viernes, 27 de abril de 2012

eMdV: Advertencia y Amenaza




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Eran las dos de la tarde. Estaban listos pero seguían sin animarse a viajar a Kren. Tanya no estaba del todo segura de que tan preparados estaban. ¡Iban desarmados a exigirle algo a un individuo que tenía controlado a todo un mundo!
¿Por qué se llaman así? ―preguntó Soham, sin razón aparente― Son magenta, no turquesa.
Los colores son un código ―contestó Ángel mecánicamente, y luego en tono de burla, prosiguió― ¿Creías que el nombre era por su color? ¡Ni que se tratara de pájaros! Los Kamikazes turquesa tienen diferentes colores, dependiendo del carácter de su fabricante.
¿Qué? ―exclamó Tanya, sorprendida― ¡Todos son del mismo color!

Pues claro ―consideró absurdo que apenas ahora se diera cuenta―. Todos son de Kamnaid.
Pero... si le dan energía, ¿para qué necesita tantos al mismo tiempo? ―preguntó Tanya, quien había pensado que tantos Kamikazes eran para alimentar un ejercito o algo así.
Porque es ambicioso. Tiene más magia de la que sus energías pueden soportar. En esencia, los Turquesa evitan que él muera por usar tanta magia.
¡Tonterías! Nadie tiene más magia de la que puede usar ―discordó Soham.
Él tampoco la tenía. Pero ha robado magia desde hace mucho.
¿Entonces ha usado Kamikazes de los de robar dones? ―preguntó Soham.
No. Usa otro método. Mata al dueño anterior para conservar la habilidad. Los Kamikazes sólo reforzarían las habilidades que él ya tiene, pero él adquiere habilidades diferentes.... son cuestiones sobre energía que no me interesan mucho... El caso es que la energía de sus habilidades es capturada por él cuando todavía no ha sido reubicada en el universo.
¡Noble de tu parte decirlo! ―reclamó Tanya. ccet radio
Lo siento. A veces olvido que…
Sin excusas, Ángel. Eres ineficiente ―rió Soham.
Y nos vamos a ir a meter ahí. ¿Qué tal que uno de nosotros...? Sé que ya debe tenerlos, pero, ¿y si no? ¿Y si quiere uno de nuestros dones?
Tranquilas niñas, todo estará bien ―aseguró Ángel―. Confíen en la persona que sabe.
Más o menos en ese momento fue que Ángel se aburrió de esperar.
Entre Kren y la Tierra había dos capas y muchos años luz. Pero el viaje hasta Kren duró menos de lo que Ángel tardó en decir “Jazie abiedru”, el hechizo más fácil de D'hale. No le pareció que hiciera falta avisarles antes de pronunciarlo.
El suelo era resbaloso. Al aparecer mágicamente en ese lugar, Ángel no pudo evitar caer hacia adelante sobre sus manos y rodillas, Soham cayó sentada y Tanya consiguió sostenerse apenas.
A ver, ¡oh, gran “persona que sabe”! ―espetó Soham, que con las posaderas adoloridas perdía el sentido del humor―, ¿cómo vamos a caminar en este piso tan feo?
El muchacho frunció el ceño y se pasó la mano por el cabello hasta apoyarla en su nuca.
Cambiamos de zapatos ―concluyó en un instante.
Conociéndolo tan bien, Tanya y Soham no intentaron adivinar su plan. Él mantuvo un minuto más su “cara de pensar” y luego pronunció un conjuro que no funcionó.
Lo siento, creo que lo estoy pronunciando mal...―anunció. Un segundo intento fracasó y él comenzó a exasperarse―. Es normal que sea una lengua muerta, con lo que cuesta.
Siguió intentando mientras su impacientes compañeras veían los alrededores. Hacia donde vieran sólo había suelo resbaloso, nubes de polvo violáceo y aves enormes sobrevolando unas pocas plantas que más parecían varillas retorcidas.
Finalmente el conjuro sirvió para cambiar las plantillas de los zapatos por algo con más agarre... que no funcionó del todo bien en los zapatos de aguja de Soham.
¿Ahora a donde vamos, E.T.? ―preguntó Tanya, sin perder el entusiasmo pese a que ya estaba algo nerviosa.
Hacia abajo. Viajamos a donde debíamos pero... en un nivel superior. Es para evitar visitas inesperadas, tema de seguridad.
A ver, hacia abajo, ¿por cual escalera, genio? ―Soham expresaba la confusión de su prima y su propio disgusto.
Allá abajo va a estar igual de resbaloso, muy irregular y más oscuro. Si nos descuidamos, podríamos tropezar con alguien o con algo. Mi consejo es no movernos hasta que nos acostumbremos a la poca luz ―se detuvo un segundo a evaluar que más necesitaban saber ellas y agregó―. No confíen en los colores, porque todo estará como verde.
Ya, gracias por “el instructivo”. Ahora dinos ¿cómo vamos a bajar? ―insistió Soham, un poco más exasperada que antes.
Gravedad ―respondió él, encogiéndose de hombros, para luego patear contra el suelo varias veces.
Nada pasó.
Uhm... Yo lo hago ―dijo Tanya, asintiendo con aire condescendiente.
Ella saltó en lugar de patear, y eso fue más que suficiente: en menos de un segundo una grieta se abrió justo bajo su pie derecho y se bifurcó formando una telaraña y finalmente un hueco en lo que había resultado ser un material de no más de tres centímetros de espesor. Los tres cayeron, ellas gritando, aunque la caída era particularmente lenta y el susto duró menos de lo que tardaron en llegar al suelo. No se hicieron ningún daño.
Cuatro metros más abajo, los esperaba un material parecido al anterior, pero viscoso. Parecía tener muchos escalones dispersos en desorden. Estaba oscuro y una débil luz verdosa cubría todo. Cuando su vista se acostumbró, Tanya se percató de que en algún momento el agujero sobre ellos había desaparecido.
Bueno, vamos ―dijo Ángel, siendo el último en ponerse de pie, y comenzando a caminar de inmediato por la ciudad que en aquel mundo llamaban la Segunda Capital.
Ellas lo siguieron por el callejón rodeado de altos muros(la mayoría parecían haber sido tallados en la roca sólida, muy pocos habían sido construidos con rocas pequeñas) con portezuelas aquí y allá cuya apariencia y color variaban bajo la luz verde pareciendo casi todas de algún tipo de roca lisa. Lo que pasara al otro lado de esos muros, les tenía sin cuidado a los tres extranjeros; no se detuvieron hasta estar frente a un enorme portón, sencillo y antiguo, donde unos hombres bien abrigados y con zapatos bastante más pesados y con mejor fricción que los de ellos, apostaban sobre algo. Los colores de su vestimenta eran oscuros y difíciles de determinar. Todos tenían el cabello de un color que no habían visto antes y que aunque rayaba en el blanco, no lo era.
¿Extranjeros? ―preguntó el que los vio primero, y todos los demás se pusieron firmes.
Sólo en esta posición, con hacha o espada en mano, parecían guardias. Y nisiquiera eran guardias malencarados. Enormes, sí, y muy serios, pero no del todo temibles. Aquello era más una formalidad, y así se percibía.
Soham y Tanya miraron al muchacho, pero él no dijo ni pío, así que Tanya comenzó:
Eh… Buscamos a... Kamaid, heredero de... ―miró a Ángel, esperando que él le recordara su nombre de familia.
¿Al dictador? ―supuso otro de los hombres con la voz tan profunda que parecía hablar en una caverna, y cuando Tanya y Soham asintieron, sacó del abrigo una argolla negra de la cual pendían muchas otras argollas― Deben llevar una cada uno.
Las muchachas miraron a Ángel, en busca de información, pero él se limitó a tomar una de las argollas y al tirar de ella se convirtió en una especie de bejuco viscoso y se resbaló por su mano hasta la muñeca, donde se enroscó a la medida y volvió a tomar la forma metálica y oscura.
Ángel no se había molestado en ocultar su disgusto, pero no estaba sorprendido en lo más mínimo. Las otras lo imitaron casi a la vez, y comprendieron que era tan malo como parecía, pero peor. Se quedaron con la impresión de que algo se había metido bajo su piel, aunque no había ninguna evidencia física de ello. Con expresión asqueada y la respiración entrecortada, Soham sacudió su mano sin fijarse, pero eso no sirvió de nada. Tanya emitió un quejido como si doliera.
Una vez con aquellos bizarros brazaletes, los dejaron pasar.
T. ―Ángel llamó a su hermana por la inicial de su nombre, como siempre, mientras caminaban por un largo pasillo que acababa en dos escalones hacia una puerta pequeña.
¿Ajá? ―la muchacha estaba hipnotizada por las calaveras que adornaban la pared. Seguramente eran reales.
No titubees enfrente de él. Y es “Kamnaid, heredero de Lenaid”.
La joven asintió. Soham se resbaló justo antes de llegar a la puerta. Como pudo, se sujetó de los hombros de su primo, y él se apoyó en la pared para no ser derribado.
Sou, porfavorcito no te vayas a caer allí adentro ―indicó Tanya, con el tono de quien da las últimas recomendaciones antes de una presentación pública.... y justo eso era.
Soham prometió ser cuidadosa. Y tan pronto como ella pudo mantenerse firme, y Tanya hubo respirado profundo, Ángel empujó sin demasiada fuerza la puerta y esta se abrió con facilidad y sin emitir sonido.
Era una sala enorme, diseñada para las grandes juntas que se habían celebrado en Kren cuando en lugar de un dictador tenían un concejo. Había pasado demasiado tiempo desde entonces y únicamente quedaba el espacio. Se trataba de una enorme sala verde, sin más mobiliario que un trono que seguía luciendo dorado a pesar de la luz... o que no lo era y lucía dorado a causa de la luz. Las paredes estaban cubiertas por suciedad y vida inesperada, verdes como casi todo, y había una extraña sustancia gris y viscosa colgando de diversos puntos del techo.
Había todo tipo de armas tiradas en el suelo. Una de ellas, la más cercana al trono, atrapó la atención de Ángel antes que cualquier otra cosa en la habitación. Era la más simple de todas, una lanza de acero, sin adornos ni nada. Tenía historia. Pero también la tenía cada pieza abandonada en el suelo y la espada clavada en la pared cerca de la puerta. Ángel se sintió abrumado por toda esa información... por todos esos fracasos. Pero hacía tiempo había aprendido a manejar demasiada información, así que fue capaz de avanzar cerca de su hermana hacia el trono, mientras que Soham se quedó frente a la puerta para no correr riesgos con sus inseguros zapatos.
Desde su cómoda posición en el trono, un hombre bastante alto, con elegante vestimenta de piel y zapatos con puas en la suela, los miró apenas lo suficiente para descartarlos como amenaza. Ellos le vieron a él con algo más de atención. Llevaba el cabello recogido en una larga cola de caballo; también el suyo era de un color extraño, como blanco sucio, que jamás en la vida habían visto ellos tres. Soham se preguntó si bajo una luz normal eso era blanco o gris.
Tanya se detuvo a un metro de él, justo al lado de la lanza que Ángel estaba considerando llevarse. La joven pensaba que al lado de alguien tan alto como “el dictador”, ella parecería bajita. Tomo aire y habló:
Kamnaid, heredero de Lenaid. Venimos en representación de nuestro mundo, La Tierra. Usted ha estado…
Robando energías en tu mundo ―la interrumpió―. Lo sé mejor que tú, pequeña. Y, no; no voy a detenerme.
¿No podemos convencerlo?
¡La mismísima Sociedad no podría! Haré lo que yo quiera.
¡Quizás en su mundo, pero no en el mío! ―Tanya habló con firmeza y de inmediato comenzó a caminar hacia la salida.
Ángel y Soham la miraron, sorprendidos. Luego Ángel sonrió. Cada cierto tiempo, conseguía descubrir algo de su padre en la actitud de Tanya. Sabía sobre él mucho más que su hermana, gracias a su habilidad de perceptivo, pero no se lo decía porque no sabía como ponerlo en palabras.
Kamnaid también estaba sorprendido. ¿Ahora lo retaba una jovencita de La Tierra? Pasada la sorpresa, vino la cólera. Había asesinado a muchos en muy poco tiempo para dejar en claro que él no tenía ningún rival digno, para mantener a todos en orden, su orden. Pero ahora, volvían los retadores, y estos ni siquiera tenían la menor preparación.
Podía matarlos en un instante, pero lo que a él le gustaba era provocar daño. Utilizó su magia para activar los brazaletes que los sacarían de ahí de la forma más veloz y dolorosa posible. Un detalle que Ángel no había considerado sobre aquel viajecito.
Los tres brazaletes se incrustaron en sus muñecas primero, y luego, literalmente entraron en sus brazos y se extendieron a través de sus cuerpos como los parásitos que eran. Pudieron sentirlos mordisqueando desde dentro, mientras la sangre manaba por las muñecas, donde habían ingresado las criaturas, mientras moretones aparecían donde estas se removían, creciendo y alimentándose.
Ángel sabía perfectamente como funcionaban así que no entró en pánico, pero eso no evitó que llorara de dolor. Además del dolor intolerable, Soham tuvo un instante para odiar a su primo antes de temer por su vida. Tanya supuso que ahora debía arrepentirse de haber desafiado al dictador de Kren, pero no lo hizo. Iba a salir de esa y era cuestión de soportar el dolor... Ángel había dicho que sabía lo que hacía, ¿no? Cuando recordó que por más información que tuviera su hermano no era capaz de saber a ciencia cierta lo que ocurriría, tuvo miedo de morir y lamentó ―ahora sí― haber amenazado a aquel tipo en lugar de atacarlo por la espalda.
Pero entonces todo había acabado. No tenían más marca que una especie de quemadura donde habían estado los brazaletes vivientes y se encontraban en la superficie resbalosa donde nada había, más que plantas que no parecían serlo, aves escasas y polvo que ahora resultaba más bien negro. Soham seguía moviéndose como hacía un momento cuando había motivos. Se cayó al suelo y entonces comenzó a llorar en silencio. Tanya gritó un momento más antes de percatarse que nada le dolía ahora.
Qué asco ―gruñó Ángel, con una expresión que reflejaba eso mismo.
¿Qué demonios pasó? Dijiste que todo iba a estar bien ―reclamó su hermana, con la voz enronquecida.
Todo está bien, ¿no? ―dijo él, sereno como si no hubiera estado quejándose un instante atrás― Lo que los garyas se comen llega a la superficie. Eso pasó.
¡Y a ti no te parece gran cosa que esos bichos nos... comieran por dentro! ―exclamó Tanya, disgustada.
En todo caso, a mí no me lo digas ―respondió Ángel, sin darle importancia―. Debíamos salir, devolver los brazaletes y viajar a casa limpios, pero enojaste al egocéntrico... Por cierto, estuviste impresionante diciéndole que no haría lo que quisiera en La Tierra.
Lo dijo de corazón, sin ironías. Incluso Soham dejó de sollozar para decir que era cierto.
Visto así... valía la pena. Era su primer declaración de guerra y se había sentido bien. Ahora tenía que “ganar la guerra”, y todo habría valido la pena.
Pensarlo solamente, era sencillo. Lograrlo era un tema completamente aparte.




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