no pensaba demasiado en la conversación... de hecho, en ese momento intentaba inventar una manera de abrir cierta puerta de un videojuego que la había mantenido dando vueltas por todo el escenario hasta las tres de la mañana.
Sou, ¡hablo en serio! Llevo unos días pensando...
No llegó a decir lo que fuera que había pensado por días, ç porque justo antes de atravesar el portón 2 pudo ver a su hermano menor al otro lado de la calle, frente a la cafetería de la Rosa. Ángel acababa de llegar a los trece años, pero entre su estatura escasa, la ausencia de músculos y la apariencia de niño bueno, no parecía superar los once. La intensidad de su corto pelo negro solía atraer la atención, igual que su rendimiento académico; fuera de eso, era insignificante a la vista de todos.
Tenía la costumbre de volver derecho a casa después de clases, incluso antes. Nunca esperaba los diez minutos que tardaba su hermana porque de todas formas ella rara vez iba directo a casa y no había peligros serios en el camino.
De hecho, el peligro estaba un poco más cerca. Los cuatro abusivos de su grupo, todos mayores, más altos y fuertes, habían elegido a Ángel como objetivo desde el año anterior cuando comenzaron a ser compañeros... o más bien, a compartir aula; lo que no siempre coincide con lo primero. Habían asumido como reto personal pulverizar al niño listo y debilucho de la clase, pero como rara vez lo encontraban en las circunstancias ideales, no habían llegado a causarle muchos problemas. Cuando se daba la situación, ellos no tenían nada en mente; si lo buscaban, él prácticamente desaparecía.
Esta vez no había logrado escapar de clases temprano, y no encontró un lugar para esconderse. Así que no tenía más remedio que confrontarlos. Se hizo a la idea de que no saldría limpio a menos que su hermana lo salvara. Eso iba a disgustarlos más, pero había que vivir el presente, así que cuando Tanya lo vio, Ángel estaba haciendo tiempo para que ella llegara. No la miró porque estaba viendo fijamente al jefe de los bravucones intentando no demostrar temor.
A ver, específicamente dijiste que querías tres tareas, distintas, y que no te metiera en líos con los maestros... ¿no lo hice bien? ―dijo, fingiendo inocencia.
Pero, nunca había aprendido a parecer inocente, sobre todo ahora, cuando no podía con las ganas de burlarse de ellos.
Sólo de listo trabajas. Tonto.
¿Cómo podía no reírse?
¿Cual es el chiste cucaracha? ¡Nos reprobaron a los tres! Y Marcelo no presentó nada. ¿Que no sabes ya cuantos somos?
Primero: claro que los reprobaron, yo hice lo que ustedes hubieran hecho, para que no sospechara nadie. Y segundo: ¿como demonios voy yo a saber cuantos son si no lo saben ni ustedes? ¡Me dijeron que hiciera tres!
No es que ellos llegaran a comprender muy bien su razonamiento. Estaban confundidos y más enojados. Del otro lado de la calle, en el portón 2, Tanya estaba más enojada que ellos. Ángel lo sabía muy bien y eso le gustaba. Por desgracia, justo cuando ella iba a cruzar la calle, Soham la detuvo. Al saberlo, Ángel miró hacia ellas con fastidio. ¿¡Como se le ocurría detenerla!?
No, Colocha, no. Mira, si estás defendiéndolo todo el tiempo, los demás van a seguirlo viendo como el niño al que cuida su hermana, lo respetan cada vez menos, así que lo fastidiarán más.
Los razonamientos de Soham tenían sentido. Tanya se detuvo pero no dejó de ver hacia donde Ángel fracasaba en eso de ganarse el respeto de los otros. Esperaron. Cuando uno de los abusivos empujó a Ángel contra el muró de la cafetería, Soham no tuvo valor de meterse en el camino de su prima. Tanya cruzó la calle sin siquiera mirar si había trafico (ni hacer caso al grito rabioso del conductor que había tenido que frenar de golpe), mientras el muchacho que había empujado a Ángel lo mantenía contra la pared con una sola mano sin que el otro se defendiera en lo más mínimo. Tanya sujetó al bravucón por la parte de atrás de cuello de la camisa, dándole dos vueltas a la tela alrededor de su muñeca, para ese punto, el muchacho pudo sentir la presión en su cuello, y no opuso resistencia cuando, en el mismo movimiento, la joven tiró de él para quedar cara a cara.
Cuento tres y te has ido ―dijo la muchacha, como si nada.
Lo soltó, y esperó el resultado sin contar. Los cuatro la miraron como preguntándose si eran capaces de golpearla. Estaban en desventaja porque ella había recibido entrenamiento y porque golpear a una chica no era tan bien visto como golpear a un muchacho menor que ellos.
Los rumores decían que cuando intentaban asaltarla repartía golpes a gusto... Y era cierto que una vez lo había hecho, justo frente al colegio, pero el asalto había sido a Ángel y ella sólo iba saliendo de clases... más o menos como ahora.
Lo que sea ―los desalentó el mayor―. No vamos a pelear con una niña si podemos encontrarlo a él solo mañana.
Soham, que se había demorado más en cruzar la calle, se quedó viendo a su prima. No la veía lo bastante joven para ser llamada niña.
Tanya le echó un vistazo general a su hermano antes de entrar a la cafetería con Soham sin comentar nada. Ángel se dirigió a su casa.
Segundos después Emilio entró a la cafetería. Miró a todos lados hasta localizar el punto en que Soham, Tanya y un muchacho bajito estaban sentados, frente a una mesa sin limpiar. Casi se estrelló con la muchacha que acudía a limpiar la mesa. Tanya lo vio y no se molestó en saludarlo, pero Soham lo llamó como si él no estuviera ya caminando hacia ellos.
Hola, chico nuevo ―dijo sin mirarlo, mientras se deshacía la media cola en su largo cabello negro.
Soham. Troy ―dijo Emilio, como saludo, y luego se dirigió a la pelirroja―. Eh... Tanya, tengo una... pregunta.
¿Ajá? ―Tanya ya estaba pensando en algo que ocurría del otro lado de la ventana de vidrio que tenía enfrente, pero en parte lo escuchaba.
Soham estaba recogiendo su cabello con una cinta rosada y prácticamente se quedó sosteniéndose el cabello a medio atar, expectante.
¿Te parece si un día... hacemos... algo, al acabar clases?
Ya estaba, ya lo había dicho. Soham acabó de recogerse el cabello y antes de que Tanya inventará una excusa, habló por ella:
Claro, pueden ir mañana a La Tacita. Invítale un pie de Fresa, y en vez de flores llévale un libro. Hoy está ocupada, pero puedes quedarte si quieres.
Tanya no fue capaz de deshacer la cita que había organizado su prima. No era la primera vez. Soham, que por lo general tenía pereza de intentar imponer su voluntad, tenía una habilidad especial para obligar a su prima a tener citas y entrar a sitios que no le interesaban. El resto del tiempo, Tanya era quien le complicaba la vida a ella, pero es que así era su relación. Como siempre, la perdonó, pero se mantuvo particularmente callada toda esa tarde, mientras Emilio la observaba en silencio.
Durante la cita se sorprendió ante lo fácil que era hablar con él extranjero. Había leído más que cualquier otra persona que ella conociera y sabía escuchar como pocos. Aunque no le llevó ningún libro.
No tuvo que pensarlo mucho para aceptar una segunda cita.
Soham no cabía de felicidad cuando lo supo. No dejaba de hacer preguntas. Pero Tanya no estaba del todo interesada en el tema.
Tanya, en serio, ¿no estás feliz? ―esa falta de interés horrorizaba a Soham.
Uhm, podría ser una buena etapa ―Tanya fue sincera―. Mientras él saca su... lado malo. Pero tampoco es para tanto Soham. Eso de los romances no es mi fuerte, ya lo sabes. No soy como mi hermano, que no puede estar un segundo sin pareja. Y... sigo pensando en aquello.
¿En qué?
Lo que te decía de... Es peor. Sou, creo que vi algo... Una sombra, o algo así. No sé lo que es, pero algo tiene que ver con esa sensación... Debo estar atenta, la próxima vez que vea eso, debo identificarlo.
¿Desde cuando ves sombras? ―preguntó su prima, sin llegar a preocuparse demasiado.
Pues, por ejemplo, cuando Emilio y tú armaron esa cita. Había unos hombres discutiendo por algo en la calle, justo frente a la ventana... y estoy segura de que había otra cosa. Pero no pude distinguirlo. Algo como la sombra de otra persona, pero no estaba proyectada en otra cosa, ¿entiendes?
¿Como el fondo en los juegos cuando quieren que parezca que hay gente y ponen sólo siluetas?
No.... Pero parecido. Sería una silueta muy mala... Eso es lo de menos. Podría ser peligroso. Ya sabes, para la Tierra.
Que nuestra familia sepa de los otros mundos no cambia que la Tierra no es un mundo libre, Colocha. No pueden jugar aquí, entre ―Soham fingió tono de lástima para continuar― “la pobre gente que no sabe”.
No deberían, pero ¿que tal que están ignorando la ley? Eso es lo que los haría peligrosos.
Supongo que sí... Pero yo no veo porque deberíamos meternos... ―Soham se encogió de hombros― Si es un asunto serio, ya alguien debe estar a cargo de arreglarlo. 





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