sábado, 2 de octubre de 2010

Contrapartes Nº1. Invasores









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Invasores.

¡Muerto de nuevo! Eso parecía, y Rubén se había ido muy seguro de que está vez era un hecho.  
Sin preocuparse por lo que parecía ser su cadáver, Álvaro recorría un bosque cálido en donde todas las plantas estaban floreciendo. Algunas de las flores se alimentaban de los insectos que se acercaban pero esas eran justamente las más bellas.
Aquí, Álvaro lucía aún más bajo de lo que realmente era, tenía los ojos más claros y la piel más blanca. Era la imagen que tenía de sí mismo: seguro de que sus ojos eran del mismo tono café que habían sido los de su padre (cuando eran bastante más oscuros) y no se había dado cuenta cuando el sol le había cambiado el color de piel de terriblemente pálido a... sólo pálido. Su único complejo era su estatura, por supuesto, aunque ahora medía casi un metro setenta seguía siendo el más bajo entre sus conocidos de diecisiete años... hasta Rita, su hermana menor, era más alta que él... aunque ella era particularmente alta, incluso para la media de Ogha.
En los demás rasgos, su proyección mental era bastante más justa: cabello revuelto, músculos firmes, dientes perfectos, una elasticidad imposible...
El lugar podía ser algún tipo de simbolismo, recuerdos, o solamente su imaginación. Ni los investigadores ni él hubieran podido decirlo a ciencia cierta. Lo que fuera, estaba en algún punto de su subconsciente y Álvaro lo visitaba siempre que “moría”. Pero, claro, aunque en su mundo seguían llamándolo muerte, sabían bien que no era realmente eso. Venía a ser una muerte temporal, como el mismo Álvaro solía decir.
―¿Papá? ―llamó.
Bruno apareció entonces frente a su hijo, tal y como éste lo recordaba: enormes ojos cafés, una estatura impresionante, el rostro lleno de cicatrices, todas por heridas de una sola batalla, y el cabello rebelde que Alvaro había heredado.
―¿Qué te pasó? ―preguntó Bruno, con su voz grave llena de curiosidad.
―No sé ―dijo Alvaro con despreocupación―. Rubén me atacó… con una espada, y eso es raro. Supongo que perdí― se encogió de hombros al decir esa frase, no era la primera vez y no sería la última, ya más tarde estudiaría la derrota para mejorar.
Para ser exactos, Rubén lo había decapitado. Pero sus células se estaban regenerando mientras él hablaba con su padre. Desde la muerte de Bruno, diez años atrás, Álvaro sólo podía hablarle al recuerdo que conservaba de él, durante aquellos breves periodos en que estaba inconsciente mientras se regeneraba.
Pero en esta ocasión la charla no fue breve. Álvaro supuso que si la herida tardaba tanto en sanar, debía ser bastante fea, pero no llegó a imaginar cuanto, hasta que finalmente despertó y se encontró con los aterrorizados ojos grises de Rita.
Ella esperaba a que él despertara. Lo había hecho muchas veces en los últimos diez años. Alfredo, el padre de Rita, había acogido en su casa al hijo de Bruno y en diez años la relación se había ido estrechando. Ahora Álvaro veía una hermana menor en Rita y en Alfredo un tío muy apreciado.
Es que Alfredo y Bruno habían sido muy amigos, desde que tenían cerca de dieciséis años. El padre de Álvaro, como guarda de la Paz de Ogha, debía proteger a ese mundo de amenazas externas y servir como vínculo entre La Sociedad de Mundos Libres y su mundo, en tanto Alfredo era un joven miembro de las filas de los Guardas de Paz de La Sociedad.
La Sociedad existía para controlar las relaciones entre los mundos, así que sólo tenían que ver con los que sabían que tenían vecinos, aunque no comprendieran como estaba conformado el Universo Conocido. Sus elementos eran de diferentes mundos, por ejemplo, Alfredo venía de un mundo llamado D'hale, cuyas costumbres eran poco conocidas pero sus prácticas de magia eran famosas, debido a que no requerían demasiada habilidad.
Al conocer a Bruno y a Marta, Alfredo estaba tan a gusto con ellos que acabó por solicitar quedarse en Ogha, y aunque no se lo permitieron, mantuvo el contacto hasta el día en que finalmente se casó con Marta y se mudó a Ogha, dejando su trabajo en La Sociedad. Su familia y la de Bruno eran bastante cercanas, y fue por eso que, al morir Bruno, habían adoptado a su hijo.
Álvaro no tenía un nexo demasiado fuerte con Marta porque ella pasaba demasiado tiempo lejos debido a su trabajo como Guarda de Paz de la Sociedad. Alfredo en cambio, había sido su maestro y Rita había sido su compañera. Se llevaban muy bien y ella era, en cierto modo, su mayor admiradora tanto como una hermana, al grado de que muchos creían que eran hermanos de sangre aunque la muchacha de piel cobre y rizos rojos no tenía ningún parecido físico con él. Rita simplemente lo quería; lo apoyaba en todo y se asustaba mucho cada vez que lo herían, lo cual pasaba muy seguido con ese trabajo suyo.
En esta ocasión, al verlo despertar ella simplemente lo abrazó y siguió llorando. Estaba más afectada que de costumbre ya que, al igual que Rubén, ella había creído que estaba realmente muerto.
Alfredo, que había atendido sus propias heridas mientras Álvaro sanaba, fue mucho menos dramático. Le explicó al muchacho los detalles de su muerte sin dar su propia opinión.
Después de decapitarlo, Rubén se había marchado celebrando. Se sabía mucho sobre los inmortales, pero poco sobre la forma de matarlos, y verlo en piezas le había parecido a Rubén bastante decisivo. Su error.
El cuerpo de Álvaro había “vuelto a crecer”, mientras su cuerpo anterior se convertía en polvo lentamente. No habían sido capaces de decidir como trasladarlo así que habían decidido quedarse ahí.
―¿Y ahora? ―preguntó Álvaro.
―Nada. Seguimos sin tener idea de nada ―dijo Alfredo, de mala gana.
Habían rastreado a un individuo sospechoso hasta un mundo no libre, sumamente heterogéneo en lo referente a culturas y habilidades. Tal como suponían, él hombre trabajaba para Rubén, pero no habían logrado descubrir a tiempo lo que hacía. Cometieron el error de interrogarlo en la misma calle abandonada en donde lograron atraparlo, en lugar de llevarlo a Ogha, donde hubieran tenido la ventaja cuando llegaron Rubén y cinco de sus seguidores.
Sí algo sabían sobre su enemigo, era que tenía bastantes partidarios. Todavía no estaban seguros de que métodos empleaba para conseguir su apoyo, pero suponían que no lo conseguía siendo amable. Rubén tenía un tono de voz sofisticado y una apariencia muy bien cuidada, pero no era capaz de ser gentil. Eso había quedado claro desde que Rubén llegó a Ogha en pie de guerra.
Había sido hacía meses, cuando Álvaro recién había tomado posesión del ambicionado y temible puesto de Guarda de Paz en Ogha, con menos de un año de experiencia en la seguridad de su mundo.
El extraño había llegado en busca de una civilización pacífica que debía ser fácil de conquistar, y en cambio, había encontrado a un muchacho de menos de dieciocho años que se había plantado entre su objetivo y él, destruyendo cada plan, encarcelando a sus subordinados y en resumen, dando trabajo.
De pronto era personal: Rubén tenía que probar ser más fuerte, Álvaro quería sacar al otro de Ogha, el mundo por cuya seguridad el vivía. Desde entonces luchaban como si Ogha no tuviera más problemas y Rubén no pudiera conquistar otros mundos.
Después de todo, desde que era muy niño, Álvaro había deseado cuidar de Ogha como lo hacía su padre, y ahora estaba en la mejor situación para lograrlo, y Rubén era una amenaza para su mundo así que lo encerraría en la mejor celda posible y seguiría defendiendo Ogha de amenazas como esa... una a la vez.
Rubén, por su parte, era simplemente otro conquistador obsesivo como muchos nacidos en el Octavo mundo de Grista, con algo de experiencia adquirida en su propio mundo, que no podía tolerar la idea de ser vencido por lo que en su mundo se consideraba un niño.
Contrario a lo que ellos habían supuesto, la mayoría de los hombres y mujeres que luchaban al lado de Rubén, lo seguían por su gusto. No era sobre si él era amable o no, se trataba de resultados, y en el pasado los de él habían sido buenos, así que lo seguían ahora que se atrevía a infringir las leyes de La Sociedad, invadiendo otro mundo. En su mayoría eran del Octavo mundo de Grista, como él, y varios habían estado luchando de su lado ahí. Habían unos pocos de otros mundos, que se distinguían por mostrar interés en cosas como riqueza u otras promesas, en lugar de estar entusiasmados por la idea de conquistar un mundo. Esta información no la tenían Álvaro y sus compañeros, y es que no era realmente sencillo averiguar sobre estos invasores.
En esos casos era cuando Álvaro necesitaba a su contraparte, pero no podía contar con él, porque pese a tener una cualidad especial que le permitía conocer de inmediato la respuesta a prácticamente cualquier pregunta, desconocía el idioma español, adoptado por Ogha desde la formación de la sociedad y por tanto el único hablado por Álvaro.
El lazo natural de una persona con su contraparte le permitía comunicarse con él directamente en el pensamiento y conocer detalles sobre él, como el mundo al que pertenecía, su apariencia y sus habilidades. Se trataba de un privilegio que pocos poseían; los estudiosos del área no sabían porque algunos lo tenían y otros no, pero se habían detectado algunos patrones, por ejemplo, que de cada par de contrapartes, al menos uno de ellos pertenecía a un determinado grupo de mundos, entre los cuales se encontraba Ogha.
De vez en cuando Álvaro sabía algo de su contraparte, ideas tan básicas que no eran formuladas bajo ningún idioma, y que en realidad no significaban tanto por sí solas. Pero era imposible preguntarle sobre Rubén y los demás invasores. Así, lo único que sabían era que habían llegado intentando una guerra, y al ser vencidos se habían marchado, sólo para reestructurar sus planes y atacar de forma mucho más discreta la próxima vez.
Ignoraban sus planes actuales y, aunque habían descompuesto algunas grandes ideas de Rubén gracias a un ordenado sistema de vigilancia, ahora se sentían en desventaja. Y lo estaban, ya que Rubén incluso tenía entre sus colaboradores a un par de adivinos (así se les llamaba a las personas que de una forma u otra pueden ver el futuro). Le habían advertido, cuando los buscó en sus respectivos mundos, que la adivinación no era ni un juguete ni un arma poderosa. Como era habitual, ninguno de los dos podía ver el futuro a voluntad, y casi nunca conocían las circunstancias que llevaban a ese futuro. En los mundos en donde había crecido cada uno esa habilidad era bastante menospreciada, igual que en el Octavo Mundo, en donde había crecido Rubén. Pero él no pensaba de esa forma. Y en Ogha, donde no sabían mucho sobre adivinos, la idea practicamente provocaba terror. Pero Rubén estaba descubriendo que sus adivinos no eran precisamente los más hábiles.
Fue la adivina quien le explicó a Rubén que el “nuevo plan” ya no funcionaría.
No era realmente nuevo. Era más bien la idea original, eliminar a determinadas personas importantes, sólo había cambiado el hecho de que ya no lo hacía abiertamente, si no en las sombras. Pero había sido arruinado por la intervención de Álvaro, aunque él no se daba cuenta de haber causado tanto daño al decirle a sus compañeros y subalternos que debían esperar encontrar gente de Rubén tratando de pasara inadvertida en Ogha.
Rubén entendía que no tenía sentido continuar y él tenía una mejor idea, así que les dijo que descansaran, mientras él le daba forma a un nuevo plan.
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